El guaraní y la city IX: la vida secreta de (los nombres de) las plantas

domingo 26 de abril de 2026 | 6:00hs.

Por Estefanía Baranger Lic. en Letras, doctoranda en Lingüística y docente (UBA)

En 1979, Stevie Wonder editaba Journey Through The Secret Life of Plants—uno de sus mayores fracasos discográficos, lo cual dice menos sobre él que sobre el resto de nosotros—: un disco íntimo e introspectivo que sirvió como banda sonora del documental de Walon Green, basado en el libro de Peter Tompkins y Christopher Bird, donde los helechos reaccionan ante las emociones humanas y las semillas de mostaza se comunican con galaxias lejanas. No albergo dudas —ni pruebas— sobre la vida interior de las plantas. Pero lo cierto es que, aunque sus recorridos sean más terrenales que galácticos, no podemos dejar de hacerlas hablar.

Nuestros tomates, por ejemplo, vienen del náhuatl tomatl, que suele analizarse como la combinación de tomohuac ‘fruto hinchado’ y atl ‘agua’. Nuestro maíz y nuestra batata son, en origen, voces taínas. Y nuestras paltas y papas proceden ambas del quechua. Cuando los españoles introdujeron estas últimas en Europa, sin embargo, las confundieron con las batatas caribeñas, y de ese malentendido surgió el término patata —aunque algunos infieles sostienen que en realidad buscaban evitar que el tubérculo compartiera nombre con el Santo Padre, una precaución lingüística tan eficaz como incomprobable—.

Y es que cuando las plantas atraviesan mares y montañas, las palabras que las acompañan también. De hecho, las lenguas del mundo pueden dividirse, a grandes rasgos —y con mucho optimismo metodológico—, en dos grupos según cómo nombran al té. El carácter chino que designa la infusión en cuestión se pronunciaba te en los dialectos de la costa sur y cha en el interior. Por eso encontramos lenguas que llaman al brebaje con algo parecido a cha —como el ruso chay o el swahili chai— en regiones donde las hebras llegaron siguiendo las rutas terrestres de Persia y Asia Central; y lenguas que dicen algo parecido a te —el tea inglés o el thé francés— allí donde fueron introducidas por vía marítima desde el sudeste chino. Una isoglosa global dibujada a fuerza de rutas comerciales y tazas calientes.

Los nombres de estos cultivos, claro, van más allá de lo que nos cuentan las gramáticas y los libros de historia. Entre los mbyá guaraní, por ejemplo, se cuenta que la mandioca —registrada bajo el nombre manji’ok por Ruiz de Montoya en el siglo XVII— toma su nombre de Manji, la hija de un cacique que pidió ser enterrada donde había caído un rayo durante una tormenta. Tiempo después brotó allí una pequeña planta cuyas raíces sus siervos arrancaron para intentar reproducir. Y así como hicimos con el tomate náhuatl, hay quienes descomponen nuestra mandioca en Manji —la señorita en cuestión— y oka ‘casa’: ‘la morada de Manji’. La idea es sugerente y hasta conmovedora, pero tropieza con un detalle fonológico: la presencia de la consonante glotal —discretamente representada por un apóstrofo o pusó—, con la molesta costumbre de arruinar las más entusiastas etimologías. Si lo tenemos en cuenta, nuestra mandioca podría cortarse no en dos sino en tres trozos: Manji, ‘ok ‘arrancar, desenterrar’ y a ‘lugar’, es decir, ‘donde Manji fue desenterrada’. Como sugería Claude Lévi-Strauss, el valor de los mitos no está en contar cómo fueron las cosas, sino en volverlas inteligibles.

Entre los ava-chiripá, por su parte, el etnobiólogo Héctor Keller recoge otro relato según el cual una variedad silvestre de mandioca habría sido encontrada por los antiguos, que —sin éxito— intentaron reproducirla y durante siete años imploraron a los dioses hasta finalmente lograr que sus raíces emergieran. Y en la versión mbyá ocurre algo parecido: la planta tampoco coopera en el primer intento. En ambos casos parece asomar, detrás del mito, el recuerdo de un largo y difícil proceso de domesticación de la especie.

Algo similar ocurre con el maíz. En un relato ava-chiripá, los ancestros encuentran semillas dentro de unas tacuaras que habían cortado para construir un templo y las interpretan como un regalo de Ñanderú, el dios creador. Pero el propio Keller sugiere otra lectura posible a partir de la etimología de la voz guaraní para ‘chacra’, kokue, donde podemos identificar el verbo ko ‘vivir’ y -kue, un sufijo de tiempo pasado, literalmente: ‘donde se solía vivir’. El término alude a la técnica del rozado, todavía practicada por estos grupos: después de la cosecha, la chacra se quema y se abandona en busca de tierra nueva, que tal vez ya había sido cultivada años atrás. Algo que el jesuita Bartomeu Melià describía con una imagen preciosa: abandonar las tierras cansadas para ir a cansar otras nuevas. La famosa búsqueda de la tierra sin mal, o yvy mara’ey, un término semánticamente tan vago que permite las más diversas interpretaciones —incluso ecológicas—. Esas tacuaras con semillas de maíz, que los ancestros guaraníes encuentran, pueden haber sido, entonces, receptáculos donde los dueños anteriores de ese kokue las almacenaban. Pero este mito ava-chiripá nada nos dice sobre la voz guaraní para ‘maíz’: avati. Por supuesto hay otra versión. En el folklore paraguayo, el relato involucra a un guerrero guaraní —ava ‘hombre’— que, muerto en un enfrentamiento, es enterrado quedando solo su nariz —ti— fuera de la tierra, y al día siguiente brota allí una planta con espigas a la que denominan avati: ‘nariz de hombre’. A mí me habría gustado imaginar otra etimología que combine ava ‘hombre’ y ati ‘cabello canoso’, pensando en la semejanza morfológica entre las hebras claras del choclo y la barba blanca en un rostro masculino, pero ese mito nadie lo contó aún —queda como una humilde contribución a sembrar más confusión en las etimologías regionales—.

Después de todo, así como las semillas de mostaza de Tompkins y Bird mantienen conversaciones con regiones remotas del cosmos, en el tomate, la papa, la mandioca y el té han echado raíces viajes, malentendidos y mitos. Basta escarbar un poco para que emerjan estas vidas secretas, imperceptibles a simple vista. Tal vez por eso Stevie Wonder no necesita ocultarse tras sus características gafas oscuras cuando canta sobre los descubrimientos que se esconden en la vida secreta de estas plantas: al final, no vemos solo lo que hay, sino lo que nos empeñamos en encontrar.

* Este texto fue originalmente escrito para su publicación en la edición de otoño de 2026 —actualmente en prensa— de la revista Fanzine Club Social y Federal, que, desde los montes misioneros, busca difundir información, tejer lazos y proponer espacios de diálogo e interlocución entre territorios rurales atravesados por la cultura agroecológica. El número de verano puede consultarse en: https://drive.google.com/file/d/1G-YzMN5NsI7HwJZNVQrAe0RjuWcdgaUs/view

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