La conveniente conversión de una derrota futbolística en relato patriótico
Hay una hipótesis que conviene formular sin muchas vueltas, porque los hechos de esta semana la sostienen con bastante prolijidad. Existe una sobreactuación del "antiargentinismo", impulsada desde las trincheras comunicacionales del oficialismo nacional y reproducida por los medios afines a la Casa Rosada y por las cuentas asociadas al aparato de La Libertad Avanza, cuyo objetivo no es defender un honor futbolístico sino canalizar la frustración post Mundial a través del sentimiento nacionalista, evitando que esa misma frustración encuentre su cauce natural, el de las penurias económicas que atraviesa la mayoría de los argentinos.
La secuencia de hechos permite reconstruir el mecanismo paso a paso. Tras la derrota ante España, una ola de cuestionamientos internacionales circuló en redes sociales, con acusaciones de racismo, de arbitrajes favorables y de vínculos con Israel. Nada muy distinto a lo que había pasado en el 2022, horas después de que Argentina ganará el principal trofeo del fútbol mundial. La gran diferencia entre aquel momento y este fue el ánimo con el que nos encontró la situación.
Javier Milei no tardó en subirse a la ola que se armó el domingo por la noche en las redes sociales, no para desmentirla con matices sino para amplificarla como agravio nacional. "Ahora el mundo va a ver dónde puede llegar un país lleno de argentinos", escribió, en un tono que mezcla autoayuda de gimnasio con relato de asedio permanente.
Acto seguido atribuyó la campaña al "kirchnerismo" y al "wokismo", una atribución que le permite dos cosas en simultáneo, victimizar al país frente al mundo y victimizarse a sí mismo frente a la oposición interna. Un diputado libertario aprovechó el clima para presentar un proyecto que arancela la salud pública a extranjeros en la provincia de Buenos Aires, propaganda. Influencers del universo libertario multiplicaron el relato del asedio patriótico. Nada de esto fue casual ni desorganizado, tuvo toda la pinta de ser un dispositivo que se activó con la sincronía de siempre.
Y ese dispositivo tuvo un efecto colateral que conviene subrayar porque es, en definitiva, el corazón de la hipótesis. Mientras el país discutía si el planeta le tiene celos a la Selección, la Universidad Di Tella difundía su Índice de Confianza del Consumidor con una caída del 4,78 por ciento respecto de junio, ubicado en 40,67 puntos, con un retroceso interanual del 12,30 por ciento. El dato más elocuente está en el desagregado por ingresos, los hogares de menores recursos sufrieron un derrumbe mensual del 11,47 por ciento en su confianza, con una caída interanual del 20,42 por ciento, mientras los hogares de mayores ingresos apenas retrocedieron un 1,45 por ciento.
Esa asimetría es la fotografía exacta de a quién le duele más el ajuste y de quién, por lo tanto, tiene más para perder si la conversación pública deja de hablar de Messi y empieza a hablar de la carne, del alquiler y del sueldo que no alcanza.
La hipótesis, entonces, no necesita apelar a una conspiración perfectamente coordinada para sostenerse. Alcanza con observar el timing. La frustración de una final perdida, un recurso emocional carísimo y de una sola vez, fue reconvertida en combustible identitario justo en el momento en que las encuestas de confianza y de imagen presidencial empezaban a mostrar el desgaste real de la economía.
El nacionalismo futbolero funciona como un analgésico de acción rápida. Calma por un rato el malestar del bolsillo, pero no toca ni un punto de la inflación de los alimentos ni devuelve un peso de poder adquisitivo perdido.
La discusión sobre si existió o no una campaña orquestada contra la Argentina en el Mundial seguirá dando paneles de televisión. La pregunta que el oficialismo prefiere que se pierda en ese ruido es otra, y es más incómoda: ¿Cuánto tiempo más se puede gobernar de goleada discursiva en goleada discursiva mientras el índice de confianza sigue de local en caída?