Moussambani: la otra cara de la victoria

domingo 03 de septiembre de 2023 | 3:52hs.
Moussambani: la otra cara de la victoria
Moussambani: la otra cara de la victoria

 

El sol entra oblicuo y dorado por la ventana del despacho presidencial, dibujando líneas de luz en las que bailan motas de polvo y el humo del Gauloises que Su Excelencia tiene entre el índice y el pulgar de su mano derecha. Acomodado en su sillón que bien puede aceptar el nombre de trono, con gesto distendido, las piernas cruzadas, hojea unos pocos papeles que tiene sobre su escritorio de caoba grande como un portaaviones. El magro volumen postal está en su poder luego de pasar por un filtro encargado de detectar bombas, venenos o cualquier otra especie de ataque químico o físico destinado a acabar con la vida del Supremo Dictador.

Metido en su uniforme de fajina austero pero impecable, pasa la vista sobre palabras sin trascendencia política, noticias que, si bien no lo ponen contento, tampoco llegarán al punto de amargarle el día. Todavía ningún miembro de su gabinete supo del presidente de un ignoto país sudamericano al que le imprimían un diario exclusivo, para contentarlo con novedades apócrifas. Tal vez por eso, o por un descuido imperdonable, llega a sus manos un reclamo de los obreros del petróleo. “Dinero” dice el Comandante Teodoro Nguema con una mueca de desprecio, “el fin de todos los anhelos del hombre es el dinero”. Desde que ocupó la presidencia, luego de dar un golpe de estado en perjuicio de su propio tío, ha sido acosado por pedidos de aumentos salariales desde todos los sectores productivos, la mayoría de las veces sin respuesta y las otras con una respuesta de bastonazos y gases lacrimógenos. “Tienen uno y quieren dos”, se le escucha decir en tono de máxima para la posteridad, “les das dos y piden tres”, concluye, sin que articule ninguna expresión capaz de delatar que sus pensamientos vuelan hasta una vieja tonada infantil, “Piden pan, no les dan; piden queso, les dan hueso y les cortan el pescuezo”. Ah, tiempos de la niñez, cuando la vida misma cabía en una canción.

Por fortuna existe una ley de las compensaciones, sintetizada en la alquímica fórmula, “Una de cal, una de arena”, que hace que cualquier error tenga posibilidad de enmienda. Ahora tiene ante sus ojos un papel con membrete del Comité Olímpico Internacional, fechado en Sídney, a los seis días del mes de enero del año 2000, hace una semana. Con un gramaje y una textura de altísima calidad, este papel es una invitación para participar en las olimpíadas.

Por primera vez en su historia, Guinea Ecuatorial tendrá un lugar en la máxima fiesta del atletismo mundial. Esta sí que es una buena noticia, “A pesar de que nos eligen porque saben que por medios propios no llegaríamos nunca”, dice como para sí el Comandante Nguema, sin que esta revelación le borre la sonrisa genuina que se le instaló en toda la cara.

Teodoro Nguema apaga el Gauloises en un enorme cenicero de cristal, se pone de pie y le pide a su secretaria que haga venir al Director de Selección Postal, un coronel de la fuerza aérea calvo, obeso y avejentado, con más ganas de pasar a un retiro anodino que de seguir buscando fantasmas donde no hay.

El coronel llega al despacho justo cuando Nguema enciende otro cigarrillo, “Buenos días, Su Excelencia”, dice haciendo una venia irreprochable. Envuelto en una nube azul, con el Gauloises entre los dientes, el presidente le muestra el papel con membrete olímpico sin responder al saludo, “Qué te parece”.

Con el temor de haber cometido una falta que pueda costarle el puesto o la vida, el coronel se coloca los lentes, toma el papel y vuelve a leer. “Parece auténtico”, dice.

“Ya sé que es auténtico, pelafustán”, responde el presidente, aunque con la íntima convicción de que la autenticidad de la carta es lo que menos importa en estos momentos. “Es justo lo que necesitábamos”, dice y la sonrisa le regresa como una fiebre. Vuelve a leer la carta, renglón por renglón, sin saltearse ninguno, y enseguida anuncia al vacío, “Asamblea ministerial hoy a la mil ochocientas”. La secretaria sabe que el vacío es ella, que el anuncio es para que tome nota, “Reunión a las seis”, escribe.

 

2

 

Pocos minutos antes de las seis de la tarde el gabinete completo está reunido. La atmósfera es cálida y liviana dentro de este salón que rara vez abre sus puertas, a no ser para hacer entrega de condecoraciones y promociones de ascensos, traslados y retiros. La plana mayor del gobierno, cómodamente instalada en los sillones tapizados de cuero rojo, en torno a una mesa ovalada y pulida como un espejo, es toda ojos y oídos a lo que tiene para decir el Comandante en Jefe Teodoro Nguema.

Con palabras discretas, sin mayúsculas ni signos de admiración, en el tono casual de quien está acostumbrado a moverse en esferas superiores y tuvo la gentileza de descender a hablar con los mortales, Nguema explica los alcances de esta invitación a los deportistas de Guinea Ecuatorial, en particular a los nadadores, a quienes el gobierno, por supuesto, ofrece su incondicional apoyo. Luego, impostando un poco la voz, dice que “la Historia ha decidido poner sus ojos sobre nuestra nación, llegó la hora de aprovechar esta página en blanco que hoy se nos brinda para escribirla con la gloria. Y serán nuestros atletas los encargados de hacerlo”.

