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Alma de pescador

domingo 08 de agosto de 2021 | 6:00hs.
Alma de pescador

Indudablemente, a don Pedro Vargas le agradaba la pesca, en sus buenas épocas la practicaba con sus dos amigos que también gustaban de ella. Algunas veces se instalaban en un refugio y desde allí salían a pescar río abajo por el Paraná. Utilizaban una lancha de propiedad de uno de ellos, la que reparada servía perfectamente. Aprovechaban los fines de semanas, a las que a veces se unía algún feriado.

Cada viaje era bien organizado para que nada le faltase. En estas tareas les ayudaban también las esposas. Allá se sucedían los festines con las presas rescatadas del río, ya fuesen bagres, pacúes, surubíes, sábalos patíes o algún dorado de ocho kilogramos, si tenían suerte. Los sabían preparar muy bien, resultandos exquisitos. Siempre pescaban lo necesario, nada más, devolviendo al río las piezas que no utilizarían. El último día salían más temprano porque los pescados conseguidos los llevaban para ser compartidos en sus hogares.

Durante estas ausencias las esposas se reunían por las tardes para tomar el té, conversar, mirar la televisión o tejer, el motivo era pasar entretenidas, así no extrañaban tanto a sus esposos. Ellas también eran muy amigas, pero nunca se la había ocurrido acompañarlos, hasta que resolvieron que sí lo harían, en la próxima excursión. Los hijos de don Pedro: Pedrito y Marilín, quedarían con los abuelos; la noticia les alegró porque ellos le llevaban a la calesita, además de tomar helados y también el abuelo les contaba lindos cuentos.

El viaje de los pescadores con sus esposas fue todo un éxito.

Pasaron unos días hermosos. Según don Pedro fueron los momentos más felices en su vida de pescador.

El tiempo fu pasando, los hijos crecieron. Pedrito se recibió de agrónomo y Marilín estudió para ser maestra. Se casaron cada uno formó su hogar, luego a don Pedro y Rosita, su esposa,le llegaron los nietos. Los paseos con los amigos fueron quedando de lado.

El destino quiso que Dios le llevara a Rosita. Don Pedro se sintió entonces, muy solo.

Pasaron los años y don Pedro comenzó a envejecer. Los hijos le quisieron llevar con ellos, pero él no quiso dejar su casa. Como necesitaba de alguien que lo atendiera, para que no estuviese tan solo, el hijo mayor se puso de acuerdo con la hermana de don Pedro, que no se había casado y todavía estaba muy guapa, ella aceptó encantada la propuesta.

Para don Pedro todos los días eran iguales, aunque compartía el tiempo con su hermana no se libraba de la soledad que sentía. Solamente sonreía cuando venían los nietos a visitarlos, pero después que ellos se iban, de nuevo comenzaban sus desazones. Su hermana se daba cuenta de lo que le pasaba a don Pedro y esto le causaba preocupación.

A veces el abuelo se entretenía revisando sus cosas, fue así que se encontró con un papel dobladito en cuatro, eran versos escritos por un poeta que estaba reposando en el césped del balneario de Posadas, cuando él le llevó allí a su nieto mayor, como le había prometido en una ocasión. Que te lo guarde el abuelo, hasta que sepas leerlo y así lo hizo don Pedro.

Juliancito el año próximo cumpliría seis años, así que lo guardaría un tiempo más.

Otras veces don Pedro se entretenía mirando las fotos de sus paseos, con su familia, por el interior de la provincia, las Cataratas del Iguazú, las ruinas de San Ignacio y tantos otros lugares llenos de paisajes que tiene Misiones, todo esto le traía tantos recuerdos y añoranzas. Para completar su estado de ánimo, sus amigos que lo acompañaron al comienzo, por razones de trabajo se vieron obligados a abandonar Posadas.

Los días se sucedieron. Uno de esos atardeceres como tanto don Pedro salió a la calle y comenzó a caminar, sintió que eso la hacía falta. Arriba, ya la bóveda estaba betunada por la noche y cerca de él, los autos se deslizaban como luciérnagas trasnochadoras, pero no se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor, ni siquiera que había salido más tarde que de costumbre, ni tampoco que el sol ya se había dormido en el ocaso. Bajó por la Bajada Vieja y sin darse cuenta llegó al puerto, como si una fuerza poderosa le hubiera empujado a ello.

El aire fresco le hizo revivir. Cerca de él estaban instalados algunos pescadores; uno de ellos hizo un hizo un movimiento brusco, la caña que sostenía quedó cimbreando y llevando preso en el anzuelo un bagre que brillaba en la oscuridad. Sorpresivamente una sonrisa iluminó el rostro de don Pedro, quien en voz baja expresó: -Pero Dios mío, que me pasaba que no me acordaba de que la pesca me gustaba. ¡Gracias Señor! -

En ese momento sintió la presencia de Rosita, como que ella hubiese sido la que lo acompañó hasta ese lugar y rió con más fuerza. Su alma de pescador lo libró de su encierro, de su pesar diario. Desde ese día el abuelo fue un frecuente visitante del río nuevamente. Allí se hizo amigo de otros pescadores. Su mayor gozo era el de ver a sus nietos saboreando los bagres que él había pescado y todos estaban contentos de verlo bien.

 

Ana Antonia Hereter de González

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