Mi pequeño ombú

Por Karina Dohmann, Eldorado
domingo 18 de octubre de 2026 | 6:00hs.

Celebrado en la literatura como ícono de la Pampa, nunca imaginé que el ombú era nuestro. Fue en el km 14 de Eldorado que di con ese hallazgo cuando me mostraron un enorme y añoso ejemplar. Era un árbol robusto con dos patas apoyadas en una base redonda y rodeada de tortuosas raíces que servían de asiento para tomar un mate bajo su sombra. A unos 2 m de altura se unían formando una horqueta donde se apoyaban varias plantitas entre las que sobresalía una orquídea de diminutas flores blancas que se llama Ciclophogon congestus. Luego se elevaba unos 20 m y estaba en el borde de un montecito. Este centenario ejemplar cumplió su ciclo; se secó y luego se precipitó al suelo quedando como un gigante muerto; los hongos están haciendo ahora su trabajo.

Triste por este desenlace me dije ya vendrá otro a mi encuentro y así fue. En mis recorridos monte adentro de repente me hallé frente a un soberbio y particular individuo; cubierto de musgos en su tramo inicial, dejaba a la vista cuantiosas heridas circulares y a un metro de altura también se bifurcaba, dando lugar como en un asiento a una linda calaguala. Una de sus columnas estaba trunca y parecía la cabeza de un duende que muy graciosamente me miraba a los ojos. Lo observé con alegría y muy detenidamente calculé sus medidas: unos 3 m de circunferencia a 1 m del suelo antes de su división. Sus ramas se perdían entre otros árboles cercanos, como los rabo molle; en el piso yacían tirados varias brazos. Este fue en adelante Mi gran Ombú. Me encariñé con él y lo visitaba con frecuencia en compañía de mi perra Talía, que también disfrutaba del lugar sentándose sobre la hojarasca fresca del monte. Yo me quedaba en silencio un rato admirando la magnificencia de la naturaleza con la música de los pájaros alrededor.

En adelante comencé a ver ombúes por todos lados. Muy cerca de mi casa un ejemplar albergaba en una de sus curvas (su tronco parecía una letra “S”) un enorme y vistoso nido de KávaTatú, que como indica su nombre guaraní se refiere a a un tipo de nido de avispa muy semejante a un caparazón de dicho animal. Este ombú era esbelto y se codeaba con un loro negro, también llamado Peteribí, de muy recto tronco. También al fondo de un pinar implantado se dejaba ver un viejo tronco ya sin ramas de otro ombú.

Entonces comencé a investigar sobre este árbol. Volví a leer el poema de Luis Domínguez que tan bien retrata el ombú de la Pampa pero que poco y nada se parecía a mi ombú de la selva.

Finalmente di con el ombú más pequeño, uno que jamás imaginé. En mi cabeza los ombúes ya nacían como gigantes. Este nuevo amigo fue desde entonces mi Pequeño Amor como diría la tierna canción de Ramón Ayala. Lo observé como si fuera un niño que empieza a crecer. Con su pie característico y su cuerpito de apenas 1 m ya exhibía todo lo que la vida le depararía. Una pequeña herida a un costado y arriba completamente truncado, dejando a la vista 15 anillos cual torta de hojaldre con dulce de leche. Tantos años ya tenía pensé. Cuanto le faltaba crecer, cómo sobreviviría ya lastimándose desde la infancia me pregunté. 
Pero todas las respuestas ya estaban en su presencia. Dos brotes nuevos salían por los costados de su tronco; tal vez estas ya serían sus patas definitivas y en adelante se haría adulto. Muchos años puede vivir un ombú, crece lentamente ganando altura y grosor. Pese a las numerosas contrariedades que debe enfrentar perdiendo varias veces sus brazos, mi pequeño ombú encontrará su pareja y dará sus frutos. Tal vez un colibrí visite sus flores -que parecen cepillitos cuando caen al suelo- y algún otro pájaro se alimente de sus frutos. 
A mí me dejó muchas enseñanzas, reflexiones y un profundo sentimiento de admiración, de compasión, pero también de confianza en el futuro y de gratitud hacia la Creación. 

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