Llegada a Posadas

domingo 08 de octubre de 2023 | 3:50hs.
Llegada a Posadas
Llegada a Posadas

A las 9 de la mañana del día 2 de febrero bajábamos en el Gran Hotel San Martín, de los señores Guerdile y Curzio, después de despedirnos de los que habían bajado antes y de los que lo harían después.

Como situación actual, pocos pueblos argentinos tienen una peor que Posadas.

Creado como villorio por los yerbateros que hacían de él su estación de operaciones, su estación regular para los meses de suspensión de las faenas, aumentó poco a poco de población, hasta constituir un grupo de habitaciones humanas comparable a uno de esos pueblitos de campo de la provincia de Buenos Aires que han dado de sí todo lo que podían dar; nada más. Pero, todos los habitantes con quienes he tenido oportunidad de conversar, me han afirmado que la despoblación comienza, gracias a la nueva reglamentación establecida para explotar los yerbales y al monopolio que beneficia á un particular.

Además, hay que tomar en cuenta que en Posadas tiene su cuartel una parte del 3 de Línea, lo que hace refluir al punto una población ficticia, si puedo emplear la palabra, que desaparecerá una vez que la citada guarnición pase a otro punto. Como en todos los casos de encadenamiento, se verifica uno bien marcado con otra población más ficticia aún: me refiero a los paraguayos, y especialmente paraguayas de la vecina costa, habitantes de Villa Encarnación.

Que allí no existen elementos para una población fija, que se consolide como tal por los atractivos del suelo, ello es evidente.

En primer lugar, la tierra no sirve para el cultivo, exceptuando uno que otro retazo de las barrancas, donde prosperan los vegetales, en muy escaso número, que la población consume. Las yerbas de los campos son de las denominadas pastos fuertes por los hacendados, lo que ya excluye la cría del ganado lanar y sólo admite el vacuno, lo que, a su vez, señala los elementos de acumulación de pobladores rudos y esparcidos. La dureza del clima, por las altas temperaturas, y la composición del suelo, no facilitan la multiplicación de los pastos tiernos que el ganado lanar exige, y, por otra parte, no admiten el cultivo del trigo, si no es de una variedad particular que aún no se ha propagado allí. Una población desparramada de ganaderos, y en particular de cuidadores del vacuno, no aumentará nunca, de un modo notable, la de Posadas, ni por su número, ni por los mercaderes atraídos por sus muy exiguas necesidades.

Otro punto. El cultivo de la caña de azúcar ofrece a Posadas un aumento considerable de población, una vez que todos los terrenos apropiados se cubran con el citado vegetal. Pero hay más de un inconveniente para esto. Por el momento sólo hay dos clases de terrenos apropiados, siéndolo especialmente la costa del Paraná, y en segundo término, la falda tropical de los cerros. Pero no todos los cerros son adaptables a ello, y en cuanto a la costa del Paraná, eso ya es cuestión más seria. Desde el comienzo ribereño de Misiones, en la boca del Itaimbé, hasta su fin, en la boca del Iguazú, toda la costa pertenece a cuatro o seis propietarios, algunos de los cuales son dueños hasta de 250 leguas (aunque no todo sea costa), y otros, según se afirma con generalidad, hasta de 365 leguas. Hay pequeñas porciones excluidas, por cuanto hasta ellas no alcanza el dominio de los ricos propietarios, pero esto nada significa, porque pasando al dominio particular de los colonos, habitantes fijos del solar señalado, ellos no aumentarán seguramente la población de Posadas.

Los ricos propietarios pueden hacer y harán sus plantaciones en la costa, pero los cultivos, hechos por peones, exigen demasiado la atención incesante de los mismos para que ellos puedan considerarse como pobladores seguros y ulteriores de la Capital del Territorio, ya que la exigüidad de los sueldos sólo les permite vivir, y nada más. Una vez que todos los grandes propietarios dediquen sus terrenos ribereños al cultivo de la caña, Misiones tendrá una orla de población considerable; eso sí; pero población esclava del trabajo sin tregua, y encerrada dentro de los límites del campo que cultive.