Manuela Botey, la Primera Ministra, carraspea y toma un sorbo de agua. Siempre le resultó patético el papel de militar reputado y estadista sagaz que pretende desempeñar Nguema. Ella lo reconoce como un tipo débil y supersticioso, vulnerable a las críticas y con un terror crónico e inconfeso de que las cosas no le salgan como él pretende. Ahora Manuela quisiera que el presidente se extienda un poco más en su discurso, lo está disfrutando, quiere que el tipo llegue a emocionarse, que siga ensartando cliché con cliché. Pero Teodoro Nguema ya pretende terminar su monólogo, y esta reunión, encargando a quien corresponda (él nunca sabe a quién corresponden estas cosas) la organización de un evento, una recepción, un agasajo a la Federación Nacional de Natación.

Manuela se aclara la voz, “Su Excelencia”, dice. Toma un trago más de agua, y ahora que está segura de tener la atención de todos, suelta la frase que venía elaborando con primor y sadismo, “En Guinea Ecuatorial no tenemos Federación Nacional de Natación, Su Excelencia”. Hace una pausa como para que todos puedan digerir semejante estofado y remata, “No hay nadadores en el país”.

El Comandante en Jefe Teodoro Nguema, vestido con su impecable uniforme gris de alamares dorados, las dos manos sosteniendo el peso de su humanidad sobre el escritorio oval, parece un navío de guerra, un destructor. Y por un segundo se siente estúpido.

No hay ninguna alteración en la atmósfera del lugar, ni un mínimo destello, ni vibración alguna que sea perceptible, nada, absolutamente nada indica que la situación resulta cómica, acaso ridícula, en todo caso patética. Vaya combinación de esdrújulas.

“Bien”, dice Nguema.

En el tiempo que demora en pronunciar ese monosílabo, la exhalación mínima que produce un diptongo, dos vocales, el Comandante en Jefe piensa, “Maldita anguila”, con los ojos fijos en Manuela Botey.

El presidente se recompone, si es que llegó a estar descompuesto, se levanta y vuelve la espalda a la reunión, cruza las manos detrás y mira por la ventana que da a un jardín de lirios, hortensias y jazmines, con limoneros y tamarindos aquí y allá, canta un mirlo. Teodoro Nguema desearía estar desnudo, tendido en una hamaca, disfrutando de las mieles de ser un multimillonario excéntrico. Pero no, está aquí, rodeado de inoperantes, trabado en una lucha quijotesca, armado solamente con la espada del sentido común y tratando de guiar el timón en un navío de locos, con el propósito único y sublime de consolidar la Unidad, mantener la Paz e impartir Justicia, magnas virtudes que proclaman desde el escudo nacional que aquí, en Guinea Ecuatorial, gobierna el Comandante en Jefe Teodoro Nguema.

Sin dejar de contemplar el jardín del Palacio Presidencial, Su Excelencia dice, con una voz medida y sin inflexiones, tratando de no sonar autoritario sino más bien amenazante, “Lancen una convocatoria a través de todos los medios del país, organicen una leva, busquen casa por casa, de ser preciso. En una semana quiero conocer a la Federación Nacional de Natación”.

Los ministros no se atreven a mirarse unos a otros, esta vez no dijo, “a quien corresponda”, la orden del Comandante cayó sobre el conjunto, como una atarraya o como una telaraña, nadie puede mantenerse al margen.

Teodoro Nguema se da vuelta despacio, tiene una sonrisa beatífica en el rostro picado de viruela, mira a sus ministros como si por primera vez los viera y pregunta, “¿Qué hacen acá?”. Es el fin de la asamblea ministerial.

 

3

 

La convocatoria fue hecha. El asunto de la leva fue interpretado como figura retórica y eso mismo demostró ser: la prueba está en que nadie fue destituido del cargo ni fusilado por no haber echado mano de tan radical medida. Imagínense ustedes, tropas de soldados avanzando sobre barrios residenciales y sobre villorrios paupérrimos, pateando puertas tanto en las mansiones como en las chabolas, a punta de fusil, “A ver, quién es el nadador de la familia”. La gente, aturdida y presa del pánico, empezaría a nombrar a parientes y amigos, a delatar sus domicilios o sus trabajos. Sin contar con que, en el caos, los que supieran nadar lo negarían, temiendo que sobre ese saber caiga un castigo; y los otros, los que a nadar nunca aprendieron, pensarían que salvan el pellejo diciendo, “Sí, señor soldado, yo sí sé nadar”. La cosa se saldría de control.

El ministro de relaciones exteriores habló por el sistema nacional de televisión frente a tres micrófonos y una docena de periodistas a los que no les respondió ni una sola pregunta. Con el insigne pabellón de fondo y un cuadro del no menos insigne Señor Presidente, el ministro parece tener prisa por terminar de leer las tres carillas de un llamado a la nacionalidad plagado de lugares comunes y lisonjas demagógicas, concreto, al punto, “el que quiera venir, que venga, y el que no, cargará con el peso de la derrota, la peor de todas las derrotas, que es no disponerse cuando la victoria llama, negarle el cuerpo a quien nos dio la vida, a la madre entre madres, la tierra que nos da cobijo y pan”. Si estuviésemos allí, seguro aplaudiríamos de pie y daríamos ese paso al frente que reclama, por no decir que exige, esta arenga revisada, corregida y aumentada por el propio Teodoro Nguema.

