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Los robinsones del bosque

domingo 27 de agosto de 2023 | 3:54hs.
Los robinsones del bosque

Una mañana, el joven empleado de banco se despierta en el bosque. -¡Por fin! -exclama.- ¡Heme por fin en plena naturaleza! -Y calzándose sus polainas nuevas, colgando de la cintura su machete nuevo, y del hombro su escopeta también virgen, se lanza al monte.

No es natural que a la vuelta del primer poste de alambrado haya antas, ni común que en las picadas se encuentren tigres. No importa; nuestro joven empleado no ceba menos por eso su escopeta, ni deja de probar el filo del machete en la primer liana que pende como una gruesa soga desde quince metros de altura.

Y aquí el primer contraste: el machete, descargado con una energía que honra el entusiasmo del mozo, ha tronchado -claro está la soga en cuestión, pero siguiendo su curva ha ido a clavarse en el botín de su dueño: en la suela, felizmente, que sobresale dos centímetros.

El empleado de banco queda pensativo mirando su pie, aunque con un tanto de orgullo.

-¡Caramba! -exclama por lo bajo. -Tengo demasiada fuerza...

-¡No! -murmura irónicamente el bosque a su rededor: -Un poco de fuerza mal empleada, nada más...

Nuestro joven prosigue. La picada se interna, ancha y limpia, pero esa carretera sin obstáculos no entra en cálculos de Robinsón veraniego. -La vida intensa -se dice no se ejercita en las picadas; entremos.

Y con una decisión que honra a su coraje, penetra en el bosque. Claro está que avanza a razón de cien metros cada cuarto de hora, y que en cada metro de esos cien ha sufrido cien pinchazos de espinas. Jadea, está sudando, le duele la cintura, porque tiene que hacer casi todo el trayecto doblado en dos, pues el machete -por doloroso que sea constatarlo- no le sirve para nada...

Pero el monte aclara por fin, puede enderezarse, y ante un arbusto de inmensas hojas que le cierra el paso, descarga su machete furibundo.

Segundo machetazo: segundo contraste. Aquel grueso tronco tiene la consistencia de la jalea, y el arma, llevada por el terrible impulso, se ha escapado de su mano, yendo a clavarse detrás de él: la punta del machete pasó rozando la ingle...

El joven recoge su arma con pésimo humor, y se abre paso con las manos por entre las grandes hojas aquellas. Pero aquellas hojas son desgraciadamente de ortiga gigante, y en un minuto las manos de nuestro Robinsón están lívidas, presas de insoportable ardor.

¿Qué hacer? Está a punto de emprender la retirada, pero se detiene, con un gesto de orgullo. ¡Ah, no! El, que ha pasado un año remando en el Tigre, no va a hacer aspavientos ante las pequeñas contrariedades de un primer día de vida libre...

Continúa, pues, y no es fácil suponerse, a menos de haber pasado por ello, la suma de esas pequeñas contrariedades que fatigan, hinchan los codos y las rodillas, rompen la punta de largas espinas dentro de la carne, erosionan el cuello a pesar de las lianas, y maltratan a un empleado de banco por todo el resto de la mañana.

Además, lo que es bien de suponerse, nuestro Robinsón se perdió. Si ha visto él pocos montes de cerca -fuera de los del Tigre- ha leído mucho al respecto, y sabe así que la mejor guía en el bosque es volver sobre el propio rastro, bien marcado por las ramas y lianas macheteadas al paso. Y a pesar de esto es asombroso -constataba el empleado, hesitando- cómo no se puede hallar más el golpe del machete en este mundo de vegetación.

Queda otra señal -también leída en relatos y es alzar la cabeza a la cima del monte para observar la dirección del viento. Nada en verdad más fácil, y bastante más seguro que el sol. Sin embargo, nuestro amigo que nota bien claramente que el viento sopla del nordeste, cae en la cuenta de que al entrar en el monte se olvidó de tomar el rumbo de su casa con respecto al viento. ¿De qué puede servirle éste, ahora?

Ha tenido, no obstante, la suerte, casi única en su caso, de hallar la picada por donde se internó. Vuelve, pues, en dirección a su casa.

Y he aquí que a veinte metros delante de él, cruza la picada una forma oscura, un animal pequeño y alargado, algo de gato y comadreja. Va a un pequeño galope saltarín, bien poco veloz, y el empleado de banco siente cómo su corazón late tumultuosamente de ardor cinegético. Corre, se lanza de cabeza por entre el monte tras el animal -un hurón posiblemente- que le lleva muy poca ventaja. Lo ve siempre, ha estado varias veces a punto de cogerlo, pero nunca faltó una liana para sujetarlo del pie o del cuello.

De pronto el animal, a punto esta vez de ser cogido, desaparece de su vista. Nuestro hombre se lanza adelante, y desaparece a su vez. Se hunde, el suelo le ha faltado de golpe, y cae a pico desde siete metros de altura.

¿Un pozo? No, un simple acantilado en roca viva, y perfectamente invisible. Pero el mismo bosque que le ha engañado, nivelando aparentemente el terreno, le salva. Cae sobre un filodendro, rueda sobre la rama del árbol, de allí hasta un manchón de ananá salvaje, y se halla así en el plano inferior, machucado, aturdido, el cuerpo entero asaltado de espinas de caraguatá.

-¡Bello final de mañana!- murmura amargamente el empleado de banco, trepando como puede por el despeñadero, después de constatar que el cantil se extiende largamente a derecha e izquierda, sin paso alguno.

Y halla de nuevo la picada, esta vez cosa fácil, pues la corrida no pasó de cincuenta metros. Y cuando suena la una en el reloj de sus huéspedes, éstos ven llegar al joven amigo rengueando, estropeado, el pelo pegado a los ojos en hilos de sudor muerto de hambre y cansancio.

