La historia de la niña que fue salvada por Stroessner

domingo 20 de septiembre de 2026 | 6:05hs.
Margarita Memmel de Goligorsky, Wilma Melenik, Fabiola Castelnovo, Rosa Gómez y Mirta Castelnovo. Foto: Marcelo Rodríguez
Margarita Memmel de Goligorsky, Wilma Melenik, Fabiola Castelnovo, Rosa Gómez y Mirta Castelnovo. Foto: Marcelo Rodríguez

La memoria del Ciclón de Encarnación de 1926 permanece viva un siglo después a través de los relatos de quienes sobrevivieron y, sobre todo, de las historias que transmitieron a sus hijos y nietos.

Entre ellas está la de Herminia Pocho Benítez Bordón de Ayala, quien tenía apenas 4 años cuando el temporal arrasó con su casa y quedó atrapada debajo de una viga. Fue rescatada por Alfredo Stroessner, quien años después llegaría a la presidencia de Paraguay.

Su hija, Liliana Ayala, reconstruyó aquella historia a partir de los recuerdos que su madre y su padre le transmitieron durante toda su vida. Ambos habían sido sobrevivientes del ciclón: Herminia tenía 4 años y su padre, 8. Además, eran vecinos y vivían en la zona del barrio Hospital, uno de los sectores más afectados por el fenómeno.

“Volaron todas las casas”, describió Ayala a El Territorio sobre las imágenes que acompañaron a sus padres toda la vida sobre esa tarde del 20 de septiembre de 1926.

En el caso de Herminia, buena parte de la historia había sido reconstruida por su madre, Victorina Bordón, quien quedó viuda y a cargo de sus ocho hijos. La niña sobrevivió al derrumbe de la vivienda, pero quedó atrapada entre los escombros.

“Sobre mi mamá cayó una viga y ella quedó ahí atrapada”, contó Liliana. En medio de la destrucción, un adolescente que se encontraba en las inmediaciones escuchó el llanto de una criatura. Era Stroessner, quien había ido a buscar a su hermana que participaba de un cumpleaños.

Casi como una imagen de terror, recordó, el ciclón arrasó con lo que estaba a su paso por la conocida villa baja, en segundos. “Mi abuela quedó viuda con ocho hijos y todos, dice, que desaparecieron. Desaparecieron de la casa y sólo quedó mamá atrapada ahí debajo de los escombros”, recordó.

Stroessner, contó, logró levantar la viga y sacar a Herminia. Después la trasladó hasta la casa de unos vecinos, donde finalmente se reencontró con su familia. “Él llevó a mamá a la casa del vecino, a la casa de los Carson, y ahí le encontró a mi abuela. Dice que estaban todos sin ropa, prácticamente con la ropa interior, todos refugiados en la casa del vecino”, relató.

La tragedia, sin embargo, no terminó cuando pasó el temporal. Las familias tuvieron que reconstruir sus viviendas y sus vidas después de perder prácticamente todo. Según recordó Ayala, llegaron ayudas de alimentos y otros elementos. En el caso de su abuela, recibió además una máquina de coser y bordar que le permitió comenzar a trabajar para sostener a sus hijos.

La otra rama familiar también sufrió pérdidas materiales. La abuela paterna de Liliana tenía una lechería en Cambyretá y, durante el ciclón, perdió el ganado que le daba sustento. “Se murieron todas sus vacas”.

La experiencia de sus padres también marcó la manera en que Liliana y su hermano crecieron. Su padre, que sobrevivió al ciclón con ocho años y murió a los 102, insistía en la importancia de construir viviendas resistentes. “Siempre mi papá decía que la casa que uno construye debe estar bien sólida, debe tener el techo alto”, recordó nostálgica.

En su propia infancia, reconoció, el temor se tradujo en prácticas concretas cada vez que llegaba una tormenta. “La casa donde nosotros vivíamos tenía un sótano. Yo me acuerdo muy bien que cuando había tormenta o lo que sea, a nosotros ya nos escondían en el sótano”, confió Ayala.

El trauma no quedó limitado a su familia. Para Liliana, forma parte de una memoria colectiva de Encarnación que todavía se activa ante determinadas condiciones climáticas. “Acá en Encarnación es un trauma prácticamente que tenemos todos. Apenas llueve o hay tormenta, todos se encierran, todo se apaga”.

Herminia fue maestra y figura célebre en el desarrollo social y comunitario: murió a los 97 años y su esposo, a los 102. “En todos los acontecimientos que había acá en la ciudad siempre se les invitaba o les hacían reportajes, porque eran los únicos que estaban vivos de aquella tragedia”, explicó.

Hoy, Ayala entiende que el principal legado de aquella experiencia es la memoria. “Es una memoria histórica que todos practican… Yo ya estoy por los 60 años, y entonces las personas que tienen más o menos mi edad vamos a recordar todavía”, pero “los más jóvenes ya no, no tienen el relato vivido”. 

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