miércoles 28 de febrero de 2024
Cielo claro 25ºc | Posadas

Fisonomía de Misiones

domingo 10 de septiembre de 2023 | 3:56hs.
Fisonomía de Misiones
Pinos Paraná en en San Pedro
Pinos Paraná en en San Pedro

Pocas regiones habrá en la redondez del planeta tan maravillosamente dotadas como este privilegiado territorio para que con un esfuerzo mínimo pueda radicarse y prosperar en él una población agricultora sumamente densa. Situadas las Misiones Argentinas entre el paralelo 25 y 28° gozan todas las ventajas de las regiones subtropicales y están atenuados sus inconvenientes por una especial configuración topográfica, por el inmenso bosque que cubre sin interrupción nueve décimas partes de su superficie total, por las numerosísimas venas de agua que lo cruzan, irrigan y refrigeran en todo sentido y por la excepcional cantidad de lluvia que en chubascos rápidos, frecuentes, casi diarios, y de corta duración, concurre a mantener constantemente una normal térmica perfectamente soportable aun en los días centrales del estío, en los que rara vez pasa de 36° el calor ambiente. Dos metros de agua del cielo riegan anualmente el territorio, jamás molestado por sequías ni por anegamientos, pues por mucho que llueva no tiene el agua donde quedarse y rebalsar en aquella infinita sucesión de declives, cerros y quebradas, por donde las avenidas, con bríos de cascadas, ruedan rápidamente hacia los grandes ríos que flanquean el territorio, metido en flexión como una lengua atormentada de treinta leguas de anche, entre las costas barrancosas de los dos colosos. El Paraná y el Uruguay reciben en desmesurados sorbos el caudal de los monstruosos chubascos, se hinchan, se revuelven fieramente, crecen a saltos, en hervorosas arremetidas que levantan sus aguas hasta nueve metros en una noche.

Pero todo está previsto por la naturaleza tutelar. Los lechos, cavados por el azadonazo titánico de los aluviones, han echado el nivel a profundidades que llegan a ser vertiginosas, mirados los fieros ríos desde barrancas a pique que se empinan a cuarenta, a ochenta, a cien metros de altura, erizadas de bosque que sobre su misma ceja se apiña impenetrable, como oponiendo al avance de las aguas un obstáculo más, como una inexpugnable barricada viviente, en perpetua energía, reforzando sus innúmeras filas de troncos y arbustos con nuevos retoños, con reatos indestructibles de tacuarembós, ñapindás é isipós de agilidad serpentina. Por eso no hay desbordes temibles en Misiones, y los viejos ríos encarcelados en sus cauces, recién después de correr más de cien leguas pueden desfogar sus iras inundando los desplayados de las costas llanas de Corrientes, Entre Ríos y Bajo Uruguay.

Uno que otro día de verano suele la temperatura avanzarse a 38°; pero es excepcional, y esas máximas son infalibles precursoras de una turbonada que termina con un entreacto de pampero, bajo cuyo higiénico y brutal escobazo queda el cielo puro como un lago andino y el aire limpio y sonoro.

Esa faja o larga lengua de tierra que forma el territorio está acostada sobre un lecho de basalto con infiltraciones de cuarzo y pepitas de cobre. Sólo interrumpe la homogeneidad del macizo la emersión de un banco de arenisca estratificada que se alza a pique en la barranca del Paraná hasta unos sesenta metros de altura, entre los arroyos Yabebiry y San Ignacio. Sobre el cimiento de basalto se extiende una capa de piedra desmenuzable que da paso a las aguas infiltradas, y sobre se ofrece a la cultura, desbordante de esta capa de tosca, la tierra roja savias. Esta tierra, sumamente permeable, de inaudito vigor vegetal, gruesa hasta de diez metros, tiñe con su color casi sangriento las aguas de las lluvias, depositando las corrientes pluviales que la cruzan una fina arenilla negra de aspecto metálico que se pega al imán con energía. Las aguas que penetran la tierra, filtradas por la piedra desmenuzable, corren sobre el basalto siguiendo los declives y vuelven á la luz del día manando al pie de las lomas y las quebradas, formando fuentes inagotables, arroyos del más vario caudal y más caprichoso y dislocado curso, cruzando y entrecruzando con tan nutrida red el territorio, que sería raro encontrar en él un lote de tierra de veinticinco hectáreas que no se halle provisto de agua excelente, amén de maderas en abundancia para construir la casa, los cercados, los utensilios de todo género, y de tierra vegetal, incansablemente fecunda: los tres elementos esenciales para la radicación de un hogar agrícola.