Todos los diarios y todas las revistas reprodujeron el llamado a los nadadores en la página central, con un collage de fotos a todo color de motivos deportivos y a cuatro columnas, con la bandera nacional como marco. En cada tanda comercial aparecían imágenes de las olimpíadas, con un motivador fondo musical de Vangelis y una voz en off, la voz del mismísimo presidente de la nación, convocando a los nadadores ecuatoguineanos a lo que será una verdadera gesta deportiva.

Hasta un dirigible con los colores de la bandera, piloteado a control remoto, anduvo sobrevolando a baja altura la capital, atronando desde sus parlantes las consignas que la gente llegó a saberse de memoria al segundo día de verlo volar sobre Malabo.

Un despliegue de imágenes, color y sonido que nada le debe a las fastuosas campañas electorales en las que el único candidato es ya saben quién. Costos y cifras que el ciudadano común no puede ni quiere conocer.

Ni un solo centavo de ese gasto sideral halló justificativo: Pasados seis días del plazo impuesto por Nguema no se presentó nadie. Pareciera como que ningún habitante de este bendito país sabe nadar. O lo que es peor, podría decirse que ningún nadador se dignó a acudir al llamado de la Patria.

El séptimo día, lejos de poder descansar, el equipo de publicidad y los encargados del reclutamiento de nadadores, se reúnen para encontrar una salida, una extensión del plazo, un cambio de estrategia, plantean que se podría “importar” un atleta de Camerún o de Gabón, del Congo, llegado el caso, los papeles de nacionalidad se arreglarían en el día. O como último recurso, pedir clemencia para sus vidas.

En ese trance se encontraban cuando la puerta se abre y aparece una secretaria vestida con un conjunto deportivo verde, azul y rojo y dice, “Hay un señor que viene por la convocatoria de nadadores”.

 

4

 

La junta de reclutamiento y evaluación, instalada ad hoc en el Hotel Ambassador, se organiza en medio de un revuelo de papeles, sillas y mesas que se arrastran, al tiempo que su director, también designado para la ocasión, Julien Toledo, le dice a la secretaria, “Hágalo pasar”.

El señor que viene por la convocatoria apenas cruza por el marco de la puerta. “Dos metros”, calcula mentalmente Toledo y su instinto le dice que es un buen comienzo. Sonríe. A su diestra se acomoda Sofía Hussaini, profesora de danzas clásicas e instructora de pilates.

El candidato dice llamarse Éric Moussambani, debe tener veinte o veintidós años y, ahora que está cerca, tiene la cara como la de un niño. La boca más grande de lo que cabría esperarse en una cabeza pequeña y triangular que recuerda a un roedor, las orejas más pequeñas de lo que se espera para esa misma cabeza antes vista y descrita. Y si lo que uno espera es ver una nariz ancha, ahí está la nariz de Moussambani, satisfaciendo de sobra las expectativas. Los ojos, pequeños y alertas, más separados de lo que deberían estar, le dan cierta apariencia de pez.

Julien Toledo olvida el rostro caricaturesco, o ni siquiera lo tiene en cuenta, cuando el joven se despoja de sus ropas para subirse a la báscula: noventa y siete kilos. La cuadrícula perfecta del abdomen, los bíceps del tamaño de un coco, cada músculo de ese cuerpo como tallado a formón, la espalda invencible.

Altura, peso, longitud de las extremidades considerando sus articulaciones, ancho de los hombros, longitud y diámetro del cuello, talla de la ropa y del calzado, piensa Moussambani que de esa planilla se podrían tomar las medidas para su féretro.

   Completada la que podría denominarse parte analítica del reclutamiento de Éric Moussambani, se produce un silencio un tanto incómodo, como si nadie supiese lo que viene a continuación, como si a continuación no viniese nada. O peor aún, como si lo que viniese fuera una tragedia descomunal ante la cual sólo resta guardar silencio. Todos mirándolo a Moussambani, Moussambani mirándolos a todos.

“Bien, muchacho”, dice Julien Toledo, quizá con la intención de ganar tiempo o de perderlo, el tiempo que le permita rematar este momento, que esta entrevista no parezca lo que en verdad es, una cuestión improvisada. Hay que guardar las buenas formas de un arduo proceso selectivo. “Ahora, póngase a entrenar duro”, concluye Toledo al tiempo que coloca en una carpeta las planillas del flamante nadador.

Una sonrisa franca ilumina la cara de Moussambani y sus facciones se vuelven más infantiles, como si hubiese rejuvenecido diez años desde que entró al vestíbulo del hotel. Explica, con la timidez de quien cree estar cometiendo un error, que no tiene entrenador. Y aunque lo tuviera, le estaría faltando un lugar para entrenar.

 “Señor Moussambani”, dice Toledo, a quien parece no hacerle gracia el chiste, “todo lo que necesita para entrenar es agua”. Y agrega en un tono catedrático, “Agua: el setentaicinco por ciento del planeta en que vivimos es agua”. Parece no haber escuchado lo de la ausencia de entrenador.

