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Treinta dineros

domingo 09 de mayo de 2021 | 6:00hs.
Treinta dineros

Cuando recibí la beca Terstevens, del gobierno austríaco, decidí concluir mis estudios en la Universidad de Edimburgo trabajando bajo la dirección del Dr. Arthur Aberconaly, especialista en Historia de la Economía Occidental. Mi tesis era inicialmente una investigación sobre los problemas agrarios en la República Romana, pero un hecho fortuito desvió mi atención hacia un enigma que carcomía mi curiosidad desde la infancia: ¿cuánto representaría en valores actuales, los treinta dineros que recibió Judas para vender a su maestro galileo?

Como la beca era generosa, pude contactar con investigadores de diferentes países que me apoyaron con sus métodos y técnicas especializadas.

Para poder llevar adelante este esfuerzo, debí establecer series históricas comparativas, estudios de costos y transacciones cambiarias en cada una de las etapas que conformaban la secuencia que conducía a nuestros días. Me interné en el mundo de los denarios, los sestercios, los dracmas, los florines, los doblones, escudos y toda clase de monedas para poder, mediante análisis rigurosos y sistemáticos, avanzar paso a paso. En esta durísima tarea debí estudiar numismática, arqueología, estadísticas históricas, y toda clase de técnicas auxiliares. Seguí la historia de la rupia en la India, Pakistán, Nepal, Indonesia, Sri Lanka, Maldivas, Mauricio y las Seychelles. Estudié el carácter de patrón monetario de los florines desde la Edad Media por Italia, Francia, los Países Bajos, Surinam, las Antillas Holandesas y la exótica Hungría. Trabajé en esta empresa catorce años en los que sólo conocí el mundo de las bibliotecas. Mi mujer y mis hijos se fueron un día sin siquiera avisarme. Ya la beca había caducado y, para poder comer, tuve que barrer la biblioteca de Berlín todas las noches durante un lustro. Mi director de tesis, el Dr. Aberconaly, se había retirado y estaba prácticamente paralítico en su casa de Rochester. La última vez que lo visité sólo pude obtener de él, luego de la lectura de mis avances, un espumarajo por su boca de cartón. La esposa me echó a la calle.

Me sentía abandonado, miserable, y estuve a punto de dejar mi camino pero, afortunadamente, mantuve la calma y decidí llegar hasta las últimas consecuencias. Se abrió así un período de optimismo que duró aproximadamente siete años, al cabo de los cuales arribé a una conclusión. En esa última etapa devoré más de seiscientos libros y confeccioné unas diecisiete mil planillas de cálculos. A veces, el agotamiento me hacía rodar bajo las mesas de lectura de la biblioteca y en algunas oportunidades tuve que atarme a la silla para poder continuar. Llegué a dormir en las plazas y parques junto a los vagabundos y los perros sarnosos.

Pero estoy contento... logré finalmente mi propósito, aunque debo reconocer que solo en forma parcial. Dejo la antorcha a los que me quieran seguir, les he allanado el camino, ahora todo será más fácil ya que puedo afirmar, con absoluta seguridad, que los treinta dineros de aquel fatídico día equivalen a 90 dracmas antiguos de plata del siglo III a.C., o bien al valor de seis pipas de aceite de Túnez de fines del siglo XVII compradas en el puerto de Brujas, al pie del barco, sin impuestos.

El relato pertenece al libro Esquirlas y Perdigones, Editorial Universitaria. Abinzano es docente emérito de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Unam

Roberto Abinzano

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