El querido tío Julián

domingo 03 de septiembre de 2023 | 3:50hs.
El querido tío Julián
El querido tío Julián

UNO

Hay muertes súbitas que no dan lugar a las despedidas.

La del querido tío Julián en cambio, fue una larga marcha hasta llegar al más allá. De modo que pudo despedirse hasta del último conocido y de todos sus parientes.

Así, para el velorio, no hubo reproches para nadie que haya faltado, pues fue una noticia anunciada con el tiempo necesario para que todos estuvieran. Nos queda a las personas esa rara cualidad de honrar al difunto resaltando los valores e ignorando hasta sus más gruesos errores, excepto a mí, claro, que siempre fui impiadoso con los muertos. El hijoeputa muerto, bien muerto está. Y además, es una lástima que no se le haya ocurrido practicar hacerlo antes.

El hecho de ejercitar la verdad para con los otros, ya que para mí siempre la disimulo, me convierte en otra clase de hijoeputa; la de aquellos que se barnizan de autenticidad, pero bien esconden sus propias tropelías.

Y ahí van todos, tal vez por miedo a la muerte o como una forma de rendirle pleitesía, desfilando frente a un cajón, amigos y enemigos, con la cara de tristeza que imponen las circunstancias.

Hay dolor, pero sólo en algunos. Otros, poniendo el cuerpo a ocupar un lugar y número y aprovechan- do, de paso, el viejo ritual campestre de ofrecer un asado a quien vino a despedir al difunto, sólo son acercados por el humo de la parrilla.

El pueblo chico no es solamente un infierno grande. Se diferencia del que existe en las grandes ciudades en que aparte de ser mayúsculo, también es a me dida de sus protagonistas.

En mi pueblo y en el entierro del querido tío Julián alcanzaron proporciones dantescas.

Amantes y concubinas despidiendo con honores aquel que se cansó de dejar hijos sin reconocer y s cuidados. Viejas y peores aún, jóvenes mujeres que detestándose, presurosas averiguaban cuanto podían de lo peor de sus enemigas y cuando no lograban encontrar algo, lo inventaban sin piedad, para propalarlo con la fuerza de un megáfono pegado a la oreja, se encontraban saludándose con besos en las mejillas sin poder esconder en la sonrisa que se prodigaban el clásico: ¡ojalá que te mueras vos también!

Y en ese carrusel de atropellos humanos, que algunos callan por piedad convirtiéndose así en los mejores de la especie, ahí, justo en el centro de la escena, viendo en primera fila el espectáculo que nos trae la muerte, quiso ponerme el destino.

Por suerte ya nada me asquea. Será, tal vez, porque con la práctica me he convertido en el peor de todos. Y a todos les sonrío pensando en el asado que me voy a comer y el vino que voy a tomar. Que, para mí, es lo único que vale, ya que llorarlo al querido tío Julián es en balde. Él, ya se fue y no escucha ni ve.

Yo también, cuando tuve la oportunidad de acercarme hasta su cama de moribundo para la última despedida, estuve un rato largo a su lado. Aproveché todo ese tiempo para cargar saliva en la boca. En un momento en que nos quedamos solos, se la escupí toda en la cara, sonriéndole después. Y debo aclarar que nunca me hizo nada malo. Probablemente porque no pudo o no le di oportunidad. El salivazo fue por delegación irrenunciable de otras personas. De todos aquellos que jodió en vida. Y él lo supo. Por eso, se limpió como pudo la cara, ya que en sus últimos instantes de vida apenas se movía. Y a nadie dijo nada.

Cuando por fin lo llevaron me salvé de cargar el cajón escabulléndome entre la gente. En el cementerio miraba desde lejos la postal panorámica de dolor de unos pocos, la careteada de muchos y el verdadero amor de ninguno.

Creo que el único sincero fue el pastor que, casi sin conocerlo, lo despidió con la piedad que seguramente nace de saber de la inconclusa y pobre labor en que se esfuerza toda alma por ser mejor y al final, fatalmente fracasar.

Exaltaciones de amistad traicionadas, jurados amores eternos olvidados y otras delicias en las cuales nos extremamos en superarnos día a día, nos convierten con el paso de los años en actores consuma- dos de la farsa de vivir indignamente, pero eso sí, con la exquisitez de las buenas costumbres.

Por mi cara acongojada pasaron todas las miradas del cortejo, convirtiéndome en el típico doliente que no se resigna a la pérdida del amado y alejado ser. Rehusé la invitación a ser llevado desde el cementerio hasta la casa para acompañar a la familia, con monosílabos que nada decían y que todos interpretaban como un hecho cierto que necesitaba una despedida a solas con el querido tío Julián.

