El progreso

domingo 23 de junio de 2024 | 3:06hs.

Ese verano en particular, Doña Concepción –la curandera más renombrada del pueblo– no daba abasto con las interminables filas que se formaban en torno a su rancho, el que se ubicaba como un ruinoso mojón a la vera del camino de tierra que separaba al pueblo del Río Paraná. 

Su nombre completo era Inmaculada Concepción Rodríguez, que no solamente coincidía con su onomástico sino también con la fecha en la que había llegado a este mundo un ocho de diciembre.

Desde que tuvo memoria, su vida y sus recuerdos más queridos estuvieron ligados al río.  Sus padres –que eran paraguayos– habían emigrado a Misiones en la década del treinta y siempre le contaron que habían cruzado el Paraná en una pequeña canoa, que los dejó en San Ignacio.  Allí se establecieron y formaron su familia.  Fue en ese mismo río donde Concepción jugó y nadó infinidad de veces siendo niña, y donde de adolescente conoció al que sería su marido en un baile de carnaval cerca del puerto.  En esas mismas aguas lavó innumerables veces los pañales y ropas de su progenie y a sus orillas se sentó a mirar el atardecer y a evocar los días felices, cuando las ausencias de aquellos que amó comenzaron a marcar su vida.

Doña Concepción casi no tenía bienes materiales.  Vivía en el mismo rancho que había heredado de sus padres y, como desde temprana edad debió ayudar con las tareas de la casa, solo pudo cursar hasta el tercer grado de la escuela primaria.  Por eso cuando su esposo falleció, tuvo que ver cómo se las arreglaría para subsistir y sacar adelante a su propio hogar.  Su abuela materna –a quién visitó algunas veces en Paraguay– le había enseñado muchos rituales, rezos y recetas que luego pudo conjugarlos a manera de oficio continuando así con el legado familiar.  De todas las horas que compartió con ella, le quedó grabada una frase que la anciana balbuceaba a manera de letanía cada vez que la ocasión lo ameritaba.

–Mi’ja, lo que mata es el progreso.

Concepción, si bien respetaba a su abuela y jamás hubiera osado contradecirla, tomaba aquella sentencia como cosas de viejos que no se acostumbraban a los cambios que traía consigo el avance de la civilización.  Por eso y sin ánimo de confrontarla, permanecía impávida y la escuchaba en actitud silente. 

Su ascética existencia, sumada al hecho de que no cobraba por las consultas, le confirieron una cierta fama –que había trascendido las fronteras de su pago chico– cuando logró mitigar los espasmos musculares del hijo del intendente.  En aquella oportunidad había elaborado un mejunje hecho en base a bananas y paltas pisadas, las que luego mezclaba pacientemente con leche a través de movimientos envolventes.  Por eso, y aunque no cobraba por las consultas, la gente era generosa con ella y le dejaban a voluntad, no solo dinero, sino también mercaderías, ropas y toda clase de objetos que le permitieron sustentar a su familia.

Su edad era algo difícil de predecir, dado que un turbante le ocultaba el cabello y si bien su piel morena ya no era tersa, tampoco tenía tantas arrugas que hiciesen presumir una existencia longeva.  Siempre se vestía con batones estampados, los que se destiñeron de tanto lavarlos a la vera del río.Tan esmirriadas estaban aquellas prendas, que los diseños florales que originalmente eran de colores brillantes y fueron el ornato de esos géneros, ahora parecían manchas insurrectas sobre un variopinto de telas remendadas. Los únicos indicios que hacían presumir alguna posible estimación sobre la cantidad de años que había vivido, era que Doña Concepción llevaba más de cuatro décadas de viudez y el mayor de sus tres hijos ya la había convertido en bisabuela.  Estos datos, sumados a cierta curvatura de su figura, le asignaban un interregno temporal que la ubicaba probablemente entre los sesenta y setenta años.

