La vida que pasa

domingo 03 de septiembre de 2023 | 3:54hs.
La vida que pasa
La vida que pasa

-¡Señora! Cómo se le ocurre traer a lavar el auto hoy, con esta lluvia.

- Hay que aspirar la arena. Venimos de las playas.

Como otras veces, me ubico en el bar, con el libro de turno en las manos, mientras espero. Un fuerte y tentador olor a café invade el ámbito. Me seduce y pido un capuccino.

Me gusta mirar la vida que pasa. Los autos circulando por la avenida. Los que ingresan al playón para cargar combustible. Entra ahora una camioneta doble cabina, dos mujeres jóvenes adelante, los hombres atrás, qué raro. Una mamá apuradísima pide la llave del baño, con una criatura en brazos. La lluvia cae mansamente y pienso que hubiera podido traer el auto mañana. Abro el libro y una de las chicas se disculpa porque no funciona el televisor. Menos mal, le digo. ¿No mira TV? Poco y nada, no vale la pena perder el tiempo, prefiero leer.

Tres mujeres entran al local, están con frío, se sirven un café, una chocolatada, un té, de la máquina expendedora. Las vendedoras cuchichean sobre el chico de la trafic, qué ojos traslúcidos tiene.

El libro es un pretexto y no me importa si se demoran con el lavado. Me detengo en detalles nimios, la ropa de la adolescente que muestra su panza embarazada, el muchachito mugroso que bajó del camión, el chofer del ómnibus que dejó a los pasajeros unos breves minutos, mientras carga un termo con agua caliente, quién puede protestar por eso, hay que ser comprensivo. No, no toma mate mientras conduce, sino en las terminales.

Desde la cabina telefónica un hombre me mira, hace gestos. ¿Usted está esperando para hablar? No. Y sonrío. Por qué lo preguntará. No acaban nunca con la camioneta, no solo a mí se me ocurrió limpiar el vehículo, esta tarde lluviosa. Estoy en tercer lugar. Por la avenida, de a ratos, no circula nadie.

Leo dos páginas. Por qué le habrán dado el premio a esta novela. Se deja leer, sí, pero es tan sencilla, nada de otro mundo, cualquiera podría haberla escrito.

Se detiene un auto blanco, modelo de hace unos cuantos años. Desciende un hombre mayor. Algo en su figura me es familiar, pero no logro asir el recuerdo. Camina levemente inclinado, como agobiado por quién sabe qué. Ese perfil. El hombre carga agua caliente del termo-tanque gentileza de la Estación de Servicio. Se parece a... Han pasado veinte años. Tal vez esté envejecido y canoso. No, canas no, que ya había perdido bastante pelo. Miro con detenimiento la cabeza calva. Observo sus ropas. Un pantalón marrón de gente de chacra, él jamás hubiera usado una prenda así. Era tan elegante. Sabía vestirse bien. Y la camisa, manga larga. ¡Manga larga! Apenas si tenía dos o tres para las situaciones más formales. Prefería la ropa sport. Y qué bien que le quedaba.

Ha dejado de llover. Aunque el cielo gris, encapotado, no es alentador. Así eran los días lluviosos en el campo. Días y días y días. No había clases porque crecía el arroyo, el agua pasaba sobre el puente y los serranitos no podían llegar a la escuela. Entonces, por las tardes, hacíamos pipoca, rositas de maíz. A cada uno nos daban una espiga, que había que desgranar. No venían los granos envasados al vacío. Ni se compraba ya hecha. No. Doloridos y rojos nos quedaban los dedos, no era fácil despegarlos. En la olla de hierro y con poquito aceite bien caliente. Echar por tandas y tapar enseguida, para que no salten afuera los blancos capullos. Y el aroma tan exquisito. Y el ruido del maíz al explotar y abrirse. Como gotas en un cobertizo de cinc.

Por fin entra mi coche al lavadero. Hace una hora que estoy aquí, sentada. El hombre del pantalón marrón camina hacia los sanitarios. Casi arrastra los pies. Es un viejo visto de espaldas. Trato de imaginármelo con veinte años más, pero no. Los recuerdos son engañosos. Nos traen imágenes del pasado, la figura erguida, los ojos profundos y casi inocentes. Nuevamente llueve. Es una tarde para comer tortas fritas. Doña María Jalil las hacía como nadie. Y el olor de la fritura se expandía hasta nuestra casa. Nos acercábamos como quien no quiere la cosa. Y siempre ligábamos algo. Eran grandes como una mano adulta. Doradas y carnosas. Doña María amasaba y amasaba. Ahí estaba el secreto, decía. Porque solo harina, grasa, sal y agua no era suficiente. El sobar la masa hasta que le salieran globitos de aire. Y recién entonces tomar un bollito, con las manos redondearlo y ¡a la sartén! Mientras, la cocina penumbrosa donde solo el fuego de la leña crepitante iluminaba, se iba llenando de los hombres atraídos también por el olor a torta frita. Alguna  gallina mojada y atrevida, el gato indiferente en el borde de la ventana y más allá, sobre las plantaciones, la lluvia que seguía cayendo.

Como esta, que arrecia de a ratos. Por qué no me quedé en casa, qué apuro había. La arena, sí. Y la salinidad del mar, que oxida las chapas. Pero bueno, un día más. Sale el hombre del baño, ahora lo veo más de cerca. Qué extraordinario el parecido. ¿Y si fuera él? Cómo saberlo. El tiempo transcurrido nos cambia. ¿Pero tanto? Haber convivido años con una persona y no poder reconocerlo. Ni la más mínima emoción que me alerte. Chipas. Me comería chipas, de las que yo solía hacer. Almidón, queso, manteca, huevos, sal. Y también muy bien amasado todo. Los días de lluvia las horneaba. No. Es producto de mi imaginación. No puede ser él.

¿Por qué me acuerdo ahora de aquella discusión? No es que me deleitaran especialmente los guisos, trataba de cuidar mi figura. Pero esa vez llovía y llovía. Toda una semana con aquel diluvio. Y las provisiones, que traíamos de la ciudad, se iban acabando. Entonces hice un recuento y preparé el guiso carrero mientras nostálgicamente evocaba los de mi niñez, cocinados largamente en el fogón familiar, carne, mandioca, cebollas y ajo, verduras, arroz o fideo, según el caso, algo de panceta para darle más sabor. Nos abría el apetito el aroma expandido por las habitaciones. Y luego, sentados alrededor de la mesa familiar, era un contento saborearlo, así espeso, nutritivo, mientras mi madre sonreía con aquella dulzura inolvidable.

Yo no como comida de rancho, de villa, me dijo en cuanto le llené el plato, y lo rechazó con desprecio. Por el cristal de la ventana se deslizaba la lluvia; por mi rostro, las lágrimas.

Un empleado lo interroga. Y cuando responde, la voz, la misma voz, hace estallar los ecos. No ha mirado hacia el bar. No me ha mirado. ¿Habría sorpresa en sus ojos al ver a esta mujer sesentona, algo excedida de peso? ¿Me hubiera reconocido? La vida pasa. Y nos pasa.

Su auto está listo, señora.

Ha dejado de llover.

 

Rosita Escalada Salvo

El cuento es parte del libro Pombero en el maizal y otros cuentos. Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

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