El ocelote

domingo 26 de mayo de 2024 | 3:52hs.

Al principio no aparecía el fantasma del gato. Recién después de una semana fue que Mario se dio cuenta de que algo estaba ahí, al costado de la ruta donde había pasado lo que pasó. Y fue de casualidad que lo vio, solo porque miró de reojo una noche, ya tarde, yendo hacia al aeropuerto de Iguazú con una cumbia de fondo en la oscuridad quieta y calurosa.

No había sido a propósito. Uno nunca causa ese daño a propósito. Pasó que estaba llegando muy tarde a buscar a unos pasajeros a Cataratas, y para los choferes el límite de velocidad en esa zona es un chiste. Había sido una de esas tardes eternas en las que el día parece que no va a terminar nunca, y la noche no se va a llevar el calor. Como muchas otras veces, la ruta a través del parque nacional se convertía para él en dos paredes borrosas y verdes, una a cada lado; un empapelado que solamente les gustaba a los turistas. Y sí, estaba yendo rápido, como siempre. Nadie que no haya sido remisero en ese lugar del país puede entender cómo se trabaja de más, y con una constante sensación de llegar tarde a todos lados. En un día como ese, en plena temporada de verano, uno hace diez viajes al parque, mínimo. Los diecisiete kilómetros que separan a la zona hotelera de las Cataratas se convierten en una nada, en una cinta gris que alterna con comentarios de cortesía y, si uno tiene un poco de suerte, con extranjeros de ojos asombrados, calladitos en el asiento de atrás.

Sobre ese día en particular, él ya ni se acordaba de cuántos viajes había hecho; al final, sólo importaban los pesos que se llevaba a su casa de material con patio, en Wanda. La mitad era para su vieja, con sus problemas en las piernas y su eterna rutina de hospital. La otra mitad la hacía rendir su mujer. En una temporada buena como esa, hasta quizás hubiera chances de ahorrar para un bajo nuevo. Mario tocaba el bajo en una banda de cumbia que actuaba de vez en cuando en festivales provinciales con nombres extraordinarios, como “La Fiesta Nacional del Envasado de Garuhapé” o los clásicos encuentros de “Pesque y Pague”.

Iba solo, se acordaba, y la ruta estaba vacía cuando pasó. Mientras aceleraba y el azul digital del reloj del auto le confirmaba lo tarde que estaba llegando, vio una forma como un punto en el medio del camino que conocía tan bien. El punto se hizo más grande, y estaba fijo. Al irse acercando, no frenó porque sabía que se iba a correr, siempre se corren estos bichos. En general, los animales saltan de un lado al otro de la ruta como sombras; los ves y apenas se puede adivinar qué bicho fue el que cruzó, para decepción del pasajero; o bien se quedan mirando un instante desde un costado. Apenas alcanza uno a divisar la cola blanca de un venado, o el cuerpo voluminoso y oscuro de un tapir, siempre desapareciendo. Algunos turistas presuponen que un remisero es un experto en fauna silvestre y lo llenan de preguntas, o piden anécdotas con animales que uno inventa si está de humor. La verdad es que cualquier chofer en Misiones había visto fauna, lo que se dice fauna, sólo de chico al ir a cazar al monte. Y últimamente, más que todo, bichos atropellados al costado de la ruta. Se solía ver la típica secuencia de la policía caminera sacando los cuerpos de los animales bastante rápido, antes de que vinieran los jotes carroñeros y se convirtieran a su vez en víctimas, y antes de que vieran todo los turistas. Si el bicho tenía mucha suerte, terminaba en Güira Oga, el refugio y hospital de vida silvestre local. Ahí se quedaba el resto de su vida por culpa de una lesión, para delicia de los viajeros, que en ese lugar sí podían ver lo que en el parque no por el ruido que ellos mismos hacían y por estar demasiado ocupados sacándoles fotos con el celular a las mariposas –omnipresentes– o evitando un avance mercenario de coatíes. En estos últimos años las cosas se habían puesto medio pesadas con respecto a la velocidad en la ruta que cruza el parque. Los ecologistas culpaban a los choferes de micros y a los remiseros, pero nunca se les pasaba por la cabeza que aun en una zona salvaje, verde y remota, el tiempo es plata.