Entonces Sofía Hussaini hace la madre de todas las preguntas. Mucho tiempo después del suceso, la señorita Hussaini aún no podía o no sabía explicar por qué preguntó lo que preguntó, ante el azoramiento de todos los presentes, incluido el propio Moussambani, “¿Sabe usted nadar?”.

“Bastante”, confiesa Éric Moussambani. Y amplía ese bastante, porque sabe que no es bastante, diciendo que nada en el mar, al lado del barco de su amigo Silvestre, pescador de oficio, que es quien le enseñó los rudimentos del arte de desplazarse por el agua; que una vez llegó a saltar desde una roca que se alza cinco o seis metros sobre la superficie del mar y otros datos que tratan de dar alguna referencia remota sobre las habilidades del nadador. Tal vez nadar sea un término excesivo para describir lo que Éric hace junto al barco de Silvestre, pero como no nos toca a nosotros definir qué es nadar y qué no lo es, mejor guardamos silencio. Lo cierto es que aquí pudo ser el fin de la historia y de las aspiraciones deportivas de este joven de veintiún años, la edad se confirma en la planilla. O, por lo menos, el principio del fin, con un Julien Toledo profesionalísimo, conduciendo al candidato hasta una piscina olímpica, con las planillas que acaba de rellenar debajo del brazo, el cronómetro en una mano y el silbato colgando del pescuezo, “Nade, Moussambani, trate de cubrir los cien metros, o sea, ida y vuelta, en un tiempo igual o menor que este que ve aquí, que es la peor marca de las olimpíadas pasadas”. Y Moussambani se tiraría al agua y nadaría, demostrando así, en esos movimientos desesperados, que más parecen de alguien que está en serias dificultades, que no es la persona indicada para intervenir en una competencia de las características que, aunque sea a medias y de oídas, casi todo el mundo conoce. “No, Moussambani, su estilo es un asco. Vaya y entrene con alguien que sepa, no con Silvestre”. Allí acabaría todo, con la sonrisa agresiva y triunfante de Toledo y la cabeza gacha de un Moussambani mojado y avergonzado, una docena de postulantes esperando su turno. Pero sabemos, ahora lo sabemos, que no fue así como sucedieron las cosas. Primero porque Éric Moussambani fue el único postulante, en todo este país de poco más de un millón y medio de habitantes, fue el único que se presentó al llamado de la patria. Y segundo y definitivo, porque en este mismo país del que venimos hablando, en la República de Guinea Ecuatorial, no hay piscinas olímpicas. Ni una sola.

 

5

 

Nos encontramos aquí, pues, frente a un primer obstáculo en el relato, que no lo fue para Moussambani, como más adelante se verá. Peor que un obstáculo es esto que enfrentamos, ya que un obstáculo se puede superar pasándolo por encima o dando un rodeo por el costado. Esto es un real vacío, un agujero negro, un abismo sin fondo, un espacio y un tiempo inefables, palabras y gestos únicos, irrepetibles y de los que no ha quedado registro alguno, una nada absoluta que sólo puede completarse con alguna hipótesis, siempre descabellada, y una gran carga de buena voluntad. O hablando con el protagonista principal, Éric Moussambani, para preguntarle en qué diablos estaba pensando cuando decidió, no aceptó, decidió intervenir en una competencia a nivel mundial, a la vista de toda la humanidad, contra deportistas que vienen preparándose desde hace años, décadas quizá, para tener un lugar y tener el honor de representar a su país, Rusia, China, Estados Unidos, Alemania, en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 ¿Qué cree que va a pasar, señor Moussambani, cuando se lance de cabeza al agua, en una piscina como usted jamás en su corta vida ha visto, de cincuenta metros de largo y un ancho que no viene al caso, a tratar de ganar una carrera contra atletas que nadan como delfines? No hace falta que responda, señor Moussambani, ya sabemos lo que va a pasar. Lo que queremos, lo que necesitamos saber, es por qué. Por qué someterse al oprobio de una derrota anunciada, contra un adversario superior, quien quiera que ese adversario sea. Cuál es el pretexto que habrá de esgrimir Éric Moussambani cuando se le pregunte por qué ocupa un lugar que desde ningún punto de vista le corresponde, que no le corresponde simplemente porque hay cosas que no deben suceder, no pueden suceder. Y aquí damos las narices contra la antiquísima afirmación, hecha millones de veces por nuestros antepasados y que habrá de ser repetida por generaciones adelante: “Hay cosas que no deben suceder y suceden”.

Y mientras nosotros estuvimos buscando los porqués, la quinta pata al gato, el pelo en la sopa, el cuerno en la cabeza del caballo, tocino en la verdulería, explosivos en la correspondencia del comandante Nguema y demás sofisticaciones buscadas y no siempre halladas por quien sólo desea oponerse a la inexorable inercia de los acontecimientos. Mientras tanto, decíamos, Éric Moussambani se pone a entrenar. Sin entrenador, sin la indumentaria apropiada, Moussambani entrena. A conciencia, con la tenacidad y la obcecación de quien se sabe y se reconoce como un ganador potencial, un acreedor legal al oro del primer lugar en el podio.