Se me argüirá que todo este emporio de actividad puede ser recorrido por los mil agentes del trabajo libre y del comercio ambulante. ¡Error! Cada propietario, como sucede en casi toda la República, establece en su propio campo las casas de negocio que han menester los consumidores.

En ellas se les expende el tabaco, el azúcar, la yerba, el maíz, la galleta, la caña o el vino, las telas y mil otros objetos de utilidad indispensable o discutible. Y como en el mayor número de casos el propietario no abona los sueldos en dinero sino en vales, y como en más de uno los contratos de conchavo estipulan la mitad del pago en dinero y la otra en mercaderías, resulta de aquí que el peón, contratado al mes por 8 patacones, recibe 4, y los otros 4, no alcanzan para cubrir sus necesidades, lo que le obliga á usar y abusar de los 4 en dinero, que siempre son cortos para sus gastos.

En tales condiciones ¿puede la orla, el emporio misionero, ofrecer vasto campo al comercio libre?

Todo esto se observa en viaje, y después de observarlo, se piensa con cariño en aquellas sociedades inglesas de beneficencia, tan admirablemente pintadas por Dickens, y cuyos piadosos miembros se afligían al pensar que los pobres niños de las islas Sandwich carecían de pañuelos de algodón. Mañana nos asustaremos al encontrarnos frente a frente de la cuestión social, de las huelgas, del hambre, y entonces, para consolarnos, leeremos cuanto hemos publicado y razonado sobre los mismos fenómenos en Bélgica, en Inglaterra y en la China, como si con lecturas y razonamientos se pudiera cortar de raíz todo mal que no reside precisamente en la tierra, como los rábanos, si no en algo que, siendo terrenal, no es del todo para suelo cultivable.

Las exigencias de la vida en Misiones no son muy grandes tampoco, y mientras no existan sociedades de beneficencia que se aflijan al considerar que casi toda la población anda descalza y que conviene suprimirle esta comodidad, es seguro que los niños de Sandwich podrán pasarse sin los pañuelos de algodón de las fábricas inglesas. La vida primitiva de la mayor parte de los pobladores exige poco al refinamiento europeo.

La carne de vaca es delicada, sabrosa, suculenta, y constituye, por decirlo así, la base de alimentación de lo que podríamos llamar la gente pudiente. A la inversa de lo que pasa en las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos, por ejemplo, donde la carne es el alimento del pobre, en Misiones este alimento se halla sustituido por el maíz y la mandioca.

Sin embargo, puede admitirse que una parte de la población de Posadas debe gozar de cierto desahogo, pues, de lo contrario, las casas no serían de ladrillo, como lo son en su mayor parte. Es cierto que no pueden citarse como prodigios de arquitectura; que en toda la población sería difícil hallar una docena de chapiteles corintios; pero, en cambio, la que no tiene su frente simple como una tabla cepillada, ostenta alguno que otro relieve en que se sospecha una vaga alusión a un estilo toscano embrionario.

El material empleado no tiene nada de particular. Es ladrillo común fabricado allí mismo, el cual se une con una argamasa en que la cal tome parte, sino con una mezcla de tierra y arena. El color del ladrillo difiere poco del del suelo, como que todo éste parece polvo de aquel. En ninguno de los trozos que he examinado al pasar por una pila de ellos he encontrado otra cosa que una fabricación muy mala, poco consistente, en la que se entremezclan granos muy abundantes, al parecer de Limonita, y que la cocción, llevada hasta producir vivas fusiones, no ha bastado para dar a la pasta una consistencia mediana.

