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Intriga en el Parripollo

miércoles 17 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Intriga en el Parripollo

Por Juan Marcelo Rodríguez

 

El canto de un zorzal acompañaba el viaje tardo del Río Paraná, que con bajo caudal, abrazaba los islotes que emergían de su vientre por la escasez de lluvias. Los animales agobiados se refrescaban en el torrente cristalino y la temida pandemia rondaba agazapada en ambos márgenes de su lecho. A metros de la ribera se alzaba el sosegado pueblo misionero de Garupá, con sus matices urbanos en próspero y pausado desarrollo. El calor del verano castigaba impiadosa las siluetas que, presurosas, buscaban alivio en las sombras vegetales o en las que proyectaban las casonas centenarias. El pavimento, recién inaugurado por las autoridades locales, hervía como un río de lava camino al mar. Y en una de esas veredas, también calcinantes, se alzaba el Parripollo “Doble Pechuga” de José Acuña y su señora Graciela Brítez, incansables trabajadores del rubro gastronómico que ofrecían a sus clientes carnes asadas a las brazas en todas sus variedades, listas para llevar.

José era un experto asador, su negocio sostenía la economía familiar, rubro al que se había dedicado más de 25 años de su vida. Graciela lo había acompañado desde sus inicios. Ella era la encargada de acomodar en bandejas los pedidos, pesarlos y efectuar las cobranzas. Ambos planificaban diariamente el giro habitual del emprendimiento.

Semanas antes de fin de año mientras José daba vuelta los pollos en una de las parrillas, un niño se le acercó y tímidamente le preguntó.

—¡Buen día señor! ¿Puedo trabajar con usted?

El asador quedó sorprendido con la pregunta. Estaba acostumbrado a ver niños pidiendo dinero por los semáforos o solicitando algo para saciar su apetito, pero ninguno con intenciones de trabajar. Intrigado por su comportamiento consideró oportuno indagar un poco.

—¿Cómo te llamas hijo, cuántos años tenés? ¿De qué barrio sos, y tus padres?

—Me llamo Gastón y tengo 12 años— respondió el niño parado de piernas cruzadas, frotando levemente sus manos en prueba de evidente nerviosismo— Vivo en un viejo vagón del Barrio Estación y mi mamá está enferma.

Graciela, que estaba al lado hirviendo las mandiocas, escuchó atentamente la respuesta del niño y al verlo descalzo, con atuendos estropeados y poca higiene dibujó un lienzo de desconfianza cargado de realismo marginal y en voz baja advirtió a su marido.

—¡Cuidado José! Tal vez esté observando nuestros movimientos enviado por sus padres. Todos saben que trabajamos muy bien. Dale algo y que se vaya, y si se resiste llamemos a la policía. No podemos arriesgarnos.

Al parrillero no le pareció sospechosa la actitud del niño, simplemente era diferente a lo que hacían sus iguales. Pero para consentir a su suspicaz mujer tomó un billete de la caja y extendió la mano para entregárselo. El niño observó el dinero y llevando su mirada a los ojos del gastronómico lo sorprendió una vez más.

—¡Muchas gracias señor! Pero no busco dinero. Busco un trabajo para poder ganarme el dinero.

Luego de estas palabras, el niño saludó respetuosamente y siguió su camino. José, incrédulo de lo que acababa de presenciar, guardó nuevamente el billete. Su intriga creció raudamente como crece el número de contagiados de covid en el mundo. Mientras el niño se alejaba  el comerciante husmeó atentamente sus pasos y lo vio dialogar con el propietario de la tienda de zapatos con quien, al parecer, tampoco tubo eco su solicitud de empleo. Después de allí,  continuó su peregrinación hacia el sur de la avenida donde se perdió entre los transeúntes.

Tres días después, mientras al asador le agregaba más sal a la carne, el niño regresó a su negocio. Vestía ropa limpia y zapatillas. Sacó de su bolsillo un billete y con una sonrisa entusiasta hizo su pedido.

—¡Buen día señor! Me voy a llevar ese pollo de ahí con mucho chimichurri por favor.

José, impregnado de humo y curiosidad lo saludó cordialmente y fue a la mesada a buscar el condimento requerido, pero una vez más la desconfianza se apoderó de los ánimos de su mujer y la advertencia no se hizo esperar.

—¿Otra vez ese niño José? ¿Y de dónde sacó esa ropa y ese dinero para comprar? Hace unos días andaba descalzo. Seguramente robó por ahí y viene a gastar la plata acá. Somos cómplices sino hacemos algo.

Esta vez las palabras de Graciela calaron hondo en los pensamientos del comerciante que, decidido, fue a sondear al niño con extrema sutileza.