Ante la ya aludida falta de albercas olímpicas en todo el territorio nacional, Guinea Ecuatorial ofrece, en sus bellísimos trescientos kilómetros de playas, un marco ideal para cualquier nadador. Para cualquier nadador que esté planeando tomarse unas vacaciones. Para Moussambani, en cambio, el ya complicado entrenamiento florece en más complicaciones, como la imposibilidad de medir los tiempos y las distancias, en este constante ir y venir de las olas, hacia adelante y hacia atrás, la sal que se mete por la boca y por la nariz, en los ojos. Y mueve los brazos Éric, agita las piernas como Silvestre le ha dicho que haga, el torso recto, evitando el giro como de tirabuzón al que tiende en cada braceada, tratando sin éxito de sincronizar la respiración con el meter y sacar la cabeza del agua. Va Éric, sin referencias con que compararse, sin referencias de sí mismo, con las palmeras y la arena como únicas pistas del sitio adonde debe llegar. O morir en el intento.

Por suerte no todos los vientos soplan en contra de Moussambani. Aunque el respaldo del gobierno no se ha hecho visible aún, hay entidades privadas que no escamotean recursos cuando se trata de apoyar al deporte y a los deportistas, como es el caso del Hotel Ambassador, que puso su piscina a disposición de la Federación Nacional de Natación, en la persona, claro está, de Éric Moussambani. La piscina en cuestión no llega a tener los cincuenta metros que se requieren para que sea olímpica, apenas llega a la cuarta parte de esa extensión que la voluntad de Moussambani multiplica por mil, por diez mil, hasta el infinito, al margen de la injusta limitación temporal, añadida a las muchas limitaciones que ya conocemos, de que el lugar podrá ser utilizado para los entrenamientos únicamente entre las cinco y las seis de la mañana. Vean ustedes el calibre del despropósito, teniendo en las manos una tarjeta de presentación semejante, nada más y nada menos que la presencia de un nadador olímpico compartiendo las aguas y su inusual experiencia con los huéspedes del hotel, turistas que, como bien sabemos, adoran las experiencias inusuales; en lugar de utilizar, en el mejor de los sentidos, el nombre y la imagen de Éric Moussambani como atractivo viviente del establecimiento, el Hotel Ambassador prefiere relegar al esforzado atleta al anonimato de la madrugada, aún frente a la evidencia inapelable de que a esa hora, recordemos, entre las cinco y las seis de la mañana, ningún huésped de ningún hotel del mundo se lanza a la piscina como si hubiese estado esperando toda la noche para zambullirse. Ahí va Éric después de entrenar, en la mañana apenas fresca, de regreso adonde lo espera su madre, era impensable esta historia sin la participación de una madre abnegada, que espera a su hijo, frío y húmedo como el anfibio en el que debe convertirse en los próximos ocho meses, lo envuelve en una toalla y le pregunta lo que todos nosotros queremos preguntarle, “Qué rayos tienes en la cabeza, Éric”.

 

6

 

Lucía Malonga es el nombre de la madre abnegada que esta historia reclama. Ella es la que prepara el mejor pepesup del país. O al menos eso dice Éric, con los ojos inyectados y la frente sudorosa a causa de la pimienta que da nombre al plato, “pepper soup”, que en boca de los lugareños seguirá siendo pepesup. “Un alimento portentoso”, asegura Lucía, que además de neutralizar los síntomas de la resaca, fortalece los músculos y los tendones y, según se dice, potencia la virilidad.

El pangolín con chocolate, la bambucha y el dongo-dongo, junto con el ndolé, el egatho y la pambota, no son juegos que juega la niñez en este país, sino que se trata de las delicias gastronómicas con que Lucía Malonga regala a su hijo, ciudadano si no ejemplar, por lo menos libre de antecedentes, con un futuro más o menos promisorio como ingeniero informático, fuerte y saludable, sin la necesidad de convertirse en un hazmerreír a los ojos de todo el mundo, nadando sin saber hacerlo. Por eso de nuevo la pregunta de la madre, “¿Qué pretendes demostrar, hijo?”.

