El sueño del revolucionario

domingo 17 de septiembre de 2023 | 3:54hs.
El sueño del revolucionario
El sueño del revolucionario

Hacía cerca de una semana que Eusebio Escobar se paseaba, como una fiera enjaulada, de arriba abajo, por las habitaciones de aquella casa de la calle Coronel Martínez. Durante todos esos días el tiempo había sido muy caluroso y pesado. Oculto en la penumbra, tras la ventana entornada, Escobar se pasaba las horas muertas contemplando la calle desierta, barrida por un cálido viento norte. Andaba con pantalón del pijama y el torso desnudo, ocioso y malhumorado. Aquella casa le había resultado una verdadera trampa. Al entrar subrepticiamente en Asunción para preparar los últimos detalles del movimiento revolucionario, éste había estallado antes de lo previsto, inesperadamente, atrapándolo entre aquellas cuatro paredes. En la casa no vivía nadie más que él. Su dueño, un primo suyo, estaba veraneando en el campo con su familia.

La noche de su llegada le despertó el tableteo de las ametralladoras. Con su penetrante olfato de revolucionario enseguida cayó en la cuenta de que ese tiroteo, en los extramuros de la ciudad, era el primer anuncio de que la insurrección comenzaba. Al pronto, Escobar no se alarmó ni inquietó. Aguardaría una ocasión propicia para dejar su escondite y alcanzar las filas de sus partidarios.

A la mañana siguiente, en cuanto pudo observar el movimiento en la calle, se dio cuenta, por los grupos de soldados armados que pasaban hacia los puntos de combate, de que las fuerzas gubernistas dominaban la ciudad. Aquel tiroteo, que sonaba apenas perceptible, confirmaba su impresión. Se guerreaba en los alrededores de la ciudad, hacia el lado de la Recoleta. Para unirse, pues, a los suyos, Escobar tenía que atravesar media ciudad, y luego cruzar entre las tropas del gobierno, y era esta una hazaña casi imposible de realizar sin ser descubierto. A los pocos pasos le darían el alto, le pedirían sus documentos, y el resto ya se sabe. Juzgó más prudente seguir oculto y aguardar el desarrollo de los acontecimientos, para dejar su madriguera y pasarse al otro lado. Y desde hacía una semana, Escobar perdía la paciencia esperando una coyuntura favorable para escapar.

Cada minuto que transcurría aumentaban su descontento y su aburrimiento. No era Escobar hombre de temperamento plácido ni tranquilo como para poder llevar, con paciencia, tan largo encierro e inactividad. Fogoso, inquieto, conversador incansable, el mayor sufrimiento que podía padecer era vivir en esa sociedad en que estaba viviendo.

En la sala, la pieza más fresca y amplia de la casa, había improvisado su dormitorio. Allí, entre muebles cubiertos por blancas fundas y cuadros envueltos en tules había colocado un catre de lona, un mosquitero, que colgaba de un hilo tendido entre un clavo y el picaporte de la ventana. Junto al catre había puesto una silla, sobre la que se mezclaban en confuso desorden viejos diarios y revistas ilustradas, el vaso de tereré con la bombilla clavada en la yerba húmeda, y una palmatoria con su vela, pues la ciudad había quedado sin luz eléctrica.

Escobar levantóse del catre, en que, echado, miraba discurrir las horas interminables, fue hacia la ventana, la entreabrió y púsose a atisbar a la calle. De tanto en tanto, legaban hasta sus oídos, por ráfagas, el retumbo del cañón y el sordo repiqueteo de las ametralladoras. “Estarán peleando hacia Trinidad" -se decía. Y el otro atisbador se pegaba al hilo de la luz del resquicio de la ventana, como si fuese un insecto que quisiera saltar a la calle. Nadie pasaba. La saliente del alféizar le obligaba a permanecer en una posición forzada e incómoda; pero la soportaba sin fatiga, como si en ella ocurriese algo muy interesante.

