Entre el silencio y yo

Domingo 31 de mayo de 2020 | 07:30hs.

Nelly Herrera
Escritor

Casi en penumbras estaba la habitación, mientras miraba las mendigantes luces de la calle. La ventana era un desparpajo absurdo de una noche degollada por el aullar de perros vagabundos. Repentinamente, en esa noche escuché que alguien giró la cerradura de la puerta, entró alguien sigilosamente, es él pensé (siempre que entra cierra la puerta con llaves), me volteé, y sí, era él. Estaba allí. Con su cara de nada, solo me miraba, ni una palabra, y yo sitiada entre aquel horrísono y enigmático silencio. Miré mi viejo reloj Citizen (regalo de mis padres cuando terminé el secundario, un regalo para toda la vida, me dijeron…para toda la vida…  ¡Uf vaya si lo era!)  Eran las 2:54 de la madrugada, “puntual”, pensé, melancólica, pero sin inmutarme. Seguí mirando por la sombría ventana, la vista aletargada, absorta tras el cortinado, ya descolorido por el paso del tiempo, como si el silencio fuera otra cortina, enorme, palpable a mis ojos. Solo el piar del viento desviaba mi atención 
- Vientos calientes, va a llover- me dije mientras de reojo miré por enésima vez la negra, sudorosa y húmeda habitación.  Él seguía allí, con su irreverencia, cada vez más hiperbolizado, lo sentí pegajoso.   Mi corazón comenzó a transpirar, mi cerebro se destripaba, la sangre se me helaba. Afuera el viento ya era un latigazo cruel lastimando las copas de los árboles. La lluvia comenzó a escupir con rabia su parloteo sobre el techo de zinc. Algo me decía que esta noche ÉL será mi verdugo, pero no tenía miedo, era un visitante habitual, tanto que hasta me sonreía irónicamente. 
Sin embargo, lo miré y tuve un extraño presentimiento. ¿Será este el nombre de mi asesino? La noche estaba cada vez más negra y en mi habitación, por los relámpagos que espoleaban las cortinas, brillaron unas manchas de musgo lívido, esa la primera vez que veía, pero creo que siempre han estado allí.  Paradójicamente, ÉL, en conjunción con la encolerizada noche se puso cada vez más oscuro y pesado. Caminó por la alfombra, ahora, casi fantasmagórica de la habitación, se sentó en mi cama, sus ojos brillantes, como velas mortuorias, me miraban con nostalgia funesta y enfermiza. La noche llovía sin piedad, volví a mirar por la ventana, y veía como la lluvia azotaba a los perros flacuchentos de la cuadra, vagaban encorvados buscando refugio bajo algún techo abandonado. Los  truenos rasgaron el éxtasis extraño de esta atmósfera encarroñada, esquizofrénica y oxidada.  Él seguía allí con un amorfo mutismo. Entonces supe, vino a buscarme, su mirada larguísima, caliente, su encabritada obsesión por mi cuerpo y por mi alma, fue como un gruñido de animal agorero, nacido de la penumbra, como una fría corriente de aire.  Nunca supe bien a que huele, pero esta noche atiné que huele a tierra de bañado subvertido, como tierra frígida de cementerio atrapado en alguna lápida sin nombre. Huele a muerte fresca.  Huele a sangre caliente. Huele a flacura gótica, a argamasa espectral. Camino en puntas de pie por la sombría habitación, como para no romper este aterrador silencio. Ahora, una ansiedad inquietante me invade, quiero decir algo, pero no. En definitiva, ¿qué importancia puede tener lo que pueda decir ahora?  Amainó un poco la lluvia, el viento ahora es fresco, se cuela por la ventana entreabierta, mueve los pliegues de las pesadas cortinas, me estremece y al mismo tiempo, me acaricia punzante el espinazo. 
De repente me encuentro frente a las fauces del viejo y roído espejo, me miro, froto los ojos y me vuelvo a mirar, como si supiera que lo estaba haciendo por última vez. Me devuelve una imagen distorsionada, con todas mis derrotas, mis deseos, mis laceraciones, mis transposiciones, mis fangos, mis carroñas, mis caminos sin colofón. Me tiembla el cuerpo. Me tambalea el alma. Un relámpago que se cuela por la ventana hace brillar una navaja, que está en la destartalada mesa de luz. Tomo el puñal, me tiembla todo. ¿Tenés miedo? Me sonó como si fuera una voz de ultratumba, que giró en el aire, entre la luz de la vela que agonizaba y mi cuerpo que ya parecía un trapo viejo. Arrinconada en un ángulo del cuarto, en total estado cataléptico, supe que ésta era “la noche”. Esa noche que debía llegar, lo noche esperada. El misterioso silencio de la noche cumplió su cometido.   Herrera integra el grupo literario 12 Poetas Latinoamericanos. Participó en dos antologías. En 2019 publicó Poemas de mi tierra.

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