Éric Moussambani piensa que la pregunta es retórica, por eso no la responde, tiene en los ojos una sonrisa perenne que, para quien no lo conozca, puede resultar hasta fastidiosa. Al menos por ahora nadie, ni siquiera Lucía, debe saber que el anhelo que lo movió desde un principio, el motor de toda esta aventura vertiginosa que nadie sabe dónde irá a acabar, la razón primordial que se impone a la vergüenza de no saber nadar, es el deseo de volar. La suma de todas sus fantasías, el sueño recurrente desde que recuerda que sueña, lo primero que se le venía a la cabeza ante la pregunta que a todo niño se le hace “Qué quieres ser cuando seas grande”, era cualquier trabajo que signifique moverse en un avión, avioneta o helicóptero, despegarse del suelo, ganar altura, ver lo que ven los pájaros, la inmensidad de los cielos fundiéndose con la inmensidad de los mares. Abordar un avión es, para el niño Éric, el propósito y la causa de estar vivo: es la consumación de todas sus ilusiones. El Aeropuerto de Malabo, el rugir ensordecedor de las naves carreteando por la pista, él trepándose a una de esas naves y, ya en el umbral la escotilla, el bolso en bandolera, dándose vuelta y saludando con la mano a Lucía Malonga, “Voy a volar, madre”. Para eso piensa Éric Moussambani que está en este mundo, para volar. Y toda esta contradicción, toda esta comedia del nadador aprendiz, esta parodia del deportista tenaz, va a conducirlo, como por un río, a la concreción del sueño de volar. Claro que esto no lo va a reconocer hasta mucho tiempo después, cuando sienta o vea que la gente está dispuesta a perdonarle cualquier cosa o todo. Ahora se vive una especie de sugestión colectiva, el pueblo en su totalidad creyendo, pensando y diciendo que Éric Moussambani, hijo dilecto de Guinea Ecuatorial, puntualmente de Malabo, va a ir a representar al país en el evento mayor del deporte universal, un heraldo del atletismo africano portando la divisa de una nación que aspira a grandes objetivos y que está dispuesta a luchar por alcanzarlos, un adalid de la sana juventud llevando a Sídney la antorcha de un resarcimiento histórico, una reivindicación de los humildes y los oprimidos. Todo eso dice, cree y piensa la gente de Guinea Ecuatorial. Y Éric Moussambani no va a defraudar a su gente.

 

7

 

Quienes viven en un país chico, por no decir diminuto, saben lo que significa el aislamiento en un sentido total, el estigma de ser un desconocido, de sentirse ignorado, la tristeza rabiosa nacida de que nadie sepa con precisión el lugar que ocupamos en el globo terráqueo, si no pregúntenle a los de Andorra o de Belice, Mónaco habría corrido la misma suerte de no ser por las carreras de fórmula uno. Aquí la esperanza tiene nombre y apellido: Éric Moussambani. Aquí, En Guinea Ecuatorial, se ha encendido una luz sobre este escudo que, en perfecto castellano, declara Unidad, Paz y Justicia sobre todo el territorio nacional que hace más de doscientos años fue parte administrativa del Virreinato del Río de la Plata, sanguíneamente ligado a la Argentina, quizá de ahí le venga a Moussambani esta virtud de sacar conejos de la galera, aun cuando ni galera tiene.

También puede decirse, de Guinea Ecuatorial, que tiene una parte continental y una insular, con la capital instalada en la isla de Bioko, duplicando como en un espejo la noción literal de aislamiento. Malabo es, por pequeña que sea, una capital como cualquier otra, aceptando las lógicas proporciones. Con los “imponentes” catorce pisos de la Torre Gepetrol contrastando con el estruendo de colores en el Mercado SEMU, con su barrio colonial y su Pico Basilé coronado de nubes, Malabo reina sobre el Golfo de Guinea su reinado sin cetro ni corona.

No es este un infierno tan grande como podría sugerir el tamaño de tan pequeño pueblo, pero basta para que casi todos los habitantes sepan quién era Éric Moussambani antes de ser Éric Moussambani. Y ahora que, quitando el adverbio “casi”, todos saben quién es Éric Moussambani, las calles se transforman en un desfile al paso del atleta olímpico. Las madres que levantan a sus críos a la altura del gigante, para ponerlos cara a cara con la gloria del deporte, mientras el gigante va al entrenamiento con una toalla al cuello, flanqueado por la madre y por el amigo Silvestre.

-Es el hijo de Lucía Malonga.

- ¿Cuál de ellos?

-El único.

Y con la humildad de quien recibe una dádiva, Moussambani responde a los saludos agitando una mano, inclinando la cabeza, la sonrisa indeleble.

El triángulo formado por la casa que comparte con Lucía Malonga, la playa de arena blanca y la piscina del Hotel Ambassador, será para Éric Moussambani su mundo en los próximos ocho meses. Ocho meses de entrenar a ciegas, sin orden ni concierto, con la única compañía de Silvestre el pescador; ocho meses de la más rigurosa dieta, observada y hecha observar por la no menos rigurosa Lucía Malonga, que se esmera en la pambota y en la bambucha, con la premisa inflexible de que podrán decir cualquier cosa de su hijo Éric, pero nunca que el muchacho está desnutrido; ocho meses nadando con el mismo traje de baño, una bermuda verde con un estampado de piñas y triángulos de colores que cada noche Lucía lava y cuelga detrás del refrigerador, para que en la mañana esté casi seca; ocho meses cultivando en silencio, con la paciencia y la dedicación de un jardinero japonés, dándole forma, como haría un alfarero, al secreto placer de verse ya a diez mil metros de altura, completamente desinteresado de una posible carrera a nado contra desconocidos.

  

Nadie podrá decirle a Éric Moussambani que el tiempo pasa volando, para Éric Moussambani el tiempo pasa nadando. Ocho meses resultan un parpadeo para cualquier deportista que desee incrementar rendimientos, ganar o perder kilos, alcanzar o superar marcas, pero se vuelven una eternidad para quien espera el día y la hora que se convertirán, sin dudas, en una experiencia trascendental, en un gran salto a la conquista de los cielos: Éric Moussambani cuenta las horas que faltan para abordar el primer avión de su vida.

