El guaraní y la city XII: amores perros
Hace años proliferan en el paisaje comercial posadeño negocios y marcas con nombres en guaraní. Tomamos tragos en Ava, cenamos en Itakua, asistimos a algún partido en el Itapúa, almorzamos en Poytava. Mi amiga Pame le puso a su perro Mymba años antes de que un gimnasio con ese mismo nombre —y algo entre un yaguareté y un tatú como logo— se instalara en uno de los últimos tramos de nuestra costanera. Ambos parecen estar de acuerdo en que esta palabra evoca alguna idea de animalidad, pero no puedo evitar pensar que ese nombre le sienta mejor a uno que al otro.
A los etnólogos les gusta decir que en las lenguas amazónicas no siempre es fácil encontrar palabras que coincidan con lo que nosotros entendemos por ‘animal’. Entre los mbya, por ejemplo, según la antropóloga Marilyn Cebolla Badie, una única expresión —mba’e rei rei— engloba una gran variedad de seres vivos: plantas y animales por igual. Y no es que les falten taxonomías; la fauna, de hecho, se organiza en otras categorías, como los ka’aguyrupigua, del monte, y los yrupigua, del agua. Mymba, sin embargo, parece seguir otro rastro. ¿Qué denota, entonces, esta palabra que para mi amiga y para los dueños del fitness club parece evocar espontáneamente hocicos, garras y pelajes?
Toda esta historia empieza, en realidad, bastante antes de los animales y los gimnasios. Resulta que a las lenguas guaraníes —así como a muchas lenguas no europeas— les importa mucho distinguir aquello que podemos poseer de lo que no. Ríos y montañas, por ejemplo, no suelen ser poseídos por los humanos, y esto —aunque sin querer pueda parecer una apología a la abolición de la propiedad privada— es una cuestión de gramática: las formas posesivas —‘mi’, ‘tu’, ‘nuestro’— no se combinan así nomás con entidades de la naturaleza. Miembros de la familia y partes del cuerpo, por otro lado, casi obligatoriamente tienden a ser poseídos —de ahí que en el español paraguayo escuchemos expresiones como ‘me duele mi cabeza’ o ‘me rompí mi brazo’: esa cabeza y ese brazo, en la gramática del guaraní, necesariamente son conceptualizados con relación a alguien. Y a los elementos de esta última clase los lingüistas los llamamos de posesión inalienable, una palabra de origen latino que combina el verbo alienare ‘apartar, separar’, el sufijo -able que indica posibilidad o capacidad y el prefijo de negación in-: literalmente ‘aquello que no se puede separar’. No nos sorprende si tenemos en cuenta que idealmente todos preferimos pensar los cuerpos y las familias como conjuntos —cuanto menos— difíciles de desintegrar.
Ahora bien, nuestras mascotas ocupan un lugar curioso: están a mitad de camino entre los familiares prototípicos y los seres de la naturaleza. Los despojamos de sus orígenes salvajes vistiéndolos de humanos, festejándoles cumpleaños y alojándolos en hoteles felinos cuando nos vamos de vacaciones, pero ¿hay lugar para gatijos y perrijos en estas gramáticas? Es justamente ahí donde entra en escena la palabra que nos convoca: mymba, que, ya en el guaraní del siglo XVII, se reservaba específicamente para los animales caseros. Es que así como sucede con los ríos y las montañas, los posesivos del guaraní no suelen combinarse sin más con palabras que denotan animales... pero sí con mymba. No alcanza con decir che jagua ‘mi perro’, antes hay que volverlo che rymba. Y tan importante es esa relación que la propia palabra cambia de forma según quién sea su dueño: mymba, rymba, hymba. Como si la lengua se resistiera a convertir un ser de la naturaleza en un compañero humano sin dejar constancia morfológica de esa domesticación. Jagua, entonces, designa simplemente al perro como especie; mymba, en cambio, designa al animal en cuanto compañero doméstico. Es decir que no se trata tanto de una categoría zoológica, sino más bien relacional: en vez de preguntarse qué animal es, intenta responder qué lugar ocupa en nuestras vidas. Perros, gatos, caballos, chanchos... el límite parece estar menos en la zoología y más en nuestra capacidad de adoptarlos como compañeros —anything can be a mymba if you’re brave enough.
Con perdón de los amantes de los gatos, los perros son, quizás, el mymba por excelencia —no así los yaguaretés, lo que podría ser un punto a favor de mi amiga Pame, pero intentaré mantenerme imparcial. Ahora bien, hasta hace no tanto tiempo dábamos por sentado que fuimos nosotros los que tomamos lobos silvestres y los volvimos nuestros caninos compañeros. Pero la arqueología y la antropología vienen insistiendo desde hace ya algunas décadas en que la domesticación entre estas especies no fue un proceso unilateral, sino una transformación mutua. En palabras de Donna Haraway, los perros pueden entenderse como cómplices de la evolución humana. Las llamadas especies de compañía implican la existencia de dos partes, ambas fruto de esa relación: es cierto que sin humanos no habría perros, pero sin perros tampoco habría humanos —o al menos no como nos conocemos hoy. Y no hay que remontarse al Pleistoceno para ver cómo nuestros cachorros nos obligan a salir a caminar dos o tres veces por día, dejar la luz prendida cada vez que salimos sin ellos y optar por bares pet-friendly. Incluso tenemos perros pastores y policías que trabajan ad honorem a la par de sus colegas humanos. Visto así, no sorprende que ciertas tradiciones indígenas hayan pensado esta relación de un modo parecido mucho antes que la arqueología contemporánea; desde Norteamérica hasta Siberia encontramos ceremonias e historias que relatan cómo los humanos aprendieron a capturar presas no en competencia, sino en cooperación con el cazador por antonomasia: el lobo —que, no por nada, es el nombre de mi canino compañero.
Quizás el gimnasio de la costanera no eligió un mal nombre después de todo. Entramos allí creyendo que vamos a domesticar nuestros cuerpos, volver obedientes los músculos antes salvajes, y transformar la fuerza bruta en fuerza entrenada. Tal como nuestros mymba llevan milenios moldeando nuestras formas de habitar el mundo. A excepción del Lobo, claro. Ese anciano paticorto todavía intenta —fútilmente— domesticarnos a sus dos salvajes humanas.
Por Estefanía Baranger
Doctora en Lingüística, licenciada en Letras. Docente (UBA)