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Intentando cazar un tigre

domingo 20 de septiembre de 2020 | 3:30hs.
Intentando cazar un tigre

Heinrich Weyreuter

Cómo reacciona un hombre adulto cuando se presenta un tigre a plena luz del día lo demuestra el siguiente episodio que ocurrió casi al mismo tiempo. Un novato de apellido Schiever recién llegado visitó a mi vecino. Estaba armado con una escopeta de tres caños, un revólver y un cuchillo de caza. Del cuello le colgaba un largavista. Parecía el famoso cazador de un cuento alemán. Los Bischoff le preguntaron si quería cazar al tigre que merodeaba los alrededores, o si tenía miedo porque venía tan armado. Ofendido dijo: ”Yo, ¿miedo? ¡Ver al tigre, acercarme a cinco pasos, tiro en el ojo, listo!” Poco después se despidió y se fue.

Pero cual no sería la sorpresa de los Bischoff, cuando, después de menos de media hora, llegó corriendo como loco y sin aliento gritando: ¡Tigre, tigre! Era nuestro cazador Schiever. ¡Pero en qué estado estaba el hombre! Pálido como muerto y temblando, solamente atinó a balbucear lo que había ocurrido. Rápidamente todos se arrimaron y salieron porque muy raras veces se daba la oportunidad de cazar un tigre. Quedaban solamente los rastros y tampoco los perros que habían llevado, lograron encontrarlo. Estaban allí el sombrero y el rifle de Schiever que había tirado sin largar un tiro. Durante todos los años que viví en el monte una sola vez vi un puma, en pleno día, a la vera del camino. Yo andaba a caballo y el puma estaba a una distancia de 50 metros.

Quiso cruzar cuando me vio, se paró y escapó al monte. Mi caballo, asustado no quiso seguir y me costó bastante trabajo tranquilizarlo.

Una noche tuve una aventura memorable. Regresaba a casa de una visita y, pensativo no presté atención a mis alrededores porque mi caballo tenía paso seguro y firme. De repente se paró en seco y se encabritó y yo apenas me pude mantener en la silla. Luego, a la carrera emprendió el regreso del camino recorrido. Yo ya era un buen jinete pero me costó hacerlo parar. Resoplando y nervioso trataba de escapar. Yo no veía ni escuchaba nada y me enojé, pensando que este animal tonto estaba viendo fantasmas. Regresamos y en el mismo recodo, se paró de nuevo. Ni con rebenque, ni con espuelas lo hacía andar. De repente vi sobre el camino dos puntos verdes luminosos que se movían. Se me erizó el pelo porque eso solamente podía ser un tigre o un puma que me cerraba el paso. Sosteniendo con una mano las riendas de mi cabalgadura alocada saqué la pistola y tiré hasta vaciar la cámara. De repente, desaparecieron los puntos y escuché el crujir de ramas, señal de que la fiera había preferido alejarse. Mi caballo no quiso seguir y tuve que apearme y, tirando de las riendas, logramos pasar. Luego monté y al galope tendido el caballo siguió hasta llegar a casa.

Ocurrían a menudo cosas poco agradables. Madera podrida y también tacuaras emitían luces fosforescentes y tanto más fuertes cuanto más oscura es la noche. Cuando se cruza el monte durante la noche y el viento mueve el follaje, parece que se movieran y a veces tuve que mirar varias veces hasta tranquilizarme cuando el caballo inesperadamente, pegaba un salto. Una vez algo me arrancó la gorra en plena noche y luego escuché una carcajada. Después del primer susto, pensé que pudo haber sido un lechuzón que anidaba cerca y se sintió agredido. Pero a pesar de ello se me puso la piel de gallina cuando busqué, en la oscuridad mi gorra.

No teníamos en aquellos tiempos linternas. En otra oportunidad regresaba a casa a medianoche, llovía a cántaros y mi caballo seguía con cuidado paso a paso porque el camino estaba resbaloso. Yo había agachado la cabeza para que el agua no me entrara en los ojos. De repente mi caballo se paró, levanté la vista y vi espantado una figura blanca flotando en el aire. Asustado digo: ¡Buenas noches! Y el fantasma contesta el saludo. Era un vecino que regresaba a casa de un ensayo del coro. Montaba un caballo negro que no vi. Willy tenía un saco blanco y eso fue lo que vi. Tampoco él me había visto y nos asustamos los dos. Luego conversamos un rato y cada cual siguió su camino. Vivencias de esta índole no son para personas nerviosas. Estos acontecimientos me hacen acordar a otros que ocurrieron años más tarde pero que son parecidos y los quiero relatar.

Era costumbre de velar a un amigo o buen vecino fallecido. La gente se reunía, y hasta medianoche había muchas personas, que luego se retiraban cansadas. Quedaban generalmente dos o tres hasta que amanecía. Así estuve una vez con un amigo, haciendo guardia en un velatorio. Conversábamos en voz baja y tomando una copa de vino, según la costumbre. Inesperadamente escuchamos un  ruido, un raspar en la pared, luego un objeto que caía en el cuarto donde estaba el finado. Nos miramos atónitos y no nos atrevimos a decir algo. ¿Qué había pasado? ¿El finado se había caído con el ataúd? Pasó un rato hasta que nos animamos a dar una mirada. El finado estaba pálidamente  en su lecho pero la tapa del cajón recostada contra la pared, se deslizó y cayó al suelo.

Otra vez falleció un soltero, solitario y desamparado, sin que alguien lo supiera. Lo encontramos tendido atravesado en la cama. Como el cajón recién estuvo terminado a la noche, lo dejaron así. Hacía calor y estábamos afuera, velando. La puerta del cuarto mortuorio que, daba hacia fuera la dejamos abierta.

Había luna llena y no encendíamos el farol. Tampoco había luz en la casa. De repente un ruido infernal de tarros y loza que caía, entremedio algunos fuertes golpes. ¿Qué había ocurrido? Posiblemente un gato andaba detrás de un ratón y había derribado la repisa sobre la cual estaban los platos y conservas. No nos animamos a recoger los objetos con la fantasmal luz de la luna y todo quedó así hasta la mañana siguiente. Sí, estos acontecimientos no son nada agradables.

De libro Ardua fue la Lucha (destino de los colonos alemanes en la selva) Editorial Universitaria de Misiones. Sin fecha de edición.
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