En San Ignacio

domingo 27 de agosto de 2023 | 3:50hs.
En San Ignacio
En San Ignacio

El puerto de San Ignacio es una playa amplia y cubierta de pedregullo o ripio pequeño que proviene seguramente de disgregaciones de la tierra y que el río transporta entre sus aguas turbulentas y deposita allí, en la época de las grandes crecientes.

Algunos árboles diseminados sólo hacen sombra; el resto del suelo, desnudo, recibe de lleno el sol que reverbera. Más adelante un campo se extiende y allá, en el fondo, una restinga de monte se alarga con su tono azulado.

Al llegar no encontramos ni caballos ni alma viviente para mandar pedirlos. Descargamos sobre el cascajo caliente nuestros pertrechos y dejándolos al cuidado del señor Méndez y del asistente, resolvimos nosotros marchar a pie hasta la casa de nuestro futuro huésped, sirviéndonos de guía las huellas de una carreta.

Caminamos por ese campo, haciendo una variante nada agradable a la incómoda posición de sentados que en la canoa habíamos traído desde la mañana.

Correa Luna, Kyle y Artabe no se decidieron al principio por el paso militar que rinde mucho y es continuo; por el contrario, corrían carreras por aquella superficie llena de pasto alto que no dejaba de molestar; pronto se convencieron de que en esas condiciones y al sol, lo mejor es no apurarse, y al rato se pararon a la distancia y esperaron mi incorporación.

Nos sonreímos mutuamente y seguimos viaje ya sin corridas. Al hacer los comentarios consiguientes, Correa Luna me confesó que sus músculos necesitaban ese ejercicio; tenía mucha razón y aplaudí su idea, pero el hábito de los viajes me ha hecho perder esas necesidades y siempre trato de economizar las fuerzas, porque nunca se sabe lo que puede suceder más tarde.

Yo comprendo la necesidad de retozar de vez en cuando y la de tirarse sobre la hierba, revolcarse y luego estirar los miembros y permanecer en un dulce abandono por un buen rato, y hasta el dormir la siesta es algo que envidio; pero, a no estar muy cansado o entumido, prefiero el caminar despacio, porque tengo horror a la agitación y a las sudadas sin necesidad. El acostarse sobre la blanda hierba lo llena a uno de bichos colorados, y la siesta se me torna horrorosa al sólo pensar que le quita a uno el sueño de noche y le evita el vivir las horas que duerme, así es que difícilmente gozo en mis viajes de todas esas delicias.

El campo se acaba, estamos en el monte, las huellas de las carretas se internan en él, las seguimos y penetramos en una preciosa picada.

Un ¡oh! de admiración se escapa simultáneo de todos nosotros. El cuadro era magnífico.

Bajo aquella galería de árboles que se besaban sobre nuestras cabezas a gran altura, el sol, infiltrándose apenas por entre los claros que las ramas dejaban, hacía juguetear en el suelo pequeños discos luminosos. Por doquier pendían guirnaldas de mil formas, siempre graciosas, que el tacuarembó, las lianas e isipós formaban tendiéndose en artístico desorden de árbol a árbol.

En la picada de luz tenue, un fresco delicioso se sentía, y a trechos, tropezábamos con un hilo de agua que corría rumoroso, lamiendo sin cesar las plantas que lo bordeaban y la hierba de tallo largo y fino que en él se acostaba.