Esta profusión extraordinaria de venas de agua que queda señalada, constituye un verdadero privilegio para el territorio. Desaguan en las setenta leguas de costa misionera que dan caídas al Paraná, veinticinco arroyos principales, y veinte sobre el Uruguay. Sale a un arroyo principal para cada tres leguas. Los afluentes menores del Paraná y del Uruguay se cuentan a razón de uno por cada mil metros, debiendo agregarse todavía los numerosos subafluentes de unos y otros. Fácilmente pueden imaginarse las ventajas que de tal condición excepcional, de tan extraordinario sistema natural de irrigación pueden sacar la agricultura y la industria, y qué elemento tan importante tendrá la viabilidad en muchos de esos arroyos, que en su mayoría, si no son anchos, son profundos, característica de las venas de agua de la región. Desgraciadamente, desde este punto de vista no puede aprovecharse aún ese recurso por no haber sido estudiados ni siquiera reconocidos los ríos, obra de previsión y progreso que el gobierno nacional debe disponer cuanto antes. Actualmente, sobre más de ochocientas leguas del territorio, sólo dos arroyos principales, en treinta y tantos, son bien conocidos: el Pepirí-Guazú y el San Antonio - Guazú.

En tan privilegiada condición la tierra misionera es sin embargo desconcertante para el agricultor habituado a labrar tierras libres de bosque. A primera vista aquella lujuria boscosa donde no es posible avanzar sino sorteando los troncos y repartiendo machetazos para abrir camino entre la insidiosa maraña envolvente, se presenta como una grave complicación para el labrador, perplejo ante la pululante energía creadora de la naturaleza, en perpetua e inagotable parición de selvas. No sabe el agricultor cómo hacer para abrir surco en aquel vivo enigma, cómo gobernarse para enterrar semillas en aquella tierra obstruída de troncos enormes. El arado es inútil allí y el plantador bisoño se halla impotente para fecundar con las seculares prácticas agrícolas aquella singular naturaleza.

Sin embargo, nada más fácil ni más socorrido para el agricultor que va a poblar y a plantar en pleno bosque, que esa circunstancia á primera vista enemiga. El surco no es posible, ciertamente, entre aquel enredijo de troncos; la regularidad de los tablones, el regimentado paralelismo de los plantíos de tierra llana, que enfilan los tallos simétricamente al vaivén isócrono de la yunta aradora, todo eso está de más allí. El desorden impera. Hay que arrojar semillas sin disciplina. Pero de aquella indisciplina surge rápida y cierta la victoria. El bosque es extraordinariamente apto para la agricultura, a poco que el plantador conozca el medio de operar para no estrellarse con su rutina contra las exigencias del medium.

He aquí en síntesis el método a seguir para el cultivo de la selva, método que puede ser igualmente aplicado en Formosa y el Chaco, también cubiertos de monte en gran parte de su superficie, y también necesitados por ello de procedimientos especiales para la labor agrícola.

