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La aporteñada

domingo 12 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
La aporteñada

Folia provenía de una pequeña localidad del interior; más exactamente, de los aledaños de una pequeña localidad del interior. Decía “¿ah? con la boca abierta y con cara de distraída. Comía reviro y andaba “Argel-a” cuando los candidatos o posibles candidatos no miraban “por ella”. Y a propósito de “ella”, ni qué decir que fonaba elles a lo castizo de ejemplar prosodia.

Como buena misionera, ni por nada quería alejarse de la provincia. La tierra colorada no sólo pega sino que se resiste al extrañamiento de sus hijos. Pero hay casos...

Folia había sido siempre qual piuma al vento, aunque nada supiera de italiano ni de romanzas. Tanto le dijeron, tanto oyó hablar de Buenos Aires, de la elegancia y finura de las porteñas... De cómo y de cuánto... No nos extrañe, pues, que Folia se fuera a Buenos Aires con los Muniagurria.

Quería ver, quería saber, quería conocer. Además, en su casa eran demasiados.

En Buenos Aires Folia se allanó al rigor de la servidumbre. Padeció excesos; soportó mofas. Le costó mucho, pero al fin se adaptó. Se mimetizó. Sintiose cautivada por la superioridad, el prestigio de la Capital, y se rindió a sus encantos como muchos otros provincianos; lo cual quiere decir que refinó la rusticidad de su carácter y aprendió modales. Lo cual quiere decir que se ejercitó en la hipocresía sin saberlo. Lo cual quiere decir que vicios grandes y pequeños se hicieron carne de su carne sin afectar su conciencia. Hasta llegó a suavizar su voz, a endulzarla. Moduló con sutileza; articuló con exageración. Pronunció y entonó a lo porteño, ni más ni menos. Ratifico: más que los más caracterizados porteños de las barriadas (por no decir del suburbio, que está fuera de moda). Y fue yeísta como el más pintado.

Un día se cansó de Buenos Aires, como les sucede a muchos. Se cansó de ver y no tener; de querer y no poder. Volvió a su tierra y a su pueblo. Allí alardeó refinamiento. Fonaba eyes hasta por lujo. Un día llegó corriendo hasta el bar de la esquina, colmado de contertulios:

-¿Nadie vio una gayina caniyuda? Preguntó. Las risotadas clausuraron su intención de asombro.

No la comprendían. El pueblo era muy chico para eya. Se trasladó a la capital de la Provincia. Obtuvo un empleo: un trabajo liviano en la oficina de un viejo profesional de menos actuación que renombre. Ayí consiguió un novio: Un muchacho santafesino, que la encontró atractiva, que le vio algo de particular. No se engañaba sobre su cultura: sabía que ella no era de muchas luces, que no poseía mayor ilustración; pero tenía modales y era capaz de hablar de lo que saliera, con un tonito mitad de suficiencia mitad de coquetería.

El noviazgo avanzó. Favorecía las relaciones el hecho de que el galán estaba a menudo ausente, por razones de trabajo; de manera que se veían y trataban con intermitencias. La distancia, el alejamiento, aunque sea transitorio, contribuye – como se sabe- a la cristalización de imágenes, a la idealización del ser amado.

Tanto había hablado de su novia a los amigos, que estos se mostraron deseosos de conocerla. Se organizó una fiesta, una reunión de chicas y chicos pertenecientes al grupo de sus amistades. Alguien vendría de Corrientes; algún otro, de Santa Fe.

Se hizo esperar. Folia suponía que hacerse esperar era de buen gusto. Se había hecho a la idea de que la gente “caté” nunca es puntual, siempre se demora, que crea expectativas en torno de su persona, de sus actos.

Llegó al fin, sofisticada en extremo. Maquillaje de actualidad, sí, pero excesivo; atuendo a la moda, sí, pero exagerado. ¡Y las maneras! Además, traía algo que no condecía con las circunstancias ni con la hora: un llamativo portafolios de bordes dorados.

Las miradas se dirigieron hacia ella, todas a un tiempo. -Perdonen- estrudiló más que dijo- anduve tan apurada que no me dio por ir a dejar el portafoyo.

Por amistad, por educación, se contuvieron. Salvo alguna paparula que no pudo aguantar la risa, y la mal disimuló tras de los hombros de su ocasional acompañante.

Pero fue definitivo. La ruptura. La quiebra del espejismo. Desencanto y bochorno para el novio que, no obstante, se aguantó la amarga anoche con entereza.

Al día siguiente salió de viaje. No volvió nunca más.

El cuento es parte del libro “Tierra encendida de espejos”. Amable publicó además Las figuras del Habla misionera,

La saga de Renomé, La mariposa Obsidiana y Paisaje de luz tierra de ensueño, entre otros.

Ilustración: Andrea Kozusny, colección digital de la Biblioteca Pública de las Misiones

Hugo Amable

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