Mario estaba esperando que el punto se volviera más y más grande y se corriera hacia la selva, pero entre asombrado y enojado se dio cuenta de que seguía ahí, mientras veía venir un micro por la mano contraria. No iba a poder esquivar al animal.

En los últimos segundos llegó a ver que era uno de esos gatos salvajes medio chicos de pelaje moteado, esos que uno nunca recuerda el nombre y el tamaño exactos. Uno de los parientes menores del jaguar, que ahora era Monumento Nacional y ni se te ocurra tener la mala suerte de atropellar uno. La última vez que pasó y al tipo lo engancharon en la ruta 19, la multa había sido tan cara como el valor del auto de Mario.

En esos últimos instantes comprendió que el gato estaba loco, porque no se había movido ni un centímetro para evitar el golpe, que llegó con ese sonido metálico que Mario conocía bien. Como el micro ya se alejaba, decidió que era seguro parar y ver si por casualidad estaba vivo todavía. La verdad es que no tenía tiempo, pero si alguien del micro lo había visto y le había tomado la patente, tendría problemas; mejor parar, y en todo caso que esto suavizara a las autoridades, si hiciera falta.

Cuando bajó del auto, el calor era como una pared impenetrable igual que la selva alrededor del asfalto y de su auto. Con las balizas guiñando en la oscuridad, recordaba la bronca que le dio perder esos minutos preciosos, y la calma fresca y musical del auto.

Pero no había ningún gato salvaje muerto. Ni debajo, ni a los costados, nada. Chequeó y rechequeó sin poder creer que la piel pintada de sangre no estuviera ahí para poderla patear un poco hacia el costado de la ruta, hacia el pasto, cerca de los árboles, y seguir camino cuanto antes. Incrédulo, inspeccionó el lugar por el valiosísimo lapso de cinco minutos, pero no había nada. Subió a su auto con una puteada en guaraní, y se alejó acelerando fuerte. Recogió a sus pasajeros, se disculpó varias veces por la tardanza, y se olvidó del incidente, creía él, para siempre.

Pero una semana después, mientras corría su carrera diaria hacia el aeropuerto por la misma ruta para buscar a unos turistas, muy tarde de noche, se acordó del atropellamiento por cómo brillaba el cartel de velocidad máxima justo en ese mismo lugar. Sonrió con una mueca, y miró a la derecha. Al costado del camino y por un segundo, hubiera jurado que vio un felino chico ahí sentado, y el reflejo de dos ojos turquesas de esa altura y tamaño. No le prestó atención, por supuesto; se prendió un cigarrillo y siguió en medio de ese silencio tranquilo de la noche, escuchando su música. A la vuelta, con sus pasajeros entredormidos en el asiento de atrás, le prestó especial atención al lugar exacto del camino, y de nuevo le pareció ver un pequeño movimiento en el lugar adonde había atropellado (?) al gato montés una semana atrás.

Después, mirar ese lugar unos metros antes y después por el espejo retrovisor se volvió una especie de broma de mal gusto, una obsesión que lo acompañaba en todos sus viajes desde o hacia el parque y la ciudad de Iguazú. Invariablemente, ya fuera en pleno sol del mediodía o en el fresco nocturno, siempre había un movimiento ahí, o un retazo de pelaje moteado. A veces hasta una figura bien clara, con los ojos fijos de lo que ahora podía afirmar era un ocelote.

No le había contado a nadie lo que le había pasado, ni en el trabajo ni en casa; y menos lo iba a contar ahora. Pero empezó a notar que prestaba más atención si algún compañero contaba alguna anécdota sobre algún animal salvaje, y se ponía serio con las noticias de atropellamientos de fauna en las rutas provinciales. Técnicamente, se repetía a sí mismo, él no había atropellado a ningún felino silvestre.

