Emprendimiento ubicado en Los Helechos
Esfuerzo y dignidad: la historia de un vivero que no se rinde
Desde hace más de 20 años, Ema Donn (55) y Bertoldo Kelm (65) junto a su familia se dedican a la producción y venta de plantas, un oficio que comenzó de manera pequeña y que con el paso del tiempo se transformó en su principal forma de subsistencia.
La pareja vive y tiene el vivero en la localidad de Los Helechos, desde dónde apuestan a lo que en un inicio fue apenas “un poquito”, hoy es un trabajo diario que exige constancia, conocimiento y una enorme dosis de paciencia.
Actualmente, la tarea se sostiene entre los dos, ya que Bertoldo, tras sufrir un accidente laboral en un aserradero ya no puede acceder a un empleo formal. “Hoy vivimos de esto y de la jubilación”, cuenta Ema, con la claridad de quien no romantiza el esfuerzo, pero tampoco baja los brazos.
Mantener un vivero no es sencillo. El cuidado de las plantas demanda tiempo, dedicación y costos que muchas veces no se ven. “Cuesta mucho mantenerlas bien, como quiere la gente, lindas y económicas”, explica, dejando en claro que los clientes buscan calidad, pero también precios accesibles, lo que obliga a ajustar cada gasto al máximo.
Sin químicos
A diferencia de otros sistemas de producción, Ema y Bertoldo no utilizan fertilizantes químicos, la tierra se prepara de manera artesanal, con palos podridos traídos del monte, mezclado con suelo natural para generar un abono casero, una técnica heredada de toda la vida. “Las plantas no se mueren porque no están llenas de químicos”, asegura, y ese detalle es valorado por quienes vuelven a comprar.
La inversión más grande no está en los insumos, sino en la infraestructura, el invernadero representa uno de los mayores gastos con el recambio del plástico y la media sombra, deteriorados por el paso del tiempo, implica una erogación constante que se vuelve cada vez más difícil de afrontar.
La respuesta fue honesta, al ser consultado si pueden vivir de la producción de plantas. “No muy bien, pero hay que seguir adelante, no queda otra, el vivero se transforma en una herramienta de supervivencia, sumado a la jubilación de Bertoldo”, indicó.
Ema vende la producción en la plazoleta de los Extranjeros de Oberá, porque son parte del Club de Emprendedores y allí Ema se hizo de su cartera de clientes, “ya saben los días que estoy y vienen”, cuenta. Sin embargo, las ventas no son constantes. Hay temporadas mejores y otras muy difíciles. El verano, con el sol excesivamente fuerte, quema las plantas y arruina meses de trabajo.
A la hora de vender, el regateo es parte del día a día, muchos clientes piden rebajas, comparan precios y negocian. Aun así, Emma intenta mantener valores accesibles, muy por debajo de los grandes viveros, ajustando el precio según la cantidad que lleven. “Hay días buenos y días en los que no se vende nada, jornadas en las que vuelve a casa sin siquiera cubrir los gastos. Pero también hay otros en los que la venta acompaña” resume la mujer emprendedora.
Más allá de las dificultades, hay algo que Emma considera fundamental: el trato con la gente. “Por más problemas que tengas, tenés que ser amable”, dice. Conversar, dar consejos, explicar cómo cuidar una planta genera confianza y hace que los clientes regresen.
Las orquídeas, especialmente cuando están en flor, son las más buscadas, seguidas por suculentas y cactus. La clave, asegura, es no rendirse y seguir ofreciendo de todo un poco.
Una historia silenciosa, de esas que se repiten en muchos rincones, donde el trabajo diario, la dignidad y la paciencia son la base para seguir adelante, incluso cuando el oficio cuesta cada vez más sostenerlo.
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