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El tercer ojo

domingo 15 de octubre de 2023 | 3:54hs.
El tercer ojo

Odio los lugares atiborrados de gente. Detesto los festivales al aire libre donde uno corre el riesgo de perderse y hay que estar pecho con espalda con gente que uno no conoce y que, generalmente, huele mal (a transpiración, a perfume barato, a mugre más de una vez).

Sin embargo, ¿te acordás? fue en Caiobá, de noche y en la extensa arena de la costanera, los pies descalzos, bailando al ritmo nordestino del grupo que, como marionetas, se contorsionaban en el escenario montado esa misma mañana. Y la luna sobre el mar, rielando una estela y las manos unidas y no importaba el gentío ni el bochinche ni...

Me enervan los shopping en día domingo, con el desfile incesante de las familias tristes que, no obstante, se ríen, miran, preguntan, no compran, comen, se enojan con los críos, terminan accediendo a estúpidos jueguitos electrónicos y regresan cansados y felices de haber sorteado un fin de semanas más.

No tengo espíritu gregario, por eso jamás acepto invitaciones para celebrar públicos aniversarios en lugares públicos, con asados públicos generalmente duros y escasos y donde hay que hablar de temas que no me interesan con gente que dice conocernos y que no recordamos ni cómo, ni dónde, ni cuándo.

Por eso, cuando viajo, huyo de las hordas turísticas que invaden la santa paz de los museos, mirando sin ver, oyendo sin oír a los latosos guías rutinarios. Y me alejo de los malones japoneses todos ordenaditos, apretaditos, silenciosos apenas ji-ji, reverenciosos, que toman fotos clic-clic y rapidito vuelven a sus micros o buses, sonríen, saludan y se van todo en medio minuto y medio.

Cli-clic. Para eso están las fotos. Para decir yo estuve allí.  Pruebas irrefutables que nadie mira - o sí, apenas, sin interés porque no dicen nada a quien no ha estado en esos lugares-. Y que luego se pegotean, amarillean y terminan arrojadas a la basura por algún descendiente que ni se pregunta quienes eran esos ni qué lugar.

Pero mis fotos, ¡ah! mis fotos... ¿habré errado de profesión?  ¿No debió haber sido ésta, la de apresar el momento inasible, desde el ángulo diferente, tratando de contar una historia sin palabras, para un lector único, no común, con quien establezco una comunicación más allá de lo espacio-temporal?

Mis fotos... Y por eso estoy en esta ciudad desconocida y atiborrada, sin saber a dónde dirigirme para comprar una cámara que reemplace a la que me robaron ¿O la dejé en algún sitio que no recuerdo? ¿Cuándo la tuve en mis manos por última vez? Salí del hotel porque aún era temprano y la feria de Trujillo me atrajo como un imán. Artesanías, adquirir artesanías que luego no sabemos dónde ponerlas y que solo juntan polvo... habrá sido allí. La tenía en la cartera. Dicen que los rateros suelen ser rápidos. ¿Cuánto pedirán por mi cámara último modelo comprada en la Expofoto de Buenos Aires? Seguramente unos pocos dólares que para ellos son mucho. Mi cámara; lamento su extravío... Porque es verdad. Me acompaña, le cuento cosas, me sirve para contarte, después, lo que he visto, lo que he vivido. No es solo un instrumento de trabajo, es mi tercer ojo, es mi modo de penetrar ese otro mundo que la mayoría no descubre, no sabe ver, ni siquiera vislumbra. Como aquel otoño en Canadá, inenarrable...

Pero, ¿por qué‚ tengo la impresión de que esto iba a suceder ? Bah! ¿Quién no pierde una cámara fotográfica en su deambular de viajero? Y sin embargo... esta ciudad cosmopolita, donde algún despistado turista me pregunta por tal o cual referencia a mí que apenas hace unas horas que estoy aquí, por la avería del crucero, a quién se le ocurre - a Lidia, mi compañera-, y no supe decir que no, los cruceros me producen una infinita angustia de falsa riqueza, de hay que reír y sentirse realizado porque somos los afortunados que pueden pagarse ocho comidas diarias, tomar sol en cubierta, nadar en piscinas del cuarto piso, jugar al bingo en inglés, beber interminables margaritas, o mojitos,  o el trago largo del día, bailar en alguna de las tres pistas o aturdirse con las máquinas tragamonedas que las veinticuatro-horas-del-día tintinean al estilo Las Vegas. Y bueno, en fin, olvidarse por una semanita de los pobres de Sor Teresa, de los setenta niños muertos por falta de medicamentos gracias al embargo de la Gran Nación del Norte Todopoderosa y Dueña de los Destinos de los Paisitos del Submundo. Y de los gurises que en Mitre y Rademacher, con un hermanito meado en brazos piden para la leche mientras sus madres panzonas toman mate y comen chipa en las plazoletas y qué otra cosa pueden hacer.

Pero y mi cámara. Y quién era y qué me dijo en aquel bar el personaje caricaturesco con aires de venerable anciano quizás lo era, cuando abrió la bolsa y apareció la Canon que en realidad quedó en el asiento del taxi, allá en Chan-Chan, la ciudad de barro, en el Perú.

Hojeo uno a uno estos viejos y pesados álbumes que son toda mi verdadera fortuna, aunque ellos no lo sepan. Ellos... más interesados en mis cuentas bancarias, en los títulos de propiedades, en quién va a heredar el auto que ya no volveré a conducir, en un poder para cobrar mis derechos de autor.

Quiero pedirles que no los quemen, que ya sé que ocupan demasiado lugar, que están a buen resguardo en un disquette que yo misma tuve la precaución de grabar, cada serie de fotos con su correspondiente premio, mención o publicación.

Pero es inútil. El sol filtra sus últimos rayos a través de la ventana de mi dormitorio.

Y el cuarto se ha llenado con la presencia de los amigos. Los voy nombrando uno por uno, perpetuados para siempre en cada retrato y ya no importa que se hayan ido hace tiempo.

Sé que me vienen a buscar.

 

Rosita Escalada Salvo

El relato es parte del libro Pombero en el maizal y otros cuentos. Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

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