El problema no es Milei
Démosle al protagonista de esta columna el beneficio de la suspensión de la incredulidad. Así como podemos creer en sirenas legendarias o frutos que provocan amnesia, también creamos que Javier Milei es experto en crecimiento con o sin dinero, a pesar de que nunca administró nada. Que es un defensor de la moral, la familia y la progenie pese a que nada de eso se condice con su vida. Que está convencido de que la escuela austríaca y el anarcocapitalismo son la solución a todos los problemas, aunque no haya experiencias positivas que lo demuestren, y que toma decisiones guiado por las mejores intenciones. Sólo por un rato.
Un amigo mío prepara las mejores chipas que haya probado en mi vida. Es lo único que sabe hacer, eso sí. Si le pedís un huevo frito, lo liquidás. El currículum de Javier Milei parece ir en la misma senda: pasó por un puñado de empresas con cargos importantes, pero los números en una planilla de Excel no se parecen en nada al trabajo que demanda comandar un municipio, un ministerio, una provincia. Sin embargo, le cayó en gracia el enorme honor, la responsabilidad (y un poquito, por qué no decirlo, también la maldición) de ser el presidente de un país. Y no un país cualquiera: la siempre convulsionada Argentina. Algo similar, si se me permite el burdo paralelismo, a que a mi amigo lo pusieran a cargo de la cocina de un hotel cinco estrellas, de esos en los que ahora Milei se aloja, con la plata de nuestros impuestos.
La diferencia, claro, es que mi amigo, el maestro de las chipas, elegiría rodearse de los mejores especialistas que pudiera encontrar, prestaría atención a su alrededor a la sabiduría que da la experiencia, aceptaría las críticas constructivas y entendería a quienes le marcan los errores que cometa. Eso no lo convertiría de la noche a la mañana en un gran cocinero, pero en un par de meses ya sería mejor que cuando entró.
Milei, en cambio, buscó a sus amigos (los pocos que pudiera tener), aceptó con gusto las lisonjas de los oportunistas, pagó favores políticos con cargos y les dio mucha cabida a esperpentos dirigenciales con un penoso prontuario en gobiernos anteriores que, como en este, dejaron al país peor que como lo encontraron.
Uno de ellos aparece por estos días en la cuerda floja. Es nada menos que el encargado de la economía de la Nación, la supuesta área de expertise del presidente. El ministro que sólo sabe de timba financiera, bonos y tomar deuda para pagar deuda que él mismo tomó. El ministro experto en retroceso con y sin dinero (a las pruebas me remito) como voz cantante del mandatario autopostulado experto en crecimiento con y sin dinero. El chiste se cuenta solo. Por suerte parece que Milei se avivó y se dice que lo va a reemplazar por uno nuevo que corregirá todos los desaciertos de su antecesor (esto último está por verse).
Y, entonces, ¿por qué decimos que el problema no es Milei? Porque muy pocos creen realmente en los principios extremistas que lo arropan en su delirio de Premio Nobel. El poder verdadero lo sostiene por los beneficios que le llueven desde aquella fundacional devaluación y el decreto 70/23, pero cuando ya no le sirva, lo descartará.
Millones de argentinos sintieron que el modelo anterior no iba más y votaron una ilusión. Quizá lo reelijan en 2027, todo es posible, pero tarde o temprano Milei pasará a ser un infame recuerdo y otro ocupará su lugar. Otro (u otra) ungido como salvador. Cuando eso suceda, los que lo pusieron allí se lavarán las manos y seguirán como si nada. Por eso, Milei puede traer muchos problemas, pero el verdadero problema no es él.