2026-10-14

El arte de estar siempre al día

En julio de 1945, mientras Europa recogía escombros, Vannevar Bush se sentó a imaginar un mueble. Había dirigido durante la guerra la oficina que coordina a unos seis mil científicos estadounidenses y conocía la potencia del conocimiento moderno y también su nuevo problema. “Hay una montaña creciente de investigación”, escribió en The Atlantic. Temía que los descubrimientos crecieran más deprisa que nuestra capacidad para encontrarlos, relacionarlos y comprenderlos. Para remediarlo imaginó el memex, un escritorio capaz de almacenar libros, documentos y conexiones entre ideas. Ocho décadas después llevamos algo infinitamente más potente en el bolsillo. La inquietud de Bush, en cambio, ha envejecido mejor que su máquina.

La frase tiene todas las virtudes de las buenas leyendas tecnológicas, con su cifra redonda, su vértigo y su apariencia científica. El problema empieza al intentar medirla. ¿Cómo contar con la misma unidad una demostración matemática, una técnica quirúrgica, un poema, una patente y una observación astronómica? Los estudios bibliométricos dibujan una realidad menos espectacular. Una investigación de Lutz Bornmann, Robin Haunschild y Rüdiger Mutz estimó que la producción científica, observada durante largos períodos, crecía alrededor de un 4,1% anual, equivalente a duplicarse cada 17 años. En ciertos tramos del siglo XX el ritmo se acercó al 8 o 9%. Me gustaría conocer el dato a día de hoy con el ritmo vertiginoso semanal y la expansión de la clase académica, sentimos que el saber corre a una velocidad a la que ya no podemos acompañarlo.

Los datos recientes alimentan esa sensación. En 2024 se publicaron unos 3,5 millones de artículos científicos y de ingeniería mientras que su cifra en 2014 habían sido 2,2 millones. Nadie puede aspirar a abarcar una porción significativa de lo que su propia época sabe. El viejo ideal del hombre culto, capaz de recorrer con cierta confianza el mapa general del conocimiento, se ha vuelto impracticable. Sin embargo, la escasez cambió de sitio.

Durante siglos faltaron libros, maestros, archivos, escuelas. Ahora sobran documentos y falta tiempo mental. Herbert Simon lo vio en 1971. “Una riqueza de información crea una pobreza de atención”. La frase se ha citado tanto que corre el riesgo de convertirse en otra pieza de información consumida sin pensamiento. Conviene detenerse en ella, la atención es el presupuesto del juicio. Aquello a lo que no concedemos tiempo suficiente apenas puede convertirse en experiencia o criterio.

Georg Simmel había descrito un mecanismo parecido mucho antes de internet. En La metrópolis y la vida mental, de 1903, observó que el habitante de la gran ciudad se defendía de la sucesión incesante de estímulos mediante una cierta insensibilidad, la actitud blasé. La saturación terminaba aplanando las diferencias. La pantalla ha convertido aquella metrópolis en una condición portátil. Una guerra, una receta, un escándalo político, un vídeo de un gato, una gráfica económica y la muerte de un desconocido aparecen separados por el movimiento de un dedo. Todo reclama importancia durante unos segundos, a la par que todo acaba pesando parecido. Tal vez por eso hemos confundido estar informados con pensar.

Informarse consiste en incorporar algo que viene de fuera. Pensar exige comparar, dudar, jerarquizar, conectar con lo que ya sabemos y soportar durante un rato la incomodidad de no tener respuesta. La primera actividad se ha vuelto instantánea y la segunda conserva una lentitud, a veces, inasumible por el tictac moderno. Ninguna actualización de software ha reducido el tiempo que necesita una idea difícil para sedimentar en una cabeza.

La psicología cognitiva ha encontrado señales de esa mutación. En 2011, Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner mostraron que, cuando esperamos poder recuperar una información más adelante, recordamos peor el contenido y mejor dónde encontrarlo. Internet funciona como una memoria externa y compartida, lo cual puede ser una ventaja, al igual que la escritura milenios antes también descargó memoria fuera del cerebro. El riesgo aparece cuando externalizamos algo más que el almacenamiento y empezamos a alquilar el juicio.

La inteligencia artificial lleva esta tensión a otro nivel. Hasta hace poco buscábamos información, ahora podemos pedir una conclusión ya cocinada, con argumentos, ejemplos y un tono convincente. Producir un texto cuesta cada vez menos. En 2025, Science recogió una estimación según la cual alrededor de una quinta parte de los artículos de informática podía contener frases generadas por inteligencia artificial. El cuello de botella cultural se desplaza. Escribir, resumir y responder se abaratan. Verificar, seleccionar y comprender se vuelven trabajos más valiosos.

Hartmut Rosa ha llamado “contracción del presente” a uno de los efectos de la aceleración moderna. El período durante el cual nuestras experiencias pasadas sirven para orientarnos se acorta. Aprendemos herramientas que pronto cambian y seguimos debates cuyo vocabulario se renueva antes de que hayamos formado una opinión. De ahí la ansiedad por estar al día. Abrimos el periódico, el correo, X, LinkedIn, un podcast, un informe… acumulamos actualidad como quien almacena provisiones antes de una tormenta. Al terminar sabemos más cosas que por la mañana y quizá entendemos menos.

También hay una consecuencia política. Una democracia necesita ciudadanos capaces de conceder tiempo a asuntos relevantes y sesudos. Las grandes palabras democráticas como causalidad, responsabilidad, pluralismo o justicia son palabras lentas. El ecosistema informativo recompensa la novedad, la velocidad y la claridad emocional. Podemos acabar con ciudadanos extraordinariamente informados sobre los últimos acontecimientos y cada vez más dependientes a la hora de interpretarlos.

Durante mucho tiempo imaginamos que la ignorancia desaparecería cuando todos tuviéramos acceso al conocimiento. Internet cumplió buena parte de esa promesa y, al hacerlo, descubrió el problema siguiente, que el acceso era sólo la puerta a un antiguo problema.

Quizá la tarea intelectual de nuestro tiempo consista en recuperar la lentitud, elegir qué ignorar, querer mantener una pregunta abierta, permitir que una idea nos contradiga antes de buscar otra que nos tranquilice. Bush temía que el conocimiento quedara enterrado bajo su propio crecimiento. Hemos construido máquinas prodigiosas para encontrarlo, lo que sigue sin estar resuelto es qué hacer con él cuando aparece delante de nosotros. El día en que podamos obtener cualquier respuesta en segundos, pensar empezará ahí, en resistir la tentación de confundir una respuesta con el conocimiento.

Por Antonio Legaz
Para Ethic

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