Al cabo de largo rato vio pasar a dos soldados. Charloteaban en guaraní y reían. Iban descalzos, vestidos de brin verde oliva, y con aludos sombreros de la misma tela, con el ala alzada por delante. Llevaban la bolsa de balas en bandolera y el fusil colgado al hombro. Eran de las fuerzas leales. Caminaban despreocupados, entretenidos con su charla, como si no llevaran un fusil. "¡Qué hombres éstos!"-pensó Escobar con admiración. Acometióle el deseo de llamarlos y echar un párrafo, para preguntarles cuál era su “valle” y adónde se encaminaban. Aunque no pertenecían a su facción, sentíase unido a esos bravos y fuertes campesinos por algo muy entrañable y tierno.

La calle volvió a quedar solitaria. Escobar distraía sus ojos y su tedio observando la forma irregular y el color apizarrado de las piedras de la calzada... Recién por la noche vendría Sarita con la comida, y para entonces faltaban aún muchas horas. Sentía ganas de volver a ver a la mozuela. ¿Y si en vez de ella venía su hermano como anoche? Tal vez eso fuese lo mejor para él y para el muchacho, porque desde hacía dos días pensaba en ella con una insistencia peligrosa. No se le iban de la imaginación sus cabellos renegridos, su boca roja, sus pechos altos y erectos, sus caderas de líneas suaves de adolescente, sus piernas finas. Pero sobre todo tenía siempre delante de los ojos aquellos senos núbiles de Sarita y aquellas sus piernas tan fuertes y ligeras a la vez.

Si su íntimo amigo Romualdo Elizalde mandaba a su hija con la vianda era porque tenía ciega confianza en su amigo de treinta años. No podía ni pasársele por la cabeza la idea de que pudiera sentir codicia de su hija, y mucho menos que le hiciese el amor. Escobar también luchaba contra ese pensamiento tenaz, contra ese deseo atormentador. Culpábalo a su soledad, a su inacción.

Fue a mirar la hora en su grueso reloj de oro antiguo, que tenía sobre la consola de la sala. Se había parado. Este contratiempo tan baladí lo llenó de angustia. Era una angustia honda. Ni el encierro tan largo ni el temor de caer en manos de sus enemigos lo habían afligido como esa ignorancia de la hora en que de repente se encontraba. Sintió con más fuerza su soledad. Conociendo la hora, le parecía que el tiempo transcurría más de prisa, y, sobre todo, que lo tenía en sus manos, que lo dominaba y que, por ende, era más dueño de sí mismo,

Pasó a la pieza contigua, y de allí salió al corredor. Ocultóse tras un pilar, poniéndose a avizorar a un pequeño grupo de soldados, que habían establecido un puesto de observación en la torre de la iglesia de La Encarnación. Estuvo contemplándolos un rato. A esa distancia apenas se los distinguía.

Del corredor en adelante extendíase el patio. Espacioso, y sobre el cual echaban su sombra fresca y olorosa algunos naranjos. Escobar salía al patio sólo por necesidad, y tomando ciertas precauciones, pues temía ser descubierto por los soldados de la torre. De seguro que aquellos soldados, encerrados en el reducido espacio de la torre, matarían sus largas horas de inactividad oteando con sus anteojos de largavista los alrededores y patios vecinos.

Aburrido de observar aquellas figuritas casi invisibles, volvió a entrar. Echóse en el catre, que recibió su cuerpo con un quejido. Este quejido le hizo recordar lo mal que había dormido durante la noche, sin poder conciliar el sueño, revolcándose en el catre. A cada momento le había parecido sentir el rumor del andar de Sarita, el roce de sus faldas en sus muslos. Y dos veces debió encender la vela para ahuyentar esas imaginaciones.

