El guaraní y la city VII: todo lo sólido se cruvica en el aire

domingo 14 de diciembre de 2025 | 6:00hs.

Por Estefanía Baranger Lic. en Letras, doctoranda en Lingüística y docente (UBA)

Hace tiempo tengo el placer de vivir junto a una casa enorme y bellísima, con un jardín en cuyo centro se yergue un majestuoso liquidámbar que admiro desde mi terraza. Pero, como suele pasar, un padre murió, un hijo vendió, y hace semanas circula el rumor de su inminente demolición para levantar dos edificios de ocho pisos. Gustavo Pena cantaba que hay unos bichos para los cuales la construcción y la destrucción son iguales, y Marshall Berman escribía que la paradoja de ser modernos es encontrarnos en un mundo que nos ofrece infinitas aventuras, pero bajo la constante amenaza de destruirlo todo. El libro de Berman lleva de título una cita de Marx traducida al inglés; All That Is Solid Melts into Air, literalmente “todo lo sólido se derrite en el aire”. Pero el verbo que eligió originalmente en alemán el autor de El Capital para esa frase es verdampt “se evapora”; y en la traducción al español que nos llegó a nosotros, lo sólido “se desvanece”. Tres verbos, tres gestos para doblegar la materia. Derretirse y evaporarse implican cambios de estado —de sólido a líquido o a gas—, mientras nuestra dramática elección, “desvanecerse”, supone su completa desaparición.

Corría el año 2013 y el diario español El País les pedía a veinte escritores hispanohablantes que eligieran la palabra que mejor representaba a su país. El poeta Juan Gelman se inclinó por la polisémica “boludo” para nosotros, mientras que, en Paraguay, José Pérez Reyes optó por uno de mis guaranismos preferidos: curuvica o cruvica, que, según el escritor, designa “un pequeñísimo fragmento resultante de la trituración de algún material sólido”, pero hay por lo menos un error en esa definición.

Convengamos que, de buenas a primeras, cruvicar no suena para nada guaraní, y eso es porque la base de esta palabra es, en realidad, kuruvi, según Ruiz de Montoya, compuesta por kuru “pedazuelos”, en combinación con un sufijo diminutivo —como nuestro -ito del español. Resulta que al guaraní no le fascinan ciertos grupos consonánticos como kr pero al castellano no le molestan, y, tal vez por eso, cuando lo pronunciamos nosotros, se convierte en kruvikar —o cruvicar, adaptado a nuestra ortografía.

Cruvicar es lo que en semántica denominaríamos un verbo de destrucción material —en criollo, un verbo de “romper”. A los lingüistas nos interesa, por ejemplo, si estos verbos nos dicen algo acerca del objeto afectado. Así, para derretir prototípicamente necesito un objeto sólido —punto para la traducción de Berman—, pero para evaporar, uno líquido. Como señala Pérez Reyes, es cierto que para cruvicar también necesito algo sólido, pero principalmente algo susceptible de ser reducido a pedazos minúsculos que, no obstante, conserven cierta individualidad. No cruvicamos una fruta en una licuadora, pero sí un pedazo de pan en migajas con las manos. Lo que parece importar es el resultado: no diríamos que algo que se parte en dos o que se disuelve se cruvicó, pero sí lo usaríamos para las hojas secas que pisamos en otoño o para un vidrio que explota en mil pedazos. La cruvica, entonces, no parece ser “un pequeñísimo fragmento”, José, sino una multitud de estos, como lo indica el plural en la traducción provista por mi jesuita de confianza, ya referida arriba. De hecho, cruvica se comporta como un sustantivo de masa, donde las partes que integran el todo son tantas o están tan integradas que no pueden ser contadas —pasa también con el arroz y la felicidad— y, por ende, tiene más sentido designarlas como una totalidad que como elementos discretos: la unidad de la desunión.

Pero claro, lo que se puede contar y lo que no, en definitiva, depende de cada lengua. En el halkomelem, hablado por indígenas en la costa de Columbia Británica, Canadá, por ejemplo, hasta la niebla puede contarse, algo impensable para el español o el inglés. No podemos evitar preguntarnos: ¿qué tanto les importa a las lenguas guaraníes contar o enumerar objetos? Pues bastante poco. De hecho, una de las hipótesis más extendidas es que originalmente estas lenguas contaban con un sistema numérico reducido y que los numerales superiores son innovaciones tras el contacto con el sistema decimal europeo. Así, algunas lenguas de la familia solo tienen palabras para el uno, el dos, el tres. Y pará de contar. En mbya y guaraní paraguayo les sigue irundy “cuatro”, que combina irÅ© “compañero” con un sufijo colectivo, literalmente, “grupo de compañeros”. ¿Por qué los compañeros vendrían de a cuatro y no de a cinco o de a tres? ¿Es acaso porque culturalmente tendemos a concebir ciertos objetos en grupos de determinadas unidades? La luna es una en la Tierra, pero son dos en Dune, y en Júpiter vienen en cómodos racimos de noventa y cinco.

Sin embargo, la etimología del cuatro guaraní se aclara si conocemos la palabra para “cinco” en mbya: ñirui, literalmente “el que no tiene compañero”. Según el lingüista Robert Dooley, estas dos palabras tienen origen en su correlato gestual —es decir, en cómo contamos con los dedos de las manos. A diferencia de nosotros, que típicamente concebimos los dedos agrupados por múltiplos de cinco y que comenzamos a contar por el pulgar, los guaraníes, según Dooley, comienzan a contar por el meñique y cuando llegan al “cuatro” ya agruparon los demás dedos largos de la mano —el ya citado “grupo de compañeros” equivale, entonces, al meñique, anular, medio e índice—, mientras que el quinto dedo, el solitario pulgar, queda excluido de la pandilla. Pero las lenguas también pueden contar con todo el cuerpo: en el kobon, de Nueva Guinea, por ejemplo, los números del uno al cinco son los dedos de la mano derecha; el seis, la muñeca; el siete, el antebrazo; y así van subiendo y bajan por el lado izquierdo hasta llegar al meñique de esa mano: el veintitrés. Lastimosamente, el Atlas Mundial de Estructuras Lingüísticas confirma lo que el lector ya sospecha: vivimos en un mundo no solo material sino también decimal, donde los sistemas numéricos de base corporal o que se resisten a incorporar unidades superiores suman solo un puñado de casos.

James Hurford, otro lingüista, escoge la —más que desafortunada— metáfora del edificio para explicar el cambio lingüístico: los términos numéricos más antiguos son tratados distinto a los de elaboración o incorporación más reciente, dice, de la misma forma que la historia de un edificio se hace evidente en el contraste de los distintos estilos de las piezas que lo conforman, desde sus cimientos hacia arriba. Hurford, claro, está pensando en edificios de otra época, más parecidos al Palacio de Aguas que a las trágicas cajas negras de hierro y microcemento que hoy avanzan indiscriminadamente como si todo lo que alguna vez fue sólido pudiera, literalmente, evaporarse. O derretirse. O desvanecerse. O cruvicarse en el aire.

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