Un día cualquiera el cielo se derrama con furia sobre Malabo, truenos y relámpagos enmarcan esta tormenta típica del trópico, las gotas azotan la ventana con un tableteo de metralla mientras Lucía Malonga trata de leer el futuro de su hijo en la borra del café. Éric espía el barrio a través de la lluvia, si se lo nota algo inquieto no es porque se haya malogrado un día de entrenamiento, tal vez más, en lo que dura el temporal, sino porque acaba de recordar que a fines del año pasado, en Botsuana, un piloto enloqueció y estrelló la nave que conducía contra otros aviones parados en la pista. La única muerte fue la del tipo, un tal Phatswe, o algo así, pero el pánico de los pasajeros habrá sido épico, una escena de catástrofe. “Tengo miedo”, escucha Lucía, que levanta la vista de la taza y ve a un desconocido, un hombre adulto y serio que jamás había visto antes y que la mira desde una incertidumbre que pide a gritos el auxilio de una certeza. Lucía comprende, cómo no habría de comprender, si casi puede sentir el mismo miedo royéndole las entrañas: el hijo va a enfrentarse con otro país, con otras culturas, otros idiomas, las multitudes. Se lo hace saber.

“No, madre”, dice Éric y vuelve a ser el niño de siempre, “tengo miedo de no vivir para contarla”.

Moussambani va a vivir y va a contar, ningún piloto suicida se interpuso entre él y este día que al fin llegó. De la docena y media de personas, entre familiares y amigos, que vino a despedir al hijo de Lucía Malonga, así lo llaman, nadie ha tenido jamás una oportunidad como ésta. Después hablamos de las Olimpíadas, ahora vean el resplandor de este día, con el sol vibrando sobre la pista de aterrizaje como en las arenas del distante Sahara, el viento del oeste que, a pesar de venir fresco, enseguida arde y hace arder todo lo que toca. El avión de Éric es ese que está ahí, parece un rascacielos echado sobre ese pavimento fulgente, una ballena monstruosa de cristales y metal, máquina de pavor que, siendo mucho, muchísimo más pesada que el aire, habrá de elevarse por sobre las nubes, por encima y más allá de los sueños de Éric Moussambani.

  A partir de aquí va a seguir solo, pasará por los escáneres con la angustiosa sensación de que fue abandonado a su suerte, de que está entrando a un lugar de reclusión eterna; de que, desde ahora y para siempre, a partir de que ese sello golpee la hoja intacta de su pasaporte, todo lo que le suceda estará completamente fuera de su control.

Luego de una eternidad extendida, luego de escalas que Moussambani no puede precisar dónde fueron realizadas ni cuánto tiempo duraron; luego de haber intuido Éric, como una amenaza, el tamaño del mundo, su avión aterriza en Australia.

 

8

 

“Carajo”, piensa Éric Moussambani. Y también piensa, “mierda”. Y por último piensa, “puta mierda”. Tan parcos como explícitos son los pensamientos que piensa Moussambani hasta que logra hacerse a la idea de que es esa distancia la que deberá nadar. Dos veces.

Abismado, sin nadie a quien contarle su estupor, parado en un extremo de los cincuenta metros de agua limpia y sin corrientes ni oleaje, mirando hacia la otra punta como habrá mirado Colón el horizonte incierto, piensa Moussambani que quizá lo mejor será irse por donde vino, sin desarmar las maletas, después de todo ya voló, ya tocó el cielo con todo el cuerpo.

Observa a los otros nadadores, mejor dicho, a los nadadores de verdad, precalentando el cuerpo, elongando los músculos, haciendo unos ejercicios que Éric nunca, en sus veintidós años cumplidos en mayo, se imaginó que existieran. Hoy no es día ni horario de entrenar para él, que recorre el borde de la alberca con esa actitud de turista extraviado. Las manos en los bolsillos de la bermuda devenida en talismán, Moussambani observa y trata de retener hasta el último detalle, cada movimiento, cada gesto, cada palabra que escucha en relación a esos cien metros libres. A la noche va a mirar unos videos de competencias anteriores. Entonces ve una filmación del ruso Aleksandr Popov, que hace cuatro años, en Atlanta, cubrió la distancia en menos de cincuenta segundos, calcula pues, Moussambani, que si logra hacerlo en un minuto está conforme. Duerme.

A la mañana siguiente Moussambani va a enfrentarse con los primeros cincuenta metros ininterrumpidos de su historia como nadador olímpico.

Enseguida llama la atención de uno de los entrenadores, que sigue con atención los movimientos de náufrago, la desprolijidad con que Moussambani apenas logra mantenerse a flote, “Nadas raro, hijo”, le dice en un perfecto inglés que Éric llega a comprender y es como que le muestra una salida al laberinto en que se encuentra. Superando como puede la vergüenza y la timidez, se confiesa. Puesto en su papel de mentor de emergencia, el entrenador, sudafricano de origen, le enseña a Moussambani los movimientos básicos para un mayor rendimiento, cómo dar la vuelta e impulsarse al llegar a la primera mitad del recorrido. El tipo cree que no vale la pena utilizar el cronómetro. Le regala a Éric un traje de baño de competición y las antiparras, “Vas a hacerlo muy bien, muchacho”, le dice descorazonado.