Para tener la cabeza alta, Escobar dobló la almohada. Encendió un cigarro fuerte. Le dio dos o tres chupadas, apretándolo nerviosamente entre los dientes. Después se quedó pensando con él entre los labios. ¿Por qué le había impresionado tanto Sarita la primera vez que la vio? Su primer impulso al tenerla delante, creyéndola una criada de su amigo Romualdo, fue derribarla sobre el catre y hacerla suya. Sin embargo, se contuvo, cuando notó su semejanza con Romualdo. A su vez, Sarita le había hablado, sin mirarle a la cara, y con una voz que se le anudaba en la garganta. Escobar interpretó el azoramiento de Sarita como reacción natural de su pudor al verle con el pecho desnudo y en calzoncillos. Pero ahora, volviéndolo a pensar y analizando sus actitudes, le parecía que la agitación y encogimiento de la muchacha eran porque presentía su intención. Le salían de la cara sus malos propósitos. "Ella ya ha visto lo que estuve por hacer -díjose Escobar-, Si vuelve esta noche es porque quiere". Y luego pensó: “Sí; ella sentía lo mismo que yo".

Tras encender el cigarro que se le había apagado, lanzó al techo una espesa bocanada de humo. Sus ojos siguieron las tres o cuatro resquebrajaduras que surcaban el cielorraso en distintas direcciones. ¿Por qué su primo no hacía reparar esas grietas? Recordó que cuando niño, en la casa paterna, el cielorraso también se agrietaba, y que era inútil repararlo, porque al poco tiempo volvía a henderse. Su padre, que era de carácter irascible y rezongón, echábale la culpa de aquellas hendiduras a los de la casa, por cerrar las puertas de golpe. Y ese cielorraso que tenía a la vista, ¿por qué se abría? ¿Cerraban acaso allí las puertas como en la casa de su infancia?... Si esta noche venía Sarita, no abusaría de ella. No haría más que sentarla sobre sus rodillas, como se hace con las chiquillas, y la palparía y besaría, como en juego. Sí, eso es lo que proyectaba hacer. Sentarla sobre sus rodillas y apoyarla contra su pecho, como si, como si fuera una niña cuya voluntad se quiere ganar. Sentíase con el suficiente dominio sobre sí como para dominarse, y no pasar de esos jugueteos y caricias. No era la edad de Sarita lo que lo detenía, sino su amistad con Romualdo.

Pero hasta esa antigua amistad podría llegar a olvidar si el deseo lo cegaba. Le daría chupadas a su cigarro, y tan absorbido estaba por sus cavilaciones, que no advirtió que ya no humeaba. Trababa de reconstruir el sueño que lo había desasosegado esa noche. Era fácil seguir los altibajos de su pensamiento, ya fuese éste vehemente, o ya tranquilo, por el gesto nervioso con que unas veces apretaba el cigarro apagado entre los dientes, y por el abandono con que otras lo dejaban colgar de los labios.

Interrumpióle en sus meditaciones el toque de tres campanadas. El reloj de La Encarnación estaba dando la hora. Tendió el oído. No se oyó más nada. Debieron ser los tres últimos toques de la hora. Quedóse atento a la repetición hasta la octava, y el resto de las campanadas se perdieron entre el rodar estrepitoso de un carro, que en aquel punto pasaba por ahí. La faz ancha y carnosa de Escobar tuvo una mueca de disgusto. ¿Serían las diez? Más temprano no podía ser. Y ¿si fuesen las once? ¿No sería ya hora de comer? Su estómago, que era insaciable, permanecía callado. Le echó una oblicua mirada al vaso de tereré. Desde que se llenaba el estómago con esas grandes cantidades de agua, había perdido el apetito. Pero nada le distraía más en su soledad que estarse las horas, con la bombilla pegada en los labios, sorbiendo agua y más agua.

“La sentaré sobre las rodillas”, tornó a repetirse mentalmente. Y le lanzó una rápida mirada al sillón que pensaba ocupar. Se le ocurrió que estaba mal ubicado, y se levantó para colocarlo en un lugar que le pareció más apropiado. Volvió a acostarse, quedándose con la vista clavada en el sillón que acababa de remover y pensando en Sarita. Al cabo de unos minutos, dióse vuelta y cogió una de las viejas revistas ilustradas que tenía sobre la silla, al alcance de la mano, poniéndose a hojearla por centésima vez. Pero pronto se cansó, dejándola caer sobre su robusto pecho, y se puso a pensar en lo que haría con Sarita. No se sentía muy seguro de sí, temía no ser fuerte, que su carne flaquease, y llegar a abusar de la hija de su amigo. Cruzó por su mente el recuerdo de una muchacha, más o menos de la edad de Sarita, que había conocido en Cerro León, en una de sus giras políticas. Pero la campesinita aquella había conocido ya hombres, a pesar de su corta edad. En cambio, para Sarita él sería el primero... ¿Por qué Sarita le había hablado con los ojos bajos? ¿Acaso también ella presentía un entendimiento amoroso entre ambos, o era porque estaba en calzoncillos? Volvió a sus dudas y cavilaciones otra vez, cayó en ellas como en una trampa, que lo esperaba oculta entre la maraña de sus pensamientos,

