Viento norte

domingo 26 de mayo de 2024 | 3:50hs.

“Todo sucedió en un segundo. Un destello parpadeante, un contorno borroso, un arbusto oscuro había crecido desde el fondo de la tierra con un suspiro, una succión, y luego el golpe de un cuerpo al caer y una puerta al cerrarse”.

                                                                                    Ray Bradbury[1]

 

El viento del norte, caliente, veloz e insistente sopla, en esas tardes de las sierras cordobesas, donde el invierno se despide y la primavera se instala ya con sus incipientes calores. Los primeros insectos comienzan su deambular por la vegetación, que a pesar de la temporada seca del invierno, comienza a florecer. Las flores atraen mosquitas, polillas y mariposas. En los troncos las hormigas suben y bajan, alrededor de las raíces que emergen de entre las piedras, arañitas comienzan a tirar tierra hacia afuera de sus cuevas, que son tapizadas con tela sedosa y pegajosa para atrapar a los primeros desprevenidos insectos. El tamaño de estos artrópodos y sus formas tienen una variación impresionante en esta región serrana, algunas arañas extienden sus redes hacia altas ramas que se transforman en verdaderas trampas mortales para los insectos voladores. Otras hacen cuevas con engarzadas tapas que se abren y se cierran subrepticiamente, al pasar alguna de las víctimas, que luego son consumidas en la tranquilidad, la oscuridad y el silencio de sus cuevas. Toda la vida primaveral se pronuncia exponencialmente poniéndose en evidencia la necesidad de la existencia en todas sus expresiones. El deseo de vivir implica gastos de energía, que se refleja en el hambre y la necesidad de devorarse mutuamente, o por lo menos, hacerse eco en la cadena trófica. La pulsión de la reproducción, el hacer nidos y buscar la comida para la prole, genera luchas, asesinatos y cacerías que a veces no tienen parámetros ni medidas.

Es en esta época donde el turismo comienza a generar movimiento en la región serrana del valle de Calamuchita. Se abren los bares, los restaurantes y la gente llega, para los fines de semanas, a realizar caminatas, paseos y largos peregrinajes por valles y cerros, para vivir de lleno esta temporada disfrutando de los primeros tibios días primaverales.

Una tarde me había demorado más de la cuenta en la vieja pulpería en Los Reartes, con sus paredes de ladrillos iluminando la vereda. Como casi siempre un grupo de peones de campo, patrones y algunos turistas se demoraban en el lugar consumiendo picadas, cervezas o alguna ginebra. Entre los comensales la charla fue pasando de tema en tema, la política, los avatares económicos y las actividades propias de la región. Don Ramírez punteó un rato la guitarra, el vino quedó sobre la mesa, y la conversación derivó a cuestiones más místicas, filosóficas y de creencias religiosas. Después de hablar un rato de visiones en los cerros, luz mala y los fantasmas, al mencionar el viento norte y la efervescencia que genera, surgieron temas como las víboras, las avispas y las arañas. Don Ramírez levantó la voz, al momento en que todos hicieron silencio afirmando que en la región, por la conformación del suelo serrano, con muchos recovecos, había muchos tipos de arañas, y sobre todo, más grandes que en otras regiones. Todos rieron un rato, pero él se puso serio y comenzó a contar que en épocas de su abuela, con los primeros calores de la primavera, solían aparecer algunas de tamaños enormes. Refirió que antiguamente se creía que en el campo había cuevas con arañas que hasta podían atrapar a un ternero, envolverlo y deglutirlo como un bocado.  El guitarrero Ramírez volvió a insistir que además de terneros habían desaparecido varios niños en la falda del cerro de la Virgen. Todo quedó como que esto era parte de creencias y leyendas que circulan en bares o en reuniones de comadronas.

Mi inquietud periodística, o tal vez el deseo de encontrar temas para escribir, me llevó a investigar un poco más sobre esta cuestión. Me tomé el tiempo de subir por el sendero al cerro de la Virgen y me llamó la atención, detrás del lugar en que está el único banco de la senda, un derrumbe de vieja data. Entre las piedras y las agrestes matas, que ganaban terreno, había restos óseos no identificables. La versión, que había escuchado, en el bar, se fue confirmando, tal como detallo a continuación, a partir de testimonios recolectados.