Su rancho –hecho con tablones de madera y cubierto con chapas de zinc– no desentonaba con el estilo arquitectónico de su vecindario.  Una cocina, dos dormitorios y una pequeña sala –que también oficiaba de comedor– conformaban todos los ambientes de la vivienda.  Cuando comenzó con este oficio, usó primero la sala como recibidor para luego mudarse al dormitorio que había pertenecido a sus hijos varones, ya que el mismo estaba vacío desde que se habían casado.  Luego, y a medida que la clientela fue creciendo, construyó una pieza independiente, la que se ubicaba a diez metros de la vivienda principal y a cinco metros del excusado.  Ese pequeño habitáculo estaba hecho con los mismos materiales que los de su residencia principal, pero a diferencia de aquella el techo era de chapas de cartón y las sucesivas granizadas habían dejado algunos agujeros, los que se parcharon en el mismo orden en que aparecieron.  Lo que terminó de convencerla de esa sabia decisión, fue el día en que encontró a una pareja –que esperaba ser atendida– acostada sobre su propia cama en una actitud poco decorosa. 

Inicialmente la gente se sentaba en las sillas y bancos de madera que se encontraban cerca de la vivienda, pero cuando ya no quedaban asientos disponibles, buscaban cualquier cosa que sirviese para aquellos menesteres.  Por eso no resultaba extraño ver a muchas personas sentadas en toras de leña de cierto grosor o en algunas piedras grandes, cuyos cantos no afilados o puntiagudos permitieran aquel cometido.   Mientras los adultos conversaban animadamente intercambiando los motivos que los habían llevado hasta ese lugar, los niños se entretenían persiguiendo a las gallinas que deambulaban entre la multitud peleándose por encontrar el remanente de algún grano de maíz –arrojado en las primeras horas de la madrugada– o por las migajas de pan u otros alimentos que caían al suelo durante aquellas charlas.

El monocorde murmullo del gentío, solo se aplacaba cada vez que la dueña de la casa abría la puerta del “consultorio” para despedir a un “paciente” y recibir a otro.  En aquel lugar había una especie de regla no escrita –aunque por todos conocida– y era que se atendía por orden de llegada sin ningún tipo de preferencias.  Esto le generó ciertos conflictos entre la clientela, sobre todo el día que llegó la esposa del juez de paz, queriendo saltearse la fila, haciendo gala de los oropeles de su marido.  Pero el entredicho quedó resuelto cuando entre la multitud se escuchó la voz de una mujer que le espetó que su jardinero no solo le cortaba el césped, sino que también le hacía otro tipo de mantenimientos que excedían los límites de su vergel.  Aquel escrache fue suficiente como para que la impertinente mujer desapareciera del lugar y a su vez sentó el precedente –en una especie de jurisprudencia doméstica– de que “al que madruga Dios lo ayuda”.

Hacía muchos años que Doña Concepción no recordaba tanta romería, incluso y de acuerdo a sus registros mentales, superior a aquel invierno donde la influenza se había llevado a unos cuantos durante el mes de agosto.  En aquella oportunidad hizo tanta caña con ruda, que en el bar del pueblo ya habían pedido el triple de provisión de aquella etílica bebida que le traían especialmente desde Brasil.

Pero esta vez sintió que era distinto.  La gente no cesaba de llegar a su chacra, alejada a unos pocos kilómetros del centro del pueblo, y lo hacían desde la madrugada hasta el anochecer.  Algo raro pasaba, pero todavía no podía descubrir de qué se trataba.  

Ante las primeras consultas y dado que los síntomas eran similares, la anciana pensó que se trataba del famoso “mal de amores” ya que más allá del género de los consultantes, todos se quejaban de la falta de interés de sus parejas.  Inexplicable flacidez, en lo que otrora había sido rígido, expiatorios dolores de cabeza e inoportunas y prolongadas reglas, configuraban algunos de los síntomas del posible cuadro clínico.  Pero más allá de lo sintomático, a Doña Concepción le gustaba hurgar en los secretos, confesiones y chismes que lograba sonsacar a sus pacientes, dado que en una comarca tan pequeña todos se conocían y el padecimiento de algunos solía ser el regocijo de otros.  Para estos casos la prescripción era simple: solicitaba que le llevasen una prenda del ser amado –de ser posible ropa interior– o en su defecto mechones de pelo o algún objeto de uso personal.  Por ello no resultaba extraño encontrarse al ingresar a su reducto con un altar donde convivían: santos, estampitas, velas multicolores y pilas de calzoncillos y bombachas de variados tamaños y géneros.