Poco a poco, el tenso cavilar de Escobar fue relajándose, hasta que se adormeció. En su ligero dormitar, presentósele una muchacha que a ratos se asemejaba a Sarita, y en otros momentos tomaba ciertos rasgos de la chica de Cerro León. Caminaba la muchacha del sueño por un agreste sendero y Escobar iba en su persecución a pasos apresurados. La campesina meneaba las grupas provocativamente, exagerando con toda intención sus movimientos. "Se ve que lo hace para conquistarme, para atraerme" -se decía Escobar en su dormitar-. Al llegar a un recodo del sendero se encontró con Sarita, que estaba sentada en el suelo, teniendo ante ella, puestos sobre un mantel, varios platos de comida. La muchacha alzó hacia él sus rasgados ojos negros, como invitándolo a sentarse; pero cuando Escobar iba a hacerlo, se levantó con gesto de enojo y se marchó.

Cuando Escobar se despertó tuvo la impresión de que hacía muy poco que se había dormido. Se levantó a mirar la hora; pero al tener el reloj entre las manos recordó que estaba parado. Debía ser más del mediodía. Se fue al comedor, donde comió un pedazo de sopa paraguaya fría. Había también en otro plato restos de carne y mandioca, y tenía como postre bananas, queso y dulce de maní. Cuando hubo terminado de comer se instaló en su observatorio de la ventana. A aquella altura, la calle Coronel Martínez tenía poco tránsito. Era muy tranquila. Sólo de tarde en cuando pasaba algún vehículo; pero era tan enjuto el resquicio por donde miraba, que apenas sí alcanzaba a entrever fugazmente su paso. Permaneció allí largo rato sin que pasase nadie, con la mirada puesta en las piedras de la calle, que Escobar las sentía calientes bajo el sol ardoroso de la siesta.

Se apartó de la ventana con la cintura dolorida. ¿Qué hacer ahora? ¿En qué emplear esas horas interminables, vacías, que se extendían hasta el infinito? Se le oprimió el corazón al verse solo, sin nada que le distrajese, frente a esa montaña de horas, cuyo final era la noche. Cerró la ventana, quedando la pieza semioscura. Echóse sobre la lona desnuda del catre. El pensamiento de Sarita se apoderó de él otra vez. Se conduciría con cautela, con tiento, cuidando de no asustarla y de que no contase nada en su casa. Pero no se sentía muy tranquilo sobre la conducta que observaría, y trataba de no mirar en lo hondo de sus pensamientos.

Hacia el anochecer, llegó a los oídos de Escobar el eco de un sordo y lejano cañoneo, que parecía venir del lado de Puerto Sajonia. Tal vez algunos buques de guerra se habían unido a los facciosos, y descaraban sus cañones sobre las fuerzas gubernistas, que ocupaban aquel lugar. Ese cañoneo le trajo con más intensidad el recuerdo de la revolución, que cada día se le antojaba más lejana y ajena a sí, como si esos cuatro muros, entre los que estaba apresado, lo apartasen y aislasen cada vez más de lo que al principio había sido su único objetivo, de lo que le habría traído a la ciudad, llena de enemigos, con peligro de su vida. En lugar de trazar planes revolucionarios pasábase las horas muertas maquinando cómo haría suya a Sarita sin que nadie se enterase.

