La última chacra

Domingo 19 de abril de 2020 | 05:30hs.

Por Hugo Schamber Escritor

Espero que el informe de avance que envío cumpla con el requerimiento del crédito y de los inversionistas. Estamos un poco atrasados por las lluvias. En el área B3 los plantines están casi listos y cuando mejore el tiempo los plantamos.
Han surgido algunos inconvenientes con la chacra de Teodoro Krussne. Él sabe que su propiedad es la mejor tierra y el arroyo cercano sería una ventaja para instalar el nuevo vivero. La próxima vez voy a triplicar la oferta. Su chacra lo vale y estoy seguro que cuando vea el dinero Krussne va a aceptar esta nueva propuesta.
Atte
Ing. Gumersindo Nolazco

“Sabe que pasa Ingeniero le había dicho uno de los capataces. Aquí algunos chacareros andan diciendo que Krussne se niega a vender porque en esa chacra los días de mucho sol y sin ningún anuncio de tormenta caen muchos rayos y que esos refucilos, que pocos los han visto, son mensajes de Dios que estarían anunciando y marcando la zona donde posiblemente antes de su raje los Jesuitas enterraron el oro de la Compañía”

Al principio Nolazco no le dio crédito a los comentarios de su capataz. Pero cuando en un asado de la cooperadora, el mismo Director de la escuela del pueblo contó que su abuela les solía decir que “los hombres para poder descubrir los entierros de oro, debíamos estar atentos a las advertencias de los santos. Puede ser un brillo que aparece entre las plantas las noches de luna llena, si son monedas primero se presentan las falseadas de oro o de plata, son mensajes de prueba. En el momento en que uno es el destacado por el divino, te envía señas y datos que te van guiando hacia el lugar del tesoro: Eso sí, una vez que sos el distinguido no se puede contar a nadie y menos a una mujer por más que sea la madre de uno…

Después el Comisario que había escuchado atentamente el relato del maestro terció con la historia del Cambacito Zalazar:

El Cambacito Zalazar había ido a pedir la mano de su novia con intención de casarse, - Sos muy pobre, dice que le contestó el padre de la guaina. El muchacho que era muy trabajador pero poriajú no se aguantó la imprudencia de su suegro y esa misma noche con un primo se perdieron en el monte. Dos meses después unos descubridores de yerbales vírgenes haciendo un pique en el monte, encontraron, cerca del arroyo, los cuerpos comidos por las bestias. En la mano del novio había una sortija de oro y cerca de la excavación junto a los picos de los machetes pedazos de vasijas de barro y tallas de madera de santos falsos usados por los padres jesuitas en las misiones de San Ignacio. Después mi abuela supo por una tía de la Clelia que Zalazar cometió un error.
La noche antes de ir para el monte, como andaba muy caliente, se metió en la cama de la Clelia y como ella no la aflojaba el virgo, él le contó el lugar del entierro que se lo había trasmitido en varios sueños un viejo abad. Al verlo tan corajudo y tan enamorado parece que al principio Dios, le perdonó la infidelidad, pero fue la avaricia y el apuro los que los mató. Ellos se olvidaron de invocar al todopoderoso y para más abrieron las ollas en el descampado y no en el arroyo para que el agua contrarrestara el cardenillo emponzoñado que suelta el metal guardado por muchos años en las vasijas...
Después de ese sucedido la zona donde encontraron los cuerpos de Zalazar y su primo se llenó de gente que siguió buscando el tesoro, pero parece que nadie encontró nada.

El ingeniero Gumersindo Nolazco volvió a leer el breve informe que había redactado. Miró su reloj, a las tres de la mañana. La lluvia de toda la semana que seguía cayendo como el primer día no le preocupaba. El atraso en el laboreo por las lluvias no le quitaba el sueño. Él sabía que los fenómenos naturales como otras contingencias estaban contabilizados en la inversión de la empresa. El insomnio de esas noches venia de otras preocupaciones.
Mientras algunos truenos lejanos lo distrajeron, Gumersindo se preguntaba, cómo explicar a sus superiores que todo el plan de forestación dependía de un colono que se resistía a vender su chacra por un delirio.
Como estrategia personal había usado la palabra “inconveniente”, para tapar la intranquilidad que le producía la tozudez absurda de Krussne. Además él con un doctorado en Ciencias Agrarias no podría aparecer con un relato tan disparatado como el del capataz o el del Director de escuela o el del mismo Comisario. En las oficinas de Buenos Aires podría ser usado en su contra. Hasta se imaginó que lo tildarían de loco.
Amanecía cuando Nolazco sin poder conciliar el sueño se calzó las botas y partió hacia la estafeta postal.