Las desapariciones se habían sucedido años anteriores ocurriendo todas en el sendero que lleva a la cima del cerro. Los testimonios hablan de que los niños se esfumaron en la parte del mirador donde está ubicado el único banco que está en toda la senda. Desde este lugar se puede admirar todo el valle, hacia el norte, hacia el oeste y hacia el sur, dando la posibilidad de ver las faldas de los cerros que continúan hacia el este.

El primero fue en el año 1968, en plena primavera, cuando el grupo de una escuela de Santa Rosa de Calamuchita subió al cerro como un paseo de fin de curso. Al llegar a la cima una de las maestra percibió la ausencia de una de las niñas al repartir la merienda que habían preparado los padres. La buscaron, llamaron y consideraron que la encontrarían al descender, porque una de las compañeras afirmaba que la había visto quedarse sentada en el banco, al subir el cerro. A pesar de los llamados y de los gritos, al bajar del cerro, no la encontraron. Dos días estuvieron profesores, padres y brigadas policiales recorriendo los cerros, los valles y las faldas, después de la denuncia de desaparición.

La segunda no adquirió un nivel tan mediático, pero sucedió cuando, en el año 1973 una familia ascendía al cerro y dos niños se adelantaron porque estaban realizando una competencia de quien encontraba las más hermosas flores. Los padres seguían muy tranquilos mientras que los chicos, que iban y venían a los trotes, no se percataron de la falta de uno de ellos, antes de llegar a la cima. Bajaron y subieron dos veces todo el sendero, pero al anochecer  descendieron a la villa y realizaron la denuncia. Después de dos días de búsqueda y no encontrarse nada, la brigada cierra el caso por la llegada de la fecha del “Oktoberfest”, la gran fiesta de la cerveza de la villa y todos estaban abocados a su desarrollo y promoción. Tampoco los medios se ocuparon del caso, por estar muy atentos a los desarrollos festivos de la Villa.

Los otros tres casos fueron bastantes cercanos, todos sucedieron en el tiempo primaveral, ya en los 80, también cuando las primeras temperaturas comenzaban a ascender. Las autoridades regionales dieron intervención a autoridades federales, cosa que siempre cuesta mucho, porque al dejar intervenir a otras autoridades se pierde el poder y se da lugar a transparentar inseguridades. Al ser cinco los casos, con ciertos patrones que se fueron repitiendo, las autoridades comenzaron a enunciar ciertas hipótesis y a partir de ello también ciertas tácticas y planes de búsqueda de resolución. Todas las desapariciones sucedieron en la temporada primaveral en que las familias aprovechan para realizar las salidas y todas ocurrieron alrededor de la zona del banco en el sendero.

Se comenzó a buscar al asesino, o en su defecto asesina, considerando la posibilidad de algún grupo de tratas o de comercialización de órganos y se puso el foco en esta búsqueda. En todas las entrevistas realizadas por los investigadores, o las autoridades del caso, las preguntas se centraban en que si se había visto personas cerca, ya sea subiendo o bajando el trillo y se solicitaba la descripción. También se solicitó a los hoteles y a las autoridades turísticas las listas del movimiento de personas para ver parámetros o patrones de repetición en estos días. Se intentó generar algún tipo de identikit para llegar a posibles personas para ser buscadas. Todo quedó en agua de borrascas y sobre todo tapado por las mismas autoridades que intentaban que los casos de inseguridad, asaltos y robos quedaran ocultos, para evitar que fueran a intimidar al turismo, que en esta época comienza a movilizarse, generando las primeras entradas después del duro invierno.

Seguramente estas historias hubieran quedado durmiendo en las carpetas o biblioratos de los casos no resueltos, aunque queda claro que oficialmente es así. No hubo una definición oficial y el asunto se fue diluyendo en la maraña burocrática, en cada una de las instancias de investigación tanto municipal, provincial como federal. 

En el mismo bar de Los Reartes fui testigo de otra historia, que me dio la posibilidad de saber que no todo quedó en la nada. Fue don Gómez, un policía retirado, en realidad dado de baja por su adicción al alcohol. Aunque él negaba ser alcohólico, afirmando que ‘era cierto que le gustaba tomar un vinito, pero nunca andaba borracho’. Alegaba que ‘era cierto que después de unos vasitos se le soltaba la lengua y esto no era bien visto por las fuerzas de las que era parte, por lo tanto le dieron una importante suma, para que se retirara’. Con la plata que le dieron se compró un campito en el que vive con su familia. En una tarde de calor y entre la ronda de amigos, que estábamos en la pulpería, comenzó a contar.