A medida que fueron pasando las semanas, las consultas iban en aumento agregándose nuevos síntomas que la hicieron reconsiderar en torno a sus primeros diagnósticos.  Para aquellos que presentaban ronchas en la piel, la indicación fue “culebrilla” y el tratamiento consistía en realizar un círculo con una birome de tinta roja para aislar el brote.  Eso sí, todo esto debía ser acompañado indefectiblemente con rezos varios y señales de la cruz hechas con agua bendita sobre la zona afectada.  Para los que tenían vómitos y diarreas persistentes, el veredicto fue “empacho” y para ello usó como paliativo la cinta roja que tenía colgada en la puerta de madera –sujeta a un clavo oxidado– que a su vez oficiaba de péndulo cuando la misma se abría.  La recomendación para estos casos, era que por lo menos el “vencimiento” se hiciera tantas veces como fuese necesario hasta que la extensión de su antebrazo bajara desde la cabeza hasta el abdomen, que para esa altura ya debía estar totalmente distendido.  En el caso específico de las criaturas recomendaba “tirar el cuerito” dado que su experiencia cuasi pediátrica así lo indicaba. En muchos casos la eficacia del tratamiento era tan inmediata que el lugar se llenaba con un concierto de eructos y gases cuyo olor a azufre exigía la abertura de la única ventana que tenía aquel habitáculo.

En los meses siguientes las consultas en lo de Doña Concepción crecieron exponencialmente ante el agravamiento de los casos.  Cuadros febriles y respiratorios se alternaban con intoxicaciones de diversa índole.  Para esa altura y ante lo devastadora de la situación, echó mano al último recurso que tenía en su dispensario y que solo reservaba para casos de extrema gravedad.  Era una damajuana de vidrio de cinco litros –que guardaba celosamente en un aparador de pino pintado de color verde– y que albergaba en su interior un milagroso líquido al que ella denominaba “xarope”.  Este brebaje hecho en base a diferentes hierbas y a otros ingredientes –jamás revelados– solo lo utilizaba para casos excepcionales y la ocasión así lo ameritaba.

Doña Concepción era buena observadora, y si bien esta virtud era una condición necesaria para su oficio, se dio cuenta de que en las últimas consultas ya no solo estaba atendiendo cuestiones espirituales o físicas, sino también problemáticas inéditas por causas desconocidas en el pueblo y sus alrededores.  Así recordó que empezaron a visitarla algunos pescadores que se quejaban porque los peces aparecían muertos en las márgenes del río.  Inclusive algunos afirmaban que al atardecer, el destello flotante de aquellos cadáveres reposaba sobre un lecho aceitoso que trazaba una especie de silueta dantesca que alejaba de sus quehaceres a los más supersticiosos.   Luego vinieron algunos oleros que decían que era tal el grado de pestilencia del barro con el cual trabajaban que casi se les hacía imposible aquella tarea.  Inclusive argumentaban que hasta los caballos que tiraban de la noria donde se amasaba el barro con aserrín relinchaban más de lo acostumbrado, como si la arcilla estuviese maldita.  Hasta los chiveros que solían traerle alguna que otra cosa de contrabando desde la orilla vecina, casi no se animaban a cruzar por el hedor tan nauseabundo que emergía del agua y por el enjambre de moscas que los perseguían, como si fuera una especie de plaga bíblica.

En poco tiempo el paisaje que conoció Doña Concepción en los días de su niñez se fue transformando en aquella parte del río.  Ni siquiera los perros se acercaban a chapotear y beber de sus aguas.  Las aves evitaban surcar aquel páramo y sus vecinos que antes vivían en la parte alta de las barrancas, ahora se habían mudado varios kilómetros aguas arriba a otros pueblos lindantes.

En los meses siguientes, los clientes que antes hacían fila para llegar hasta su rancho ya no venían a visitarla y aquello que alguna vez había sido un multitudinario santuario vernáculo, ahora era mudo testigo de un réquiem de chicharras que se aferraban a los árboles que morían de pie.

Con la caída del último rayo de sol, Doña Concepción encendió el candil que dibujaba sobre la pared la sombra de su mísera existencia y antes de preparar su mate vespertino, arrancó la hoja del almanaque de aquel mes de abril que llegaba a su fin y que tan gentilmente le habían traído desde el pueblo los dueños del flamante frigorífico y curtiembre “El progreso”.

 

Marcelo Horacio Dacher

 

Primera mención cuento del 11° concurso literario anual homenaje a Horacio Quiroga, organizado por el Club de Fanáticos de los cuentos de H. Quiroga, la Municipalidad de San Ignacio y la Biblioteca Popular "Patricias Argentinas". El autor es de Leandro N. Alem, Misiones

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