Como tantos colonos europeos que llegaron a la provincia de Misiones, Teodoro Krussne y su familia con el tesón del inmigrante, a puro machete y hacha, construyeron su casa. Primero vieron crecer los yerbales; después pegados al monte de lapachos, los árboles de tung y muy cerca los liños de té.
Vuelve a escuchar la voz del funcionario argentino el día que le entregaron la chacra:

“Cuarenta hectáreas de monte virgen para los hombres de allende los mares”
.
Toda una fortuna había pensado Teodoro en esa oportunidad.

“Terra bermella” fue la primera palabra que Úrsula su mujer tradujo cuando el rojo polvoriento de la tierra comenzaba a teñirle la piel europea. La evocación llena de lágrimas los ojos del gringo.

Ninguno de sus hijos quiso quedarse en la chacra.

La situación económica de la provincia y del país había cambiado bastante. Además él sabe que ya no es el mismo hombre de allende los mares.

Ahora piensa, con el dinero por la paga de la chacra pondrá una despensa en el barrio Cien Hectáreas de Oberá.

-¿Así que vendió la chacra nomás don Teo?. La frase queda flotando entre los dos hombres que a esa hora de la mañana se disponen a matear bajo el fresco de la galería.
-Y sí, al final la vendí nomás – dice resignado Krussne mientras termina de chupar el mate.

Saturnino Melgarejo, el peón, sigue cebando.

A lo lejos se escucha el ronroneo de un motor que avanza por el camino. La retroexcavadora entra ruidosamente aplastando los cultivos. La moderna máquina conducida por un joven operario se detiene en el patio. Sobre el ronroneo del motor se oye la voz del conductor.

- El Ingeniero Nolazco me ordenó que empiece por el lado del arroyo, parece que ahí van a construir el vivero para los pinos.

- Está bien, sigan rompiendo todo, total la propiedad ya es de ustedes- responde Krussne con fastidio al ver sus cultivos pisoteados por la prepotencia de la maquina.

Durante un rato los dos hombres escuchan el característico sonido de la máquina abriendo la tierra. Pero la monotonía se quiebra por el grito desesperado del operario. Saturnino y Krussne, creyendo un accidente salen disparados hacia el lugar.
El joven empleado apenas puede hablar. Impresionado por lo que está viendo solo atina a señalar el extraño fenómeno. Krussne y Melgarejo no pueden salir de su asombro.
Miles de hormigas que surgen de las excavaciones van dejando sobre la tierra recién removida una estela brillante que se pierde en el arroyo. “Eso es un aviso de un “entierro de oro”, exclama el peón mientras se santigua y se arrodilla.

De repente la mañana sin nubes se ensombrece y un trueno que viene de la espesura los horroriza cuando un viento y el agua del arroyo salida de su cauce arrasa las hormigas. Vuelve la calma y todo el espectáculo que los había sorprendido desaparece. Krussne no pierde tiempo y corre hasta la vivienda por el pico y la escopeta.

El mismo día a media mañana Nolazco al no recibir repuesta radial del operario sobre el avance de los trabajos en la chacra de Krussne, decide recorrer los diez kilómetros que lo separan del lugar. Cuando estaciona la camioneta en el descampado no entiende nada de lo que está viendo: Un puñado de chacareros con sus familias, portando picos y palas, recorren el predio cavando en un lado y en otro. Krussne con el torso desnudo cava como un poseído. Publicado en el libro “Relatos de la Terra Bermella” impreso por Editorial Universitaria de Misiones.

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