-Yo sé lo que pasó con los niños y varios terneros -afirmó-. -Con el comisario Luján, que estuvo acá del 67 al 90 fuimos parte de ello, anotamos todo, pero nadie nos quiso creer. Nosotros mismos entre los dos matamos al asesino en una noche de viento norte. Las anotaciones del comisario Luján después desaparecieron y lo trasladaron. A mí me dejaron como a un mentiroso. Sucedió que una madrugada golpeó la puerta de la comisaría Giménez, el dueño de los campos que están en la falda de los cerros, totalmente borracho. Vino cabalgando desde su rancho, pero para superar el miedo y poder hablar, paró a comprar un vino en el almacén de los Garay y se lo tomo todo. Yo mismo lo escuché esta noche, pero le pedí que se quedara en el calabozo a dormir su borrachera, para dejarlo ir a la otra mañana. Al llegar el comisario, don Giménez insistía en su versión, afirmaba que detrás del cerro de la Virgen una araña de tamaño descomunal le había  atrapado un ternero envolviéndolo en una red de telarañas  para arrastrarlo luego hacia su cueva. Afirmaba poder decir exactamente donde estaba la cueva. También nos juró que estaba seguro que este era el monstruo que se había engullido a los niños desaparecidos. Entre Gabriel Giménez, yo, Jorge Gómez y el comisario Rolando Luján hicimos un pacto, íbamos a investigar y en lo posible a asesinar a la bestia. Elucubramos varios planes. Nadie de nosotros podía hablar ni decir nada al respecto, todo quedaría entre los tres -¡Ni a las mujeres!, -nos hizo jurar el comisario.

Una noche de viento norte, excepcionalmente fuerte y caliente, subimos al cerro los tres, dejamos a Raimundo Charadía de guardia en la comisaria. Giménez llevó un ternerito, el comisario su Luger y yo el arma reglamentaria. Cabalgamos hasta el lugar, con linternas, un lazo y el ternerito a cuesta. Acomodamos la presa en inmediaciones, donde Giménez había visto desaparecer a su ternero. Nos apostamos a esperar, efectivamente, después de que el cuarto de luna estaba en lo alto del cielo, de un salto, casi en un suspiro, la araña apareció y desapareció con su víctima en breves instantes. Ni el comisario ni yo, logramos disparar el arma, no llegamos a realizar movimiento alguno como para atacar a la oscura sombra que había aparecido de vaya a saber dónde.

El fracaso del caso nos hizo hacer muchas elucubraciones, el comisario me hacía anotar cada una de las hipótesis que se nos ocurría. También tuve que anotar las nuevas estrategias para salir al encuentro de la bestia. Después de unos días nos encontramos como en un callejón sin salida. Tras un tiempo de ausencia del comisario, se había ido a Rio Tercero a visitar a unos parientes que trabajaban en fábricas militares, nos dijo que tenía la solución.

Preparamos nuevamente un ternero, que fue una donación para el asado de fin de año y nos apostamos a esperar. Cuando la bestia de largas y negras patas apareció y volvió a llevarse la carnada esperamos unos segundos, en eso el comisario tomó la caja que traía, y apretó un botón. La sacudida del suelo fue tremenda, varios cartuchos de dinamita, que estaban pegadas al ternero, hicieron temblar al cerro, a pocos metros de nosotros, se produjo un derrumbe y después el silencio, todo se había acabado.

El devorador de terneros, posible asesino de los niños, que no era ni hombre, ni mujer, como lo buscaban las autoridades, había quedado sepultado bajo varios metros de escombros, seguramente junto a los huesos de varios terneros y posiblemente de los chiquillos desaparecidos.

Son muy pocos los que saben de esta historia, pero cada vez que sopla el viento primaveral y caliente del norte, en la pulpería, en Los Reartes, algunos pueblerinos se miran con una sonrisa socarrona y brindan repitiendo muy por lo bajo: -Por la salud del oficial Jorge Gómez y el comisario Rolando Luján. Mientras tanto las avispas van tejiendo sus panales, las mariposas revolotean por entre las flores y arañas, de distintos tamaños, escarban entre las piedras para construir sus nidos.

 

1) Ray Bradbury, Finnegan en: Más rápido que la vista. Emecé Editores 1997 pág 90.

 

Waldemar Von Hof

Inédito. Von Hof publicó los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.



 

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