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Rosa de amor

domingo 11 de julio de 2021 | 6:00hs.
Rosa de amor

Hace poco tiempo, durante una cena de reencuentro con amigos de Otrolado, el Polaco me contó esta historia].

Nunca me habías registrado. ¡En esos tiempos éramos tan “pavotes”! ¡Cuántas tardes de domingo, durante semanas y meses me iba hasta la Paradita y te miraba! A eso de las tres de la tarde ya me empezaba a preparar: me bañaba y me peinaba prolijo; me ponía mi mejor pilcha y salía de casa, mucho antes de que pasara el colectivo.

A mi Mamá y a mis hermanos les resultaba algo extraño, ya que por lo general, uno no “iba a la cancha de fútbol” tan pituco. Bañarse después de almorzar en pleno verano era un tanto insólito. Pero como este ritual se repetía casi cada domingo, se convirtió en algo normal. La única persona que se dio cuenta que se trataba de otra cosa, era la tía Balbina.

-¡Ejem…! ¿Así que a mirar partido, eh? -Era su indirecta. Yo solo sonreía, sin decir palabra.

- ¡Parece que la pelota de fútbol tiene nombre! - soltaba su ironía para que todos escucharan. Después agregaba otros comentarios más groseros, aunque con cierta complicidad.

La cuestión es que salía de casa con unos escasos billetes que alcanzaban justo para comprarme una gaseosa. Me caminaba un kilómetro en el polvo colorado, bajo un sol que me deshidrataba.

Llegaba a la Paradita y cuando veía que pasabas por la Prefectura me metía en lo de Roux y pedía una coca. Ahí, parado junto al mostrador te miraba a través de la ventana, mientras Teo me contaba los desaires de su última truqueada.

Yo admiraba tu ropa: “hoy de pollerita de jean y remera blanca con lunares azules y rojos”.  Otras veces, usabas la otra remera que me gustaba mucho; era blanca y en el medio del pecho decía en letras grandes y nevadas “Aqua”. Tenía un brillo particular y creo que a vos también te gustaba porque te la mirabas y acomodabas todo el tiempo.

Permanecías seria, mirando hacia el lado en que venía el colectivo. Ni bien se aproximaba, buscabas en tu bolsillo el dinero para el pasaje y agarrabas el bolso bordó en el que seguramente llevabas la ropa para toda la semana.

Yo disfrutaba mirándote, soñaba con acercarme una vez hasta donde estabas para hablarte, pero tu andar seguro y tu mirada algo lejana me acobardaba y me confortaba a la vez. Te seguía con la vista, hasta que subías al colectivo… ¡Qué contento volvía a casa!

Cada domingo mientras te miraba se me ocurría una aventura distinta. Una vez subí también al colectivo, pero en vez de sentarme a tu lado, como lo había planeado, me puse a hablar con el chofer, que era vecino mío:

¿Y te venís hasta acá para tomar el colectivo? ¡So loquito, vo o qué, a esta hora con este solazo! - Nito movía la cabeza sin entender.

-¡Sí; es que fui a visitar a mi prima! - mentía poniéndome colorado.

-¡Ah! la que vive en la Villa… - aclaraba el hombre. ¿Y por qué no subís ahí nomás? No contesté. Me traspiraban las manos y la frente; pronto le cambiaba de tema.

Cuando bajé cerca de casa, me dije: “¡Juro, la próxima vez, le hablo!”

Para no levantar sospechas, el próximo domingo subí al colectivo de las cuatro, cerca de casa. Para sorpresa y frustración, ese domingo no estabas.

Pasaron semanas… Una mañana, me asomé al jardín y vi una rosa, de esas comunes, que crecen hasta en la capuera. Estaba abierta, bien madura. Me imaginé regalándote esa rosa y sin dudar la corté y la escondí en el lavadero, junto a una campera que colgaba de un clavo.

Como tantos domingos me apresté para salir a encontrarme con vos. Estaba algo nublado y parecía que iba a venir un chaparrón. Me puse la campera y dentro de ella escondí la rosa sobre mi pecho. Subí el cierre hasta el cuello.

-¡Campera inflable en este calor! - me reprochó la Tía Balbi.

-Es que va a llover…

- ¡Así no da para salir, te volviste loco! -Seguía refunfuñando mi tía. No le hice caso y salí corriendo.

Por la calle, entre el polvo que levantaba el viento iba cantando mi canción favorita: “He visto entre los árboles tu pelo que jugaba con el viento / de pronto un sentimiento se apodera de mi mente y eres tú…”.

Llegué casi al mismo tiempo que el colectivo. Te vi de lejos con la remera que a mí me gustaba tanto. Iba contento porque esa tarde te llevaría una rosa. Cuando llegué a lo de Roux, ví que un par de pétalos caían en el piso. Inmediatamente los pisé para que nadie los viera. Miré de reojo dentro de la campera, mientras que con un brazo apretaba el tallo contra mi cuerpo. Vi la cabecita pelada de la rosa; ¡no le quedaba un solo pétalo!

Desesperado salí del almacén mientras el colectivo daba la vuelta. Te subiste sin mirar siquiera y te sentaste en el primer asiento, justo detrás del chofer.

Él se agachó para ver si yo también subía, pero con un gesto le di a entender que no.  El colectivo se alejaba. En la parada del colectivo abrí la campera y un charco de pétalos de rosa fucsia se formó sobre el piso de ladrillos polvorientos. El viento los fue desparramando hasta que se mezclaron en el remolino de la tormenta.

Esa vez volví a casa amargado, mojado y empapado de barro y sudor. Ni recuerdo qué boludeces dijo la Tía Balbi cuando me vio entrar a la casa.

Esa fue mi última caminata hasta la paradita.

Del libro Amores de Otrolado. Karina y Martina Dohmann. Posadas, 2019. (Edición del autor).
Karina y Martina Dohmann

 

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