 

9

 

La tarde anterior a la competencia, Moussambani conoce a Karim Bare y a Farkhod Oripov, dos nadadores que vinieron a dar a Sídney conforme al mismo beneficio que le correspondió a él, esto es, con la participación asegurada, aunque naden estilo perrito. Los tres encuentran cómica la situación, se genera cierto clima de camaradería que casi llega a fraternidad, a pesar de que se comunican ayudados por gestos, en un inglés peor que su estilo de nado. De repente, Éric Moussambani se queda serio, como si recordara o tratase de olvidar algo, “this is a fucking prank”, dice, con una pronunciación bastante buena. Los otros dos, nigerino uno, que no es lo mismo que nigeriano, el otro tayiko, entienden lo que significan esas palabras, pero no comprenden a qué se refiere Moussambani. Entonces Moussambani se explaya, comienza a hablar de corrido, como si estuviese repitiendo palabras que ya fueron dichas mil veces, en otros lugares y por otros Moussambanis, sobre la presión que reciben desde todos lados los países en vías de desarrollo, o sea que ni a desarrollarse han comenzado, para que formen parte del gran concierto de las naciones, aunque sea como instrumentos desafinados y obsoletos; les dice que ellos tres fueron puestos ahí, en esa vidriera mundial, para escarnio de todos los pobres del mundo; para ser vistos como monos que reciben una recompensa por hacer sus monerías, para que se vea y se sepa lo buenos que son los países ricos, lo magnánimos, lo filántropos que son, aceptando que los miserables del barrio jueguen en su patio. Éric Moussambani parece poseído por el espíritu de Martin Luther King o de Gandhi, “No les vamos a dar el gusto”, dice con la voz bajo un cono de rencor.

El caudillo Moussambani expone ahora un plan que parece haber sido pergeñado junto con la fantasía de volar. Acentuando las palabras, pegando con un puño sobre la palma, sobre una rodilla, abriendo muy grandes sus ojillos de ratón. La idea de Moussambani es tirarse al agua a la primera señal, esa que es para prepararse, y permanecer flotando sin nadar, de este modo, según le explicó el entrenador sudafricano, deberán ser descalificados los tres, “Nosotros no seremos sus payasos”, termina Moussambani.

 

10

 

Esa noche ninguno de los tres conjurados duerme un sueño apacible. Miles de planteos morales zumban como insectos detrás de seis orejas hasta clarear este día que va a quedar grabado a fuego en la historia del deporte, de Guinea Ecuatorial, de Níger, de Tayikistán y, por qué no, del mundo.

La inmensidad de la piscina se divide entre tres hombres con los nervios de punta, no por el resultado de la competencia, claro está, sino porque están por mostrar al mundo algo que sin dudas el mundo nunca vio. Éric Moussambani tiene la misma ropa que cuando bajó del avión, una remera amarilla y un pantalón azul, ambos colores mustios, alejados del brillo de la ocasión, un contraste lamentable con lo que debería ser y no es. El cansancio de una noche mal dormida está instalado en la cara que, no obstante, luce imperturbable. Los parlantes anuncian la hora de la verdad, si es que puede llamarse así a este momento en que los competidores se liberan de la ropa y se suben a los poyetes sin atreverse a cruzar sus miradas. Moussambani es el único de los tres que no viste el moderno traje de neopreno, el único que no tiene gorro de látex, el único que no tiene el cuerpo depilado, el único que no salta cuando la voz metálica dice “on your marks”.

Karim y Farkhod al agua, envueltos en un estruendo de burbujas y de desconcierto. Éric Moussambani, el caudillo, el ideólogo de este acto si se quiere subversivo, el atleta de los oprimidos, permanece en su lugar, doblado sobre sí mismo. Los fiscales de la competencia se reúnen a deliberar, en las tribunas por fin reina un silencio expectante y la gente pone sus ojos en Moussambani, que baja del poyete y espera una decisión.

Nadie va a ver por dónde desaparecen el nigerino y el tayiko, sólo Moussambani, “Sorry, muchachos”, piensa, “hace sólo cuatro días participé del desfile inaugural, portando la bandera de mi país, junto a una muchacha que me llamó compatriota, toda una vida atravesada por un deseo, un momento y una oportunidad únicos, los mentados quince minutos de fama, en este caso ni dos, no voy a tirar todo por la borda por un orgullo que no tengo, y si lo tuviera, no sabría explicar su origen. Un país entero me está observando. Y una mujer, llamada Lucía Malonga, cree que su hijo es capaz de una hazaña. Pienso que viví veintidós años con el único, firme y elemental objetivo de llegar a este día. Hoy es el día de Éric Moussambani”.

El tribunal decide que, a pesar de la descalificación de los dos rivales, Moussambani deberá nadar sus cien metros. Hoy, martes 19 de septiembre del año 2000, Moussambani va a establecer el peor récord de la historia en la categoría; ante un público que lo ovaciona en cada torpe brazada, Éric, cuyo nombre significa “gobernante de todos los tiempos”, va a llegar a la meta contra todos los malos augurios, contra su propia ignominia, contra su mezquindad propia. Y antes de que el agua se le escurra del cuerpo habrá alcanzado la estatura de leyenda.

 

 

Mano Vogler

 

Inédito. Vogler es autor de varios libros. Entre ellos la trilogía Delincuento y la novela Esperanza y la muerte. Paralelo 27, novela, salió este año. Email: mano38@live.com.ar

 

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