Emprendimiento familiar en Posadas
Destacan el proceso detrás de las plantas llevando el legado de su madre
En un contexto en el que los viveros se consolidan como espacios clave para la producción, la sustentabilidad y la economía regional, la historia de Viverarte resume el espíritu de quienes hacen del trabajo con plantas, una forma de vida. Detrás de este emprendimiento están Florencia, Lucia y Rocío Orlando, tres hermanas que decidieron seguir con el legado de su madre: María Teresa Zamora, profesora de biología. El vivero, que fue fundado en 1989, se traduce de una pasión familiar. Se trata de un proyecto productivo que hoy genera identidad, empleo y conciencia ambiental.
Lo que comenzó como una pequeña experiencia en casa, impulsada por el amor a la naturaleza y el deseo de aprender, se convirtió con los años en un vivero que creció junto a su comunidad en Posadas, en la avenida Lucas Braulio Areco casi Chacabuco. Entre macetas, plantines y manos que cuidan, Viverarte no solo produce especies ornamentales y nativas, sino que también promueve el valor de lo local, el trabajo artesanal y el respeto por el entorno. Ofrece especies nativas así como también del NEA, cómo vegetación americana y exótica.
Esta historia es una de las tantas que reflejan el rol fundamental de los viveros en la región: espacios donde se cultivan plantas, pero también sueños, saberes y futuro.
Historia
Florencia Orlando, dialogó con El Territorio, y repasó la historia del vivero. Según contó, desde sus comienzos, el vivero tuvo un fuerte perfil educativo y productivo. “Mi mamá, María Teresa Zamora, era profesora de biología y daba Botánica en el Instituto Montoya. Trabajaba con plantas, especialmente árboles nativos, especies americanas y otras adaptadas a la región, además de arbustos ornamentales”.
Indicó que su labor trascendió el espacio del vivero: participó en forestaciones de barrios de Posadas y en obras de paisajismo de gran escala, como el relleno de AESA y el aeropuerto de Puerto Iguazú. En aquel entonces, el emprendimiento se llamaba “El Tacuaral”, en referencia a las tacuaras del predio, y combinaba producción, venta, proyectos paisajísticos y una marcada vocación pedagógica. “Mi mamá no solo vendía plantas: enseñaba cómo reproducirlas. Era una propuesta didáctica, casi una extensión de su tarea como docente”, recordó Orlando.
En el negocio familiar, la producción combina especies ornamentales, nativas y comestibles, con un fuerte trabajo de adaptación al entorno local. Entre las más buscadas se encuentran las variedades de bananos, que funcionan tanto como planta decorativa como frutal. “Tenemos la Cavendish, que la produce la Biofábrica por clonación. Nosotros la trasplantamos y la criamos acá. Es una banana chica, dulce, que se puede tener ornamental y después consumir, siempre que esté en un lugar protegido de las heladas”, explicó Orlando. Estas plantas alcanzan entre dos y tres metros de altura y pueden adaptarse tanto al sol de la mañana como, con resguardo, al de la tarde.
Otra de las especies destacadas es la banana ornamental, de porte más alto y con flores rosadas. Aunque su fruto es pequeño, se utiliza principalmente en diseños paisajísticos, especialmente en jardines de estilo tropical, combinada con achiras y otras especies de follaje amplio.
Especies nativas
Respecto a las especies nativas, Florencia señaló que hoy lo más demandado son los pastos ornamentales y las palmeras. En Misiones solo dos palmeras son autóctonas: el palmito (Euterpe edulis) y el pindó, fundamentales para la fauna local. “Muchas de las palmeras que vemos en bares, piletas o espacios públicos no son de acá. Son de otros continentes, como la Areca, la Phoenix, la Washingtonia, la Imperial o la Real”, aclaró.
En el vivero también se producen árboles de madera dura y semidura, algunos con propiedades medicinales. Entre ellos se encuentra el cedro misionero, un ejemplar de gran porte y alto valor forestal. Parte de estas plantas proviene de la Biofábrica de Misiones, un aliado estratégico que produce especies como eucaliptos, cedros, lapachos y bananos. “Compramos plantines y los reproducimos y cuidamos acá. Y además, muchos de nuestros árboles son plantas madre, de las que obtenemos semillas y gajos para seguir multiplicando”, explicó.
Eje educativo
La dimensión educativa sigue siendo central en el proyecto. A lo largo de los años, Viverarte brindó talleres sobre compost, crasas y huertas, y hoy proyecta nuevos espacios de formación. Una de las ideas en desarrollo y a corto plazo es una “clínica de plantas”, un lugar donde las personas puedan llevar sus ejemplares para aprender a identificarlos, conocer sus cuidados y mejorar su sanidad. “La gente pregunta mucho cómo hacer huertas o cómo cuidar plantas de balcón o interior. Hay un proceso detrás que no siempre se conoce”, señaló.