Primer año. Se derriba á machete la chusma vegetal o maraña de plantas menudas y se pega fuego así que un día de sol ha agostado las hojas. El fuego se encarga de limpiar el suelo, abonarlo con las cenizas y purificar el ambiente eliminando las plantas podridas de la maleza. Se siembra maíz entre los troncos, sin necesidad de otra herramienta que un machete que se clava en el suelo, se levanta con el terrón, se tira la semilla y se tapa con el pie. Fácil y rápido. Entre el maíz se siembran plantas rastreras que defiendan las tierras de los solazos de las lluvias de enero. Mil kilos por hectárea salen así como nada, es decir, un rendimiento que es excelente para las tierras entrerrianas, santafecinas y porteñas, trabajadas a reja. En seis días de trabajo roza un hombre una hectárea de monte que es la tarea más dura. Lo demás marcha solo. Se siembran también y con igual facilidad legumbres y mandioca en abundancia, la cual da asombrosamente, y constituye el más sabroso, barato y nutritivo pan para el colono, que ni tiene que preocuparse de arrancarla y almacenarla cuando sazona, porque la tierra se encarga de guardársela todo el tiempo que se la dejen. Diariamente se arrancan las necesarias para el consumo y las demás se conservan enterradas y siguen aumentando de volumen. En igual condición está el moniato (batata), otro recurso excelente para el sustento del agricultor. También lo da la tierra y lo conserva indefinidamente.

Segundo año.—Otra vez se pega fuego a los retoños y al rastrojo. Se planta con igual procedimiento, maíz, porotos, mandioca, sorgo, caña dulce. Al machete hay que agregar este año una azada. Ni el arado ni los bueyes hacen falta todavía.

Tercer año. Nueva quemazón. En este año se acaban de podrir las raíces leñosas que obstruían la tierra y sobre las que se levantaba la selva dos años antes. Conviene, si se ha hecho roza en otra parte, dejar descansar esta tierra todo el año, para empezar en el cuarto la faena tradicional de la preparación de la tierra. En el cuarto año entra el arado a roturar sin tropiezo una tierra riquísima con el agregado de una gran parte de la selva que se alzaba en ella, y que a su seno ha vuelto por la acción del fuego y la descomposición de las raíces y tallos destruidos.

El agricultor regulariza entonces su trabajo, dueño de una tierra inagotablemente fecunda, que entre tanto, y mientras se hacía apta para la agricultura regular, le ha pagado el sustento con los cultivos logrados sin esfuerzo y con el producto de las maderas -que el fuego de la hoja- rasca no ha quemado, sino tostado y oreado, dejándolas listas para ser transformadas en vigas, tirantes y tablas -y le ha dado ya con qué comprar arados y bueyes para empezar a labrar su porvenir con lo suyo y sobre lo suyo. He aquí como un hombre con un hacha, un machete y una azada, amén de un martillo y unos cuantos puñados de clavos―elementos que puede comprar con veinte pesos- puede ir confiadamente, si tiene fe en su esfuerzo, a montear su fortuna en el bosque misionero, con la certeza de que de allí, con sudor y constancia, ha de sacarlo todo para fundar su independencia y su prosperidad. La tierra es suya, porque se le vende con el nimio costo de dos pesos la hectárea, y a pagarla con el propio rendimiento, siendo enteramente simple el trámite de tomar posesión del lote en que debe instalarse el colono, gracias a la facultad acordada a aquella gobernación para expedir títulos provisionales.

El interesado llega a Posadas, emplea un par de días en elegir su lote personalmente donde le parece mejor, y al tercero puede ya plantar definitivamente las piedras de su lar con la certidumbre de que el porvenir es suyo si es constante. Allí, como en todas partes, el trabajo es la ley de la vida. Pero el éxito no falla. No hay más que trabajar y crear en el seno de una naturaleza siempre propicia y pronta para devolver ciento por uno al que confía en ella. Recientemente fue enviada a Buenos Aires una fracción de varios kilos de tierra colorada para analizarla. Había dado este lote diez y ocho cosechas consecutivas de maíz y venían con ella varias docenas de espigas de la última cosecha. Ninguna medía menos de treinta centímetros, y el análisis halló que aquella buena tierra colorada estaba plenamente vigorosa, rebosando substancias después de su décimo octavo alumbramiento!

 

Manuel Bernárdez

El texto es parte del libro De Buenos Aires al Iguazú, publicado en 1901. Bernárdez, nacido en Villagarcía de Arosa en 1867 y fallecido en Montevideo en 1942, fue un periodista, diplomático y editor uruguayo de origen gallego.

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