¿Cansancio definitivo?... ¡Oh, no! Al día siguiente pasado ya el aturdimiento inicial, emprende nueva campaña en el bosque. Lleva ahora un hacha, pues quiere morder, como él dice, la vida amplia y total del bosque.

El filo del hacha es bueno; en cuanto a su manejo, ha hecho su aprendizaje en el Tigre, contra algunos álamos.

Pero en el bosque hay, entre otras muchas cosas, árboles que rechazan el hacha, como un resorte de acero; árboles de cáscara rugosa que se tronchan al primer hachazo, con gran probabilidad de que el hacha, pasando adelante, tronche el muslo del propio hachero; árboles que dejan entrar el hacha hasta el mango, pero que la sujetan de tal modo que no hay brazo humano capaz de arrancarla; árboles que al cuarto golpe se rajan y se doblan, lanzando hacia arriba y contra la mandíbula del leñador, una inmensa astilla, como una catapulta; árboles que allá en la altura sujetan otro árbol, y que al ser tronchados y caer, dejan en libertad al prisionero, que obra entonces como un resorte o un filón de mil kilos sobre la cabeza del incauto; árboles de tronco aparentemente vertical, pero de copa muy vencida, que se tumban en momento y dirección no previstos, y zafan del raigón clavando por el vientre al hachero, lo que constituye la clásica "patada" del bosque; árboles de corazón íntegro cuando se pretende tumbarlos de un golpe, porque estorban; árboles podridos, después de haber perdido un cuarto de hora en limpiar la maleza alrededor; árboles con colmenas de abejas europeas, sin una gota de miel, y árboles con hermosísimos panales de miel venenosa.

Todo esto y mucho más hay en un cuarto de hectárea de bosque. Nuestro Robinsón ha tenido pues tiempo, por corto que haya sido su cuarto de hora de prueba, de interiorizarse en alguno de estos detalles.

En el segundo árbol, por ejemplo, un admirable "cola de mono", su hacha ha quedado fundida de través, firme, inconmovible, y es muy posible que esté allí hasta el final de los siglos.

Pero cuando el joven empleado, cansado de forcejear, piensa en ir en busca de auxilio para recuperar su hacha, nota entonces un vago zumbido en los alrededores. Presta atención, observa, y se encamina apresurado al primero -y único- árbol que tumbó. No hay duda; allí, cerca de la copa, hay una colmena. El recuerdo de sus lecturas le hacen acordar esta vez de que hay abejas que no tienen aguijón; suelen ser pequeñas, negras o amarillas.

¿Pequeñas y amarillas?... Sí, sin duda. Examina, prueba.

No tiene aguijón. Y con paciencia de remero del Tigre, escarba con el machete, suda, trasuda, hasta dejar en limpio el panal. Rica miel, a fe, aunque un poco clara y fluida.

Al rato, el monte se le ocurre menos sombrío, el machete, más liviano, la vida, bien pobre en aventuras. ¿Vida intensa, aquélla, en aquel paraíso? ¡Oh, no! Es un pobre país más monótono que el mismo Tigre y que al fin concluye uno por conocerlo lo mismo que con un poco de constancia y de bíceps llega a saberse de memoria, cuanto riacho, cuanto vericueto ofrece aquél.

La realidad de todo esto es que la miel que acaba de tomar el empleado de banco, como una de las tantas mieles silvestres, se le ha subido a la cabeza. El veneno peculiar en aquéllas ha alcanzado apenas a embriagarlo. A veces hay asfixia, parálisis del corazón, y el catador de mieles muere en el monte.

Pero nuestro Robinsón, feliz con su miraje de vida inocente, emprende el regreso.

Empieza a oscurecer. Encuentra en el camino algunas casas que en estado normal le desagradarían positivamente, pero está alegre: todas esas son nimiedades.

Oscurece un poco más. Cerca, por fin, de la vera del bosque, y al pasar al lado de un tronco tumbado al borde de la picada, y sobre el cual se ha sentado un par de veces, fija su atención en un hongo, un hongo de árbol, semioculto en un hueco del tronco. Y en resumidas cuentas un hongo como todos, pero tiene con el crepúsculo un aspecto anormal, algo que recuerda una gran cabeza de víbora.

Nuestro Robinsón se acerca, se agacha, porque no ve bien, y con la ramita que tiene en la mano, rasca ambos lados del hongo. Y cosa curiosa: el hongo, cada vez que la varita lo acaricia, se balancea suavemente.

Súbitamente, los sabores venenosos de la miel se condensan, y nuestro empleado siente una ola de frío que lo hiela: es "realmente" una víbora, una enorme serpiente de cascabel, de un metro y sesenta de largo, y gruesa como una botella.

Dos o tres veces, y allí mismo, sobre el hueco del tronco, el flamante Robinsón se sentó a descansar, teniendo bajo sus riñones, a tiro inerrable de colmillo, a la atroz serpiente...

Un último resto de miel le hace recordar que momentos antes hallaba al país demasiado inocente. Tiene un estremecimiento, se abotona bien la cazadora y sale del monte a paso vivo, cada vez más vivo, sin oír que el bosque le murmura por segunda vez irónicamente:

-Demasiada fuerza a destiempo... demasiado miedo fuera de lugar... El bosque es hostil exclusivamente a dos clases de personas: las que no creen en las víboras, y las que ven a cada paso...

 

Horacio Quiroga

Del libro La vida en Misiones. Quiroga vivió varios años en San Ignacio. Algunos de los libros publicados: Historia de un amor turbio; Cuentos de amor locura y muerte; Cuentos de la selva y El desierto

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