El vivero funciona con un equipo de seis personas: tres hermanas, dos colaboradoras en atención y producción, y un empleado con amplia experiencia en jardinería. Todas combinan el trabajo en el vivero con sus profesiones, lo que convierte a la organización interna en un desafío constante.
En materia de aromáticas y plantas medicinales, el vivero promueve prácticas responsables. Romero, ruda, cedrón, burrito, menta, albahaca, orégano, tomillo, jengibre, cúrcuma y citronela forman parte de la oferta. Muchas se reproducen por esqueje o división de matas, y otras provienen de productores del interior de la provincia, especialmente de San Javier y Alem. “Es importante saber de dónde vienen, porque muchas aromáticas en otros viveros se fumigan y no son aptas para el consumo inmediato. Siempre controlamos el origen y el tiempo de cadencia”, remarcó Orlando.
Volver a resurgir
Por otro lado en el 2013 el vivero tuvo una nueva etapa, volvió a estabilizarse cuando Florencia, una de las hermanas Orlando, regresó a Misiones luego de vivir una década fuera de la provincia. Junto a su madre, retomaron el vivero que había atravesado distintos momentos de apertura y cierre por razones de salud. “Cuando volví, la estructura estaba, había muchas plantas, y decidimos reflotar el proyecto. Ahí nace Viverarte”, contó.
Nutricionista de profesión, Florencia traía consigo una experiencia de trabajo con comunidades indígenas en Formosa, además de artesanías y una muestra fotográfica.
De esa fusión surgió el concepto que define al vivero hasta hoy: Viverarte en la Tierra Colorada, una propuesta que entiende cada planta como una obra en proceso. “No trabajamos de manera industrial. Cada planta tiene su tiempo, su cuidado, su historia. Hacemos nuestro propio suelo, acompañados por la naturaleza. Es un proceso artesanal”, indicó.
Con el paso de los años, el vivero incorporó nuevas líneas de trabajo: plantas florales de estación, especies demandadas por el público y una fuerte continuidad del eje educativo.
En 2016 y 2017 se sumaron sus hermanas, una productora audiovisual y otra comunicadora, y el proyecto se transformó en un verdadero equipo interdisciplinario. La generación de contenidos, la imagen y la comunicación digital se volvieron herramientas claves para el crecimiento.
Canales de venta
Actualmente, Viverarte abre de lunes a lunes, y con una importante cantidad de seguidores invitan a nuevos usuarios a conocerlos a através de la red social instagram @viverarteenlatierracolorada. Además de la venta en el local, cuenta con tienda online y envíos a distintos puntos del país. A esta actividad se suman dos unidades de servicio: el alquiler de plantas para eventos y el paisajismo con mantenimiento de jardines. “Ambientamos desde casamientos y cumpleaños hasta eventos científicos o cabinas de DJs. Elegimos las plantas según la estética que busca cada cliente, siempre con asesoramiento”, sostuvo.
También añadió que el vivero se expone en un predio de 300 metros cuadrados, donde incluso a veces reciben a turistas que llegan desde otros lugares del país y buscan llevar alguna planta nativa.
El tercer eje es el diseño de jardines, tanto en espacios ya existentes como en terrenos nuevos. Cada proyecto parte de una evaluación del lugar, el entorno y las expectativas del cliente, pero también incluye una propuesta técnica que prioriza la biodiversidad. “Muchas veces vienen con una idea cerrada, como hacer todo un cerco de pinos. Nosotros proponemos combinar especies, sumar flores y distintos estratos. Cuando terminamos un jardín así, empiezan a llegar mariposas. Eso es una señal”, relató.
Sostener el legado de su madre es, para las tres hermanas, una responsabilidad y un orgullo. “Aunque no se vendiera, ella siempre decía que había que seguir plantando, seguir cuidando. Ese es nuestro norte”, afirmó Florencia. La mirada integral sobre la naturaleza sigue guiando cada decisión: entender que las plantas no están solas, que conviven con insectos, aves y microorganismos, y que esa red es esencial.
Orlando destacó que el asesoramiento es tan importante como la venta. “No se trata de colocar una planta por moda, sino de evaluar luz, espacio, suelo y proyección a futuro”.
“Hay especies que crecen más de lo que uno imagina, que rompen estructuras o invaden si no tienen el espacio adecuado. Vender sin explicar eso termina dañando a la planta y a la persona”, advierte. En tiempos donde las tendencias digitales impulsan elecciones rápidas, el vivero propone una pausa: observar, preguntar y aprender. “No es vender por vender. Es acompañar, decir también cuando una planta no va a funcionar en ese lugar. Cuidar es, en definitiva, una forma de cultura”, concluyó.
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