La tumba de Marisa

Waldemar Oscar von Hof
domingo 20 de septiembre de 2026 | 3:30hs.

Al volver a mí pueblo tengo por costumbre, los domingos por la mañana, cortar algunas flores para llevarlas al cementerio. Tengo allí varios familiares a los que le debo algún perdón, algún agradecimiento o en su defecto una simple rosa sobre la lápida.

Una mañana de enero, casualmente pase por delante de la tumba de Marisa. En su lapida de duro basalto está grabado su nombre: Marisa Rodríguez.
Su fecha de nacimiento apuntado con una estrella: 21 de septiembre de 1960 y también la fecha de su muerte: 14 de noviembre de 1970.
No había ninguna inscripción más, pero recuerdo perfectamente aquella despedida.

Las clases en ese año habían terminado abruptamente, era casi a fines de noviembre. El final del año había sido declarado por la directora con el comunicado a nuestros padres. Notificación que determinaba el final de nuestra cursada y la consecuente aprobación de todas las materias. Cursábamos el cuarto grado en el colegio de las monjas y todos pasamos a disfrutar de nuestras vacaciones, adelantadas por más de quince días y de la certeza que en marzo del año siguiente volveríamos todos para cursar el quinto grado.

Claro todos menos Marisa. La historia comenzó así, y la recuerdo ahora delante de esta negra lapida de basalto casi cuarenta años después.

En octubre Marisa faltó a clase varios días. Fuimos informados que padecía una extraña enfermedad y que seguramente por largo tiempo no nos acompañaría. Las clases continuaron para nosotros normalmente. Marta la joven maestra, quien nos acompañaba, hacia un esfuerzo por dar las clases normalmente, pero se veía que no lo lograba, ya que al comienzo de cada clase nos informaba que había ido a visitar a Marisa y que nos enviaba sus saludos. Esto nos alegraba, pero la maestra quedaba unos minutos en silencio con ojos lagrimosos. Era evidente que sabía algo más que nosotros.

Ya había iniciado el mes de noviembre, tiempo en que mi mente ya vagaba por los potreros, por los tajamares a construir para bañarnos durante el próximo verano, cuando al aula entro la directora, con su impecable atuendo de monja, contando del delicado estado de salud de Marisa. La religiosa inicio la letanía de oraciones desgranando algunos Ave Marías y un Padrenuestro, que cada uno de nosotros repitió con entrañable unción.

La noticia lapidaria, trágica y escalofriante nos llegó unos días después, cuando vimos llegar al padre de Marisa quien se entrevistó con la directora.
Ella misma fue quien se llegó hasta nuestra aula para darnos la triste noticia, con un crucifijo atado a su larga cadena en sus manos.

¡Marisa había fallecido!

La consecuente oración de un largo rosario y las palabras de la religiosa tal vez impidieron que lloráramos. En ese mismo acto se nos informó de la inmediata suspensión de las clases.

Al otro día acompañamos en grupo el funeral, los varones no podíamos llorar, en cambio las niñas acompañaron la despedida con lágrimas y algunos esbozos de llantos.

Después de la despedida de mi abuelo, que había sido el año anterior, no he estado en otro responso de despedida. La pequeña iglesia, de dos hileras de bancos, se llenó de familiares y acompañantes. Los del grado y los cursos restantes participamos en guardapolvos.

La misa transmitía toda la tristeza que la despedida ameritaba, canciones en tonalidad menor, vestimentas oscuras y campanadas lentas y lúgubres. El ataúd de Marisa estaba acomodado frente al altar, como era de paredes muy bajas la figura, sobre todo el perfil de su cara se veía claramente desde los bancos en los que estábamos sentados. Me pareció que la niña en cualquier momento se despertaría y nos sonreiría. Aunque la pálida cara y todo el atuendo negro dejaba en claro que esto era imposible. La muerte con toda la pompa, con todos los signos y los símbolos dejaba en claro que se había instalado en el cuerpo de Marisa y entre nosotros. 

Surgió en mí el deseo de volver a verla transformada en un ángel. Nada me impediría reencontrarme con ella, no entendía porque la vida me la había arrebatado. No llegaba a comprender si habría algo después de esta despedida, pero mí deseo, mí fervor o la ilusión íntima era reencontrarme con esta niña del perfume tan especial, a que volviera a explicarme, de esa manera tan simple y espontánea, la forma de dividir o simplemente a que me vuelva a prestar los marcadores de veinticuatro colores para pintar los dibujos en las tareas que nos daba la maestra. 

Hoy tantos años después recuerdo que no había escuchado una sola palabra del sacerdote, como tampoco de la directora que hizo un pequeño discurso de despedida. No, ninguna palabra, pero si recuerdo que una de las compañeras dijo a media voz.

—¡Mira, parece un ángel!

El lunes volvimos a clases, pero Marta, nuestra maestra no asistió, había pedido una licencia porque no se creía con la capacidad para afrontar la situación. Nosotros pasamos ese día con una de las religiosas que nos dio algunas tareas de lecturas y tan solo esperamos las campanadas de final de clase.
Posiblemente la altura del año o las circunstancias hicieron que no fuera posible encontrar una maestra suplente. Así que por duelo, o por vaya saber bajo que argumento o pretexto, en este año los de cuarto grado tuvimos quince días más de vacaciones.

Hoy ante su tumba vuelve a mi memoria el renegrido y ondulado cabello de Marisa. Recuerdo que, en aquel tiempo, en que fue mí compañera de banco, me ayudó a entender la lógica de la división y me prestaba los marcadores de su colección de veinticuatro colores. Recuerdo también su perfume que era muy particular, creo que era la única de las niñas que usaba un perfume.

En mis manos quedaba aún una rosa roja, que corté esa mañana de domingo del jardín, la dejé sobre la lápida, no por perdón, tampoco por agradecimiento, sino simplemente por esos quince días de vacaciones que pudimos celebrar a pesar de la tristeza de la despedida.

 

Waldemar Oscar von Hof. El autor publicó los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.

 

¿Que opinión tenés sobre esta nota?