Y cuando los días se convirtieron en semanas, Mario se puso un poco sombrío y callado, y sus compañeros a decir que estaba ‘pichado’, y lo empezaron a embromar con que estaba enamorado o había perdido a la amante. Su esposa se dio cuenta, y a veces lo miraba con la desconfianza de una mujer engañada. Nadie se imaginaba lo que significaba para él hacer varias veces al día ese recorrido, en todo tipo de clima u horario, y saber que iba a ver al fantasma del ocelote esperándolo en ese lugar exacto del camino. Habría variaciones infinitesimales, pero infaliblemente, persistía como un recuerdo amargo que no se va y de noche crece en la mente como los hongos, blancos y múltiples.

Porque también tenía pesadillas. En ellas, siempre estaba manejando demasiado despacio y llegando demasiado tarde, y no podía controlar el volante, o los frenos no le andaban ni aunque los pisara como se pisa una araña para aplastarla. Y en todos los sueños, sin excepción, había un ocelote en medio de la ruta. A veces aumentaba de tamaño y se convertía en un jaguar, feroz en su pelaje de rosetas, sentado, mirándolo en medio de un camino vacío. Y en todos sus sueños, chocaba al animal mientras este le rugía, o ambos rugían o el sonido se mezclaba con el ruido metálico del choque. No podía dejar de sentir que todo esto era de mal agüero, así que decidió, un poco empujado por su mujer, pedirse una licencia e ir a visitar familiares a Paraguay. Sentía que necesitaba alejarse de esa ruta, y del fantasma del gato.

La única persona a la que se lo contó fue a una tía de su mujer, en un atardecer de calor terrible en esos días que pasó en Ciudad del Este. En parte porque no aguantaba más, y en parte porque ella era curandera y sabía de payés. Quizás alguien lo había ojeado, pensó, quizás alguien del trabajo le tenía envidia, pero ¿quién podría tenerle envidia a él? Después de que le contara lo de las apariciones y las pesadillas, ella lo miró pensativa. Le tomó la mano y dijo una oración en un guaraní raro que él no pudo entender. Tenía pena en los ojos, y a él le dieron ganas de llorar. Ella le regaló un rosario color rosa, las típicas plumas de caburé y lo bendijo en un susurro, al despedirse.

Mario tenía miedo de volver a su rutina en la ruta cuando terminaron sus vacaciones. Empezó a notar que transpiraba mucho al acercarse al lugar en cuestión. Decidió entonces no mirar más que hacia adelante y nunca a los costados. Esto funcionó bien por las dos semanas siguientes, hasta que las pesadillas empezaron otra vez. Ahora cuando pasaba por ese lugar durante el día, el ocelote estaba directamente en medio del camino, desafiante. Y cada vez, él no paraba, pero sentía el ruido sordo del golpe en el auto. Nunca paraba porque sabía que no iba a haber ningún cuerpo que ver en su espejo retrovisor, ni ninguna marca en el paragolpes, ni ningún un ocelote muerto en el camino. Y como no estaba en posición de renunciar a su trabajo y necesitaba dejar todo esto atrás, tomó la costumbre de directamente cerrar los ojos cuando pasaba por ahí. Era un poco audaz, pero evaluó que no había riesgo ni para él ni para sus pasajeros, ya que conocía ese camino de memoria y no había curvas en ese trayecto.

Esto siguió así como por un mes; las pesadillas y la transpiración al acercarse al lugar, el cerrar los ojos, el alivio de saber que el impacto del golpe no era real, el ocelote no era real: su imaginación, nada más.

Excepto esa vez en la que el micro tuvo que cambiar de mano porque se le cruzó un ocelote, y chocó de frente contra el auto de Mario, matándolo instantáneamente, pero sin otras víctimas que lamentar.

 

Andrea Ferrari Kristeller

La autora es naturalista, docente y traductora. Su novela "La tierra sin ustedes", publicada por Edunam, representó a Misiones en la Feria del Libro de 2024.

IG: aferrari65

¿Que opinión tenés sobre esta nota?