La arena, me han dicho, se trae de la costa paraguaya. Esto me ha causado sorpresa, porque el rio tiene, frente a Posadas, cerca de media legua de ancho, el punto de extracción está más arriba, y todo esto, unido al transporte por tierra, aumenta su valor de un modo considerable. Sin embargo, al pie de Posadas, unas pocas cuadras más abajo del Puerto, existe arena excelente, quizá tan buena como la del Paraguay. Si en algún caso el pedregullo es un poco incómodo, todo se reduce a separarlo por el cernidor, operación que he visto practicar con la misma arena de la costa paraguaya. He hecho notar allí a más de uno la existencia de esa arena en nuestra costa y tan cerca, pero no he recibido contestación a mi pregunta, a no ser uno que otro «no sé » emitido por alguno que la consumía. Las construcciones con cal son muy escasas, como que tal sustancia es en extremo cara, pues debe llevarse desde Entre Ríos. Se me hizo notar este alto precio y aún hubo quien me amenazara con la gratitud indeleble de toda la población si llegaba a encontrar cal. He encontrado la cal.... pero es preciso averiguar cómo se utiliza.

Sea como fuere, una parte considerable de las casas se halla sin revoque ni blanqueo, lo que comunica a la población cierto aire un poco sombrío que presentan las calles encerradas por edificios de ladrillo desnudo.

En Posadas, como en todas partes, el mercado, despensa de los pueblos, señala los gustos, los apetitos, las necesidades, los refinamientos.

Visité el mercado, o, más bien, pasé por él más de una vez, como que quedaba en el camino de mis excursiones diarias, así que estas comenzaron, y he dicho mercado porque en él se merca. Los puestos son cuatro estacones y un techo de paja, chozas colocadas frente a un costado del Palacio de Gobierno y haciendo esquina con la Plaza principal. Hállanse colocados en fila y ocupan una cuadra. En ellos se vende carne, maíz, mandioca, zapallo, a veces queso, y algo con el aspecto de chicharrones o tiras de gordura atadas y fritas, por lo cual deben ser muy golosos algunos de los pobladores, mas no sé lo que ello sea, porque no lo he averiguado, y mi estómago es demasiado rebelde a tales curiosidades. En varias ocasiones he visto rosquitas de maíz o de mandioca, tengo idea de haber observado también, pero no siempre, masacotes y ticholos; pero constantemente he visto allí sandías, fruto muy apetecido en aquellos climas y -debo decirlo- muy feas sandías, al menos las que he probado. Los puesteros son gente tan vocinglera y alborotadora como los mismos mercaderes análogos de Corrientes, y la clasifico así, porque como hablan todos a un tiempo, y todos en guaraní, sus coloquios se enriquecen para el forastero que no sabe su idioma con todas las resonancias de un tumulto y las tonalidades d'une ménagérie.

El lector puede formarse una idea, por el mercado, de la mesa de Posadas.

El menú del Gran Hotel San Martin se resentía un poco de monotonía; pero lo mismo dicen todos los viajeros que recorren la Europa y esto debe consolarnos a nosotros los imitadores de cuanto hay en ella de malo. Pero la carne era tan delicada, que permitía variar con ella todas las listas, de modo que, si en la de la mañana figuraban “Bisteques con huevos”, a la tarde podíamos estar seguros de encontrar la inversión, formulada como “Huevos con bisteques”.

A los pocos días de estar allí, nos fijamos en la ausencia de las papas y lo dijimos. El mozo se echó a reír, pero más tarde recibimos el anuncio de que pronto las habría. Las papas no se cultivan en Posadas, y las muy pocas que allí se consumen se llevan de Buenos Aires o del Rosario. La mandioca, cocida en el puchero, ocupa su lugar. Las verduras que acompañan a la carne, en aquel, son: choclos (muy duros casi siempre, en la tierra del maíz), mandioca y zapallo. La cebolla es muy escasa, y el tomate (planta de los trópicos) es casi tan raro como el Fénix.