Ya era oscuro cuando Escobar se aproximó otra vez a la ventana. Se puso a ojear la calle. Sólo se alcanzaba a divisar el bulto de algunos transeúntes, que parecían caminar apresuradamente y como temerosos. Eran contados; y cuando el eco de sus pasos se apagaba, la calle hundíase en un silencio y soledad de calle de ciudad abandonada. De pronto, Escobar se sobresaltó. Le pareció oír el ruido de pisadas que se detenían frente a puerta de calle. Se dirigió hacia la puerta de la sala, que se abría sobre el zaguán. Estaba nervioso; inquieto. En el zaguán sumido en profunda oscuridad, detúvose con el oído alerta, en acecho. El corazón le saltaba desenfrenado. Se había olvidado de todos sus propósitos de prudencia y moderación, y aguardaba impaciente la entrada de Sarita, para recibirla en los brazos. Pero transcurrían los minutos y nadie entraba. De súbito, una sospecha hizo que a Escobar se le helase la sangre en las venas. Podían ser los del gobierno que habían descubierto su escondite, y venían por él. Se estremeció al advertir que no había traído su revólver consigo. Su primer impulso fue ir a buscarlo; pero luego, maquinalmente, cometió la imprudencia de asomarse a mirar a la calle. La calle aparecía desierta. Sin duda que las pisadas aquellas no fueron más que ofuscación de sus sentidos. Aunque era peligroso dejar la puerta sin echarle la llave, Escobar, aún dándose cuenta del riesgo a que se exponía, la dejó entornada por temor de que Sarita no entrase al verla cerrada,

Aguardó un rato en el zaguán; pero cansado de estar allí inmóvil en la oscuridad, fue a pasearse por el corredor. Ya no se escuchaba el tronar del cañón hacia Puerto Sajonia. Después, salió al patio. El reloj de La Encarnación dio las nueve. Esta vez Escobar oyó la hora claramente. Las campanadas se esparcieron una tras otra, con sonora transparencia, sobre el silencio de la ciudad. ¡Qué raro que ya no hubiese llegado Sarita, o su hermanito! A las ocho solían estar allí. Aburrido de andar de acá para allá, entre las sombras de los naranjos, fue a tirarse sobre el catre. Allí acostado, pensaba en si Sarita vendría o no, quemado a fuego lento por la incertidumbre, oyó dar las diez, y luego se quedó dormido.

En sueños, oyó los pasos de Sarita en el zaguán. No se movió, su falta de entusiasmo para recibirla le resultaba harto extraña, reprochándosela. Sarita no entró en la sala, se quedó en la penumbra del zaguán, quizás porque, a través de la puerta, lo veía acostado en el catre. Después los pasos resonaron en el comedor. "¿Qué andará haciendo por el comedor?", se preguntó Escobar semidormido. "Mejor será que me levante a cerrar la puerta... Debe ser muy tarde". Los pasos sonaban ya en la cabecera del catre. "Encenderé la vela", se le ocurrió. Y acto seguido, le pareció ver brillar la luz de la vela, que enseguida se apagó bajo el estampido de dos tiros, tan fuertes que los sintió como dos cañonazos que resonaban dentro de su cabeza. "Están peleando muy cerca", pensó despertándose del todo. Recordó que había dejado la puerta abierta y que sus enemigos podían entrar para matarlo. Y después, por más que quería pensar ya no podía. La cabeza le daba vueltas y más vueltas en un girar vertiginoso, que arrastraba todo su ser hacia un negro abismo sin fondo. Al día siguiente, por la noche, cuando vino Sarita con la comida encontró a Escobar tendido boca arriba en el catre, con dos balazos en la cabeza.

 

Gabriel Casaccia

El relato es parte del libro El pozo y otros cuentos. Casaccia (Asunción 1907/Buenos Aires 1980) es considerado uno de los fundadores de la literatura paraguaya. De adolescente estudió en el Colegio Nacional de Posadas y residió en esta ciudad desde 1935 y hasta 1951. Su novela Los Exiliados está ambientada en la capital misionera y se cree que La Babosa, su obra cumbre, fue escrita en Misiones.

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