Tuve que esperar un buen rato. Lo que me llevó a suponer que alguno de verdad sentía dejar solo al finado o bien era más caradura que yo.

Cuando no quedó nadie y los muchachos de la pala, cumplida finalmente su función me miraron interrogantes, les di una buena propina, diciéndole que, por favor, me dejaran solo. Por poco me abrazan los pobres.

El sol en lo alto del cenit, aplastaba a humanos y plantas en un calor insoportable, preludio del infierno que seguramente le tocaría al querido tío Julián, dejando al cementerio vacío de todo rastro humano.

Fue entonces que abriendo mi bragueta, la saqué y oriné todo el contenido que apretaba mi vejiga sobre la húmeda tierra que aprisionaba, por suerte y para siempre, al querido tío Julián.

Nunca pensé que podía orinar tanto.

Después sí, ya enteramente satisfecho física y emocionalmente, me acomodé la ropa y con paso firme me fui a disfrutar del vino y el asado que generosamente me esperaban en la chacra brindado por la familia a todos los allegados.

DOS

El paso firme de Alberto pretendía demostrar todos los presentes, que se había recuperado de su hondo dolor. Desde el portón de entrada hasta la casa caminó esos doscientos metros cubiertos de gente agrupada en pequeños círculos que lo miraban con cautela, pero sin indiferencia.

Sus pasos lo llevaron a mezclarse con un grupo de tíos y sobrinos en una arboleda a metros de la construcción principal: Todos los temas de conversación tenían el tono callado y sereno que imponía la muerte tan cercana.

Estaba en verdad desprevenido en una charla insustancial, lo cual motivó más su estupor. Ella apareció de pronto detrás de una enorme morera, como si fuera una de sus ramas caídas que tomara vida y forma humana.

Al verla acercarse comprendió que nunca vería a mujer alguna tan bella sobre la tierra.

La sonrisa de Angélica lo acarició desde lejos y cuanto más se aproximaba a su estática figura, más candorosa se le antojaba.

Cuando lo tuvo cerca, le tomó ambas manos como se hace con los chicos y le dijo:

-¡Te he extrañado tanto!

Y todos los diques cedieron, inundándolo de amor. Ante el mutismo encantado de él, ella continuó -¿Vamos caminado hasta el arroyo?

Un gesto de asentimiento recibió como única respuesta.

Encararon por el sendero de los bananeros tomados de la mano como el par de novios que siempre quisieron y nunca pudieron ser.

Decenas de pares de ojos acompañaron la marcha que ni lenta ni apresurada los perdía en la espesura del monte.

Se sentaron en la misma piedra que de niños les servía de trampolín para sus arriesgados saltos al agua. La misma que de adolescentes acompañó tantos gestos de ternura. La misma que hace quince años atrás los despidió escuchando palabras amargas y reproches que aún duelen.

Al volver a estar juntos, comprendió en toda su intensidad algo que siempre sospechó. Había un solo ser capaz de desarmar su sólida armadura de cinismo. Y era ella.

Los minutos empezaron a correr sin que ninguno pronunciara alguna palabra, apretados en una esfera que los aislaba del tiempo y de la vida. Y es que las palabras apenas sirven para comunicar hechos comunes. El estar juntos en ese, para ellos mágico lugar, los eximía de justificaciones, aclaraciones y otras molestas menudencias. Únicamente sus manos unidas, desde que se encontraron, les transmitían todo lo que debían saber.

Cada uno pasando por su mente la película de quince años sin verse, inundada de personas, con aglomeración de pasiones que duraban, con suerte algunas semanas, trabajos inconclusos, sinsabores de la vida, fiestas y locuras pasajeras, como si todo aquello hubiera sido un camino para llegar a esta piedra, a este arroyo, que seguían siendo únicos, distintos, mágicos, prodigiosos y enteramente de los dos.

Al fin ella junto el coraje necesario para decir.

-No me animo a preguntarte cómo te ha ido. Aunque me han llegado ciertas cosas de vos de las que me da miedo hablar. Tenía necesidad de encontrarte y al mismo tiempo mucho temor. Tal vez sería mejor no hablar. Verte ha sido la cosa más maravillosa que me ha pasado en los últimos tiempos.

-Angélica, ¡por favor.....!- la cortó Alberto.

Separó su mano de la de ella y volvió el silencio, esta vez, no mágico sino cargado con la fuerza incontenible de la rabia que sentía por la vida.

-¿Es verdad lo que se dice de vos?

-Estoy segura de que se quedan cortos- fue la respuesta de Angélica.

-¿Tanto cambiaste? ¿O siempre fuiste así y yo nunca me di cuenta?