Me han dicho que hay una fonda, cuyo dueño, el señor Bertucci, siembra toda clase de verduras; pero, como éstas no pasan al mercado, tampoco pasan a los estómagos que no se surten allí.

De todos modos, los pequeños agricultores de los suburbios llevan, con frecuencia, al Hotel, aves y huevos, lo que excluye cualquiera queja respecto del abuso de la carne de vaca y de la mandioca.

Por otra parte, a aquellas alturas, causa placer el instalarse, por 2 nacionales diarios, en aposentos grandes, bien ventilados, donde, si bien es cierto que un huésped exigente puede notar bien pronto la falta de una mano de mujer que marque al sirviente un pliegue defectuoso, o embellezca la mansión aunque sólo sea con las previsiones y oportunidades de su inimitable delicadeza, en cambio puede uno dormir a la bartola, con puertas y ventanas abiertas, y entregarse al reposo contemplando con los párpados entornados, un gravado delicioso de Pablo y Virginia o Le puits qui parle haciendo vis-a-vis a una litografía multicolor en la que un inglés sonriente y malicioso espera la respuesta de una opulenta cocotte de Mabile ó Folies-Bergéres.

Si Posadas fuese un punto inaccesible, dedicaría algunas páginas a sus habitantes más conspicuos. Pero, no es así, y, por otra parte, un hábil escritor me ha precedido en tal empresa.

He dicho que llegamos a Posadas en la mañana del 2 de febrero y apenas hubimos satisfecho algo apremiante en un almuerzo improvisado, averigüé si Fernández estaba allí. Acompañado por Enrique Rojas, me dirigí a la casa de aquel distinguido amigo, hoy secretario de la Gobernación y siempre abogando por las grandes causas, esos ensueños de poeta que tan singular contraste forman con las realidades amargas del desconcierto universal.

Ausente el Coronel Roca, pues se hallaba entonces en Buenos Aires, Francisco Fernández era el Gobernador Interino, de modo que podía solicitar su concurso, en caso necesario, como lo habría hecho del Gobernador, lo que hice más tarde.

Este concurso, por otra parte, era bien poca cosa: cartas para las autoridades subordinadas y, en la emergencia de que llegaran a faltarnos medios de transporte, por cualquier circunstancia, que se nos facilitaran los oficiales, en caso de haberlos, y si ello estaba en las atribuciones de su acción.

Una vez hecha la visita a Fernández, me era obligatorio atender mis dedos enfermos, lo que hice con tanto mayor placer, cuanto que bien pronto tuve a mi disposición los recursos necesarios para preparar mi Bálsamo Samaritano.

Pero no contaba con el «agréguese ».

Salía del aposento cierto olor á botica, y uno que pasó (bajo la piel de todo Argentino hay un médico escondido), se sorprendió de que no agregara azufre al preparado. –“¿Le parece a usted bien? pues ahí va el azufre” ¿¿Y el alcanfor? ¿Le parece a usted bien? pues ahí vá”. Otro insinuó la yema de huevo. “Pues ahí va el huevo”, y el terrible Bálsamo de Fierabrás quedó concluido.

Media hora después de aplicado sobre el «pasmo » desaparecieron los dolores; media hora después de desaparecer, sentí los primeros latidos, y se presentaba el primer punto de supuración.

Yo bien sabía que este resultado era el único que «en aquellos climas », donde lo queman a uno vivo con el charqui con azufre, podía representar el término de mi ya larga dolencia.

 

 

Eduardo Holmberg

Fragmento del capítulo VII del libro Viaje a Misiones. El naturalista, por lo que se infiere en el libro, llegó a Posadas el 2 de febrero de 1886. Holmberg, nació en Buenos Aires en 1852 y falleció en 1937, fue un médico, naturalista y escritor argentino. Hijo del aficionado a la botánica Eduardo Wenceslao Holmberg y nieto del barón de Holmberg que acompañara en sus campañas a Manuel Belgrano.

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