—Acá tenés tu bandeja de pollo con bastante chimichurri ¿De dónde sacaste ese dinero campeón? Hace unos días quise colaborar con vos y no lo aceptaste ¿te acordás?

—El dinero me lo gané pintando un muro a tres cuadras de aquí señor—respondió Gastón  tomando entre sus manos la bandeja de exquisito aroma— Con esa plata pude comprarme algo de ropa y alimentos para mi mamá y mis tres hermanos. Ahora estoy buscando otro trabajo. Si usted necesita una mano yo puedo ser su ayudante.

La respuesta del niño desorientó nuevamente al gastronómico que, despidiéndolo y agradeciendo su compra, decidió determinantemente seguirlo en forma encubierta. Se quitó el delantal rápidamente, buscó una gorra, anteojos de sol y otro barbijo. Dejó a su mujer a cargo de la parrilla y sin perderlo de vista caminó casi un kilómetro por el intenso calor hasta el Barrio Estación. El niño marchaba haciendo equilibrio sobre los rieles de la vía del tren con la bandeja de pollo aprisionada a su pecho, jugando cómo lo hacen los chicos de su edad, avanzando en dirección a una formación de vagones abandonados. Al llegar al último vagón se trepó e ingresó por un costado. José sigilosamente se acercó para poder observar su interior pero escuchó voces y las dudas emergieron como emergen las abejas al golpear un panal. “¿Y si hay delincuentes armados en el vagón custodiando algún botín y utilizando a menores? ¿o presidiarios manipuleándolos? ¿O tal vez gitanos violentos?”. Sus pensamientos viajaron a gran velocidad, su corazón se aceleró, el temor lo fue tomando por la cintura, pero ya estaba allí… debía revelar su intriga. Con determinación y valentía decidió treparse al vagón e ingresar.

En su interior el parrillero se encontró con la escena menos esperada: una mujer en sillas de ruedas, tres niños menores sentados haciendo un círculo en el piso y Gastón repartiéndole trozos del pollo que, hace minutos, él mismo le había vendido.

—¿Qué busca señor? ¿Usted es personal del ferrocarril?— preguntó la señora que estaba en sillas de ruedas.

José, sumamente apenado por la precariedad del lugar donde moraban, pero admirado por la actitud y la sinceridad del niño que había seguido le respondió.

—Busco a un hombrecito para que me ayude en el negocio.

—Lléveselo a mi hijo Gastón entonces—respondió la señora entusiasmada— Lo crié con buenos modales, terminó 7º grado este año y fue escolta de la bandera Argentina. Dios quiera pueda trabajar y seguir estudiando. Él nos mantiene por ahora. Yo hace un año enfermé de artrosis lumbar degenerativa y para colmo de males hace dos meses nos desalojaron de nuestra casita en el Barrio Ñú Porá porque mi difunto marido nunca hizo los papeles.

—Quédese tranquila Doña—respondió José con voz paternal— su hijo trabajará conmigo y le ayudaré a seguir sus estudios. Te espero mañana a las 8:00 horas campeón— le dijo al niño mirándole con una sonrisa mientras se despedía y bajaba del vagón.

Camino al Parripollo José observó el muro recién pintado que el menor le había mencionado y se arrepintió de todos los preconceptos vertidos en su mochila. En todo momento el niño se manejó con la verdad.

—Cómo te fue José— le preguntó su esposa de regreso al negocio— ¿Averiguaste algo de ese niño de la calle?

—A veces juzgar por las apariencias es más fácil que creer en la bondad y la dignidad de las personas— respondió el gastronómico con un suspiro prolongado— Hoy la vida me enseñó que los más vulnerables también cultivan los buenos valores y el afán de progreso cimentado en la cultura del trabajo. Son nuestros prejuicios generalizadores los que a veces cercenan sus oportunidades. No es justo estigmatizar a las clases pobres simplemente por su condición humilde. Por eso a partir de mañana haremos nuestro pequeño aporte sumando un joven ayudante a este local. La solidaridad también es parte del bien común y enriquece las cualidades de una sociedad.

La mujer, a sabiendas que todos los párrafos vertidos por su marido estaban dedicados a ella, abrazó el silencio y continuó contando las bandejas.

Al siguiente amanecer, con su delantal nuevo y una sonrisa atrapada debajo de su barbijo, Gastón encendía con entusiasmo el fuego en las parrillas de Doble Pechuga,  y en su mirada humilde pero sincera,  también se encendía la esperanza de un futuro promisorio y venturoso, esperanza que germinaba con buena luz por la acción solidaria del veterano parrillero.

El relato es parte de “Cuentos con Esencia Misionera” libro de inminente publicación en la Editorial de las Misiones.

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