Es de Villa Hernandarias, un pequeño pueblo de Entre Ríos

Estudiar lejos de casa: cuando aprender también es resistir

Ayelén Colman viene de un hogar humilde y construye su camino universitario entre trabajo y estudio. El albergue Unam le permite perseguir su sueño profesional
domingo 22 de febrero de 2026 | 6:05hs.
Tiene 23 años y estudia el profesorado en Físca; este será su tercer año viviendo en el albergue universitario.
Tiene 23 años y estudia el profesorado en Físca; este será su tercer año viviendo en el albergue universitario.

Araceli Rocío Ayelén Colman aprendió temprano que crecer muchas veces implica irse. Dejar un pueblo chico, una economía ajustada y una familia que hace malabares para sostener lo cotidiano no fue una decisión romántica ni impulsiva: fue una necesidad pensada durante años. Hoy, con 23 años, estudia el profesorado en Física en la Universidad Nacional de Misiones (Unam) y vive en el albergue estudiantil del Campus en Posadas, un espacio que definió como mucho más que un techo, sino un punto de apoyo para no soltarse cuando todo pesa.

Las residencias de la universidad se encuentran en el Campus. Fotos: M. Rodríguez

 

Llegó desde Villa Hernandarias, un pueblo pequeño de Entre Ríos, donde -sostuvo- “no hay forma de crecer”. Terminó la secundaria en 2019, en una escuela técnica, con el título de técnica electromecánica, pero desde mucho antes había empezado una búsqueda larga. “En mi casa la situación económica no es la más linda y el pueblo es muy chico, conseguir trabajo era muy difícil”, contó. La idea de estudiar Ingeniería Mecatrónica la acompañó durante años, pero las opciones reales no cerraban: Paraná quedaba descartada por los costos y la falta de albergue; otras alternativas implicaban mudarse sin ninguna red de contención.

Posadas apareció después de comparar, calcular y resignar. “Me recomendaron venir porque había comedor, albergue y transporte para estudiantes. Yo contrasté eso con mis otras opciones y entendí que era la mejor”, recordó. Una vez instalada, buscó una carrera que se acercara a sus intereses y, sobre todo, que le ofreciera una salida laboral estable, algo que nunca fue un dato seguro en su casa. Pensó en Lengua de Señas, pero el cupo ya estaba cerrado. El Profesorado en Física terminó de convencerla cuando leyó el plan de estudios: “Me pareció genial todo lo que daban”.

Ayelén supo desde chica que para progresar tenía que salir de su pueblo.

 

El contexto familiar es la explicación de muchas de sus decisiones. Ayelén creció en un hogar atravesado por el esfuerzo constante. Son cuatro hermanos y una sobrina. Su madre falleció cuando ella tenía 8 años, en un accidente, y su padre, Daniel Miguel, quedó con una discapacidad permanente tras otro siniestro que le partió el omóplato en varias partes. “Nunca se le ayudó económicamente, nunca se le dio nada. Se lo consideró apto para existir, siendo que no puede trabajar de nada porque no lo contratan”, relató. Aun así, es para ella su mayor ejemplo: “Fue canillita, cartonero, albañil, electricista, panadero. Toda su vida trabajó para darnos lo mejor que pudo”.

Desde muy joven, Ayelén también trabajó. Dio clases particulares durante toda la secundaria y pasó por distintos empleos. Hoy limpia casas -dos departamentos- y sostiene su día a día con ese ingreso y con la beca Manuel Belgrano, un apoyo que valora sin rodeos porque cuando llegó a Posadas lo hizo con lo indispensable. “Vine con mi ropa y nada más. Todo lo que tengo me lo compré yo o me lo regaló mi suegra. Compré ollas, una cerradura para mi puerta. Antes usaba las cosas de las chicas”, compartió.

En este contexto, el albergue estudiantil ocupa un lugar central en su historia. El primer año fue difícil y la convivencia no fue sencilla. Hubo choques y momentos duros. Con el tiempo, ese espacio se transformó en algo muy distinto. “Conocí gente muy hermosa”, reconoció, y se emocionó al hablar de sus compañeras. “Son un soporte muy grande. Hay días en los que salgo a las siete de la mañana y vuelvo de noche, muy bajoneada, y ellas me han cambiado el día”, compartió.

Ese sostén se volvió fundamental en los meses más complejos. Durante estas vacaciones, mientras atravesaba un momento económico delicado “porque  prioricé comprarme una computadora para estudiar antes que tener todos los días para comer”, decidió quedarse en Posadas para seguir estudiando. A todo esto se le suma que no ve a su familia desde julio del año pasado.

Fue así que sus compañeras, antes de irse de vacaciones, regresaron para dejarle comida. “Me dejaron harina, pollo, un montón de cosas. Con eso me mantuve durante enero. Nunca me pidieron nada a cambio”, contó conteniendo las lágrimas por la solidaridad de las chicas.

La joven estudiante aclaró que su situación no representa a todos los estudiantes. Muchos reciben ayuda de sus familias; en su caso, no es posible. Por eso subrayó el valor del albergue como un resguardo emocional. Hoy convive con otras cuatro estudiantes de distintas carreras y participa en una agrupación estudiantil, aunque sin perder de vista su prioridad que es estudiar.

Sobre el futuro, no tiene respuestas cerradas. El profesorado en Física es, para ella, una forma de asegurarse algo. Reconoció la vocación y también las dificultades del ejercicio docente, pero sabe que es un área con demanda. “No hay muchos profesores de Física”, señaló.

Cuando piensa en su recorrido, vuelve siempre a la misma idea: crecer duele. “Uno viene con ganas de comerse el mundo y se choca contra muchas paredes. Te vas a romper la cabeza y cuando te la rompas, ahí van a entrar las cosas”, reflexionó. En ese aprendizaje constante, hecho de sacrificios, redes y pequeñas conquistas diarias, Ayelén construye su propio modo de ser universitaria hoy. 

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