-Vos; yo, todos cambiamos. Pero sobre todo cambia el mundo. De vos sé que has hecho plata y no te ha importado el cómo.

-Y de vos sé que te has acostado con muchos y no te ha importado el con quién.

-¿Ves? Por eso el mundo ha cambiado. Si tu padre viviera se moriría de espanto al saber que sos un usurero. Y si mi madre viviera, sufriría al ver mi libertad. Hay cosas Alberto, que podemos cambiar. Otras, en cambio, la vida te las impone con la prepotencia bestial de un chaleco de fuerza. Y los únicos locos son, los que no lo llevan puesto.

-¿Y entonces? ¿De qué nos vale este encuentro? ¿Sirve para algo? Si yo ya soy un cínico hijo de puta y vos simplemente una puta. ¿De qué vale ese sentimiento que nos tiene apretados, jugando a ser nuevamente unos chicos?

-Alberto, lo que vos te estás preguntando es para qué sirve el amor. Y la verdad es que no lo sé. Lo que sí sé, es que es algo que se siente a pesar de uno. Y que te desarma.

-Yo te puedo querer mucho, Angélica, pero a mí nunca se me va a desarmar el recuerdo de la vez que te vi con el tío Julián desnuda en el galpón. Se le va a acabar el agua al arroyo antes de que me olvide de eso.

-Eso que pensás me da una idea de que aparte de quedarte en el pueblo, también lo has hecho en el tiempo. ¡Tenía quince años, Alberto! Y exceso de hormonas y faltantes en el cerebro. No confundas la vida con un episodio pequeño, muy pequeño.

-Si entramos a discutir, ya sé que me vas a ganar, como siempre. Aunque ahora, en este caso, me dejaría ganar para no herirte, más de lo que ya seguramente lo he hecho.

Ella lo miró con ternura y a pesar de él, volvió a tomar su mano diciéndole.

-Eso, dejame soñar, significa que me seguís queriendo. Y quiero decirte, porque sino lo hago ahora, no lo voy a hacer nunca, que tu amor, Alberto, ha sido la cosa más luminosa que me ha pasado en la vida.

Ningún otro sonido más que el canturreo del arroyo chocando entre las piedras cortó el largo silencio que los fue envolviendo en ese claro del monte misionero, con aroma a frutas y a cosa salvaje que impregnaron sus vidas desde su más tierna infancia. Y que por un acto de estricta magia, los seguía envolviendo en el tiempo.

TRES

La pared de un refulgente blanco, con sus cuatro de largo metros de largo por tres de alto, sin una mácula de nada, sin cuadros, sin llaves, sin nada, con su hondo magnetismo atrapaba la mirada de Alberto.

-¿Qué encontrará Angélica en esto?- se preguntó- en esta inútil desolación.

Aunque más de una vez estuvo a punto de iniciar una discusión al respecto, siempre se contuvo a tiempo.

Sobre todo al ver cómo ella empezó a usarla. En sus cada vez más largos momentos de meditación, ponía a su cuerpo en la posición del loto arriba de la cama o en el piso, mirando extasiada a la insondable pared blanca.

Cuando salía de sus trances, su actitud parecía que fuese la de servir al mundo. Sumisa, cero arrogancia, mucho amor. Claro, sólo en la superficie, ya que si había algo que no estaba dispuesta a hacer, nada ni nadie podía convencerla de realizar.

Salió del dormitorio caminando hacia la sala, prendió la tele con un movimiento reflejo ni bien se acomodó en su sillón. Esperándola.

Al rato, un remolino de polleras y paquetes anunció su llegada.

Como el afecto siempre superaba cualquier rencor o discusión que hubieran tenido, en cada nuevo encuentro, sus ojos y labios se encontraban y era volver a encontrarse con la vida.

-Alberto, tenemos que darnos un tiempo para hablar- dijo ella, como presagio de la tormenta que se avecinaba.

-¿Hablar, discutir, razonar? ¿Cómo será la cosa esta vez?

-Hablar tranquilos, como personas maduras e inteligentes que somos.

-Bien sabés que no comparto del todo esos criterios sobre nuestras personas.

-Porque no te valorás lo suficiente. Ni tampoco a mí. Hoy a la mañana después de mi meditación decidí que éste es el momento adecuado.

-¡Ah! ¿Para eso sirve la meditación?

-No seas mordaz. No busqués pelea. No voy a dártela.

-¿Ya ni para pelea da la estatura de mi personalidad?

-Alberto, tu personalidad y la mía hace rato que están desencontradas. En este par de años que vivimos juntos hemos tenido momentos maravillosos y otros no tanto. Supongo que será porque nos encontramos los dos en una dulce sensualidad que deseábamos desde siempre. Pero esa cualidad maravillosa, no nos llega a alcanzar. Bien dice el aforismo: "Tiempo, implacable destructor de las pasiones que no se reconvierten en cariño y amistad". Y nosotros no supimos encontrar ese camino, tal vez porque somos distintos, muy distintos.

-¿Acaso no lo supimos siempre?

-Es posible. Creo que el entusiasmo no siempre es un buen consejero en las cosas del amor y en nuestro caso, empujó más de la cuenta. Vivimos quince años esperándonos. Han transcurridos estos dos sintiendo intensamente, pero si te abstrajeras y pudieras vernos como en una película, sin pasiones personales, verías que la cosa no da para más. No quiero desgajar este amor. Prefiero tenerlo en un cofre guardado como el más bello recuerdo. Pensando que, tal vez, me apresuré, que quizá merecía más oportunidades. Y dejarlo ahí, como a un punto de volver. Así, en mis momentos ensoñadores tu recuerdo siempre será bello. Y cada vez que tenga la suerte de verte, comprobar que eso que siento por vos, es el amor. Amor que algunos con saña gastan y despojan de sus ropajes hermosos, sin darse cuenta que ellos mismos convierten en harapos esas sedas maravillosas.

-¿Crear una distancia como único recurso para seguir amando? Angélica, ¿eso no es una postura desgarradora de la vida?

-Sí, supongo que sí. ¿Y qué? Si la vida es un permanente desgarro. Somos cada día más viejos y un poquito más cínicos. Soltamos lágrimas por los niños hambrientos de África y nos despreocupamos de los hambrientos de la cuadra en que vivimos. Entonces, a esa vida que te despoja de tus bellezas y movilidades, podemos hacerle una trampa: guardar incólume este amor que aún brilla. Yo no me quiero apagar para que brille un amor. Y vos, Alberto, tampoco.

-¿Y nuestros padres, cómo hicieron Angélica?

-¡Nuestros padres! No lo sé. Tal vez era otro el mundo que les tocó vivir, con libertades y quimeras diferentes. Tal vez se apagaron cada uno para dar luz a ese amor. Tal vez pudieron convertir el fuego en cenizas calientes que le alcanzaron a entibiar toda la vida.

Se acercó, lo miró intensamente. Le tomó la cara entre las manos y le dijo:

-Estoy segura que si tomamos distancia, cada vez que nos veamos, así pasen entre un encuentro y otro días o años, convertiremos esos momentos en vida realmente vivida. Mágicos momentos que nos darán lo que necesitamos para seguir en el mundo. Todo lo demás será intercambiable. Nosotros y lo nuestro, no.

Se sentó sobre las piernas de él. Se arrulló bajo su brazo. Aspiró largamente el perfume de su piel, esa colonia que impregnaba sus sentidos de una fragancia a hombre. Su hombre.

Alberto se extasió en ese momento de amor y de ternura. Aunque su cabeza le decía que, como siempre, Angélica tenía razón.

El paso de los minutos acalambró la pierna y el brazo donde ella descansaba, como una notificación certera de que los momentos idílicos sólo son eso, momentos. Que la vida en su transcurrir te muestra la realidad concreta de un órgano o de una extremidad de tu cuerpo que no sabe de amores y sí de dolores.

Se levantó como pudo, dejándola a ella acurrucada en su sillón favorito, fue hasta la cocina y sacando de la heladera el vino blanco que tanto disfrutaban juntos, del pico de la botella tomó un largo trago que acabó con la bebida. Cuando terminó, miró con sorpresa la botella vacía en su mano. El instinto de hacerla trizas en el suelo, cedió a la mansedumbre de dejarla lentamente sobre la mesa. Se encaminó al dormitorio pensando que el vino, el amor, todo en la vida se nos pasa y se acaba.

Cuando al rato salió de la habitación cargando dos grandes valijas, encontró a Angélica dormitando en la misma posición en que la dejara en el sillón. Se detuvo en la puerta y la miró como quien mira una pintura. Bella e inalcanzable. De sus labios irreprimiblemente surgieron las palabras en un susurro como si tuviera miedo a que le escuchara decir:

-Chau, amor.

Atravesó el umbral y sin un ruido cerró la puerta. Afuera, el mundo con sus fauces enguantadas, lo estaba esperando.

 

Cruz Omar Pomilio

El relato es parte del libro Cuentos Misioneros, Parte II. Pomilio reside en Puerto Iguazú y ha publicado Cicatrices del alma (poesía), La licorera y otros cuentos y Los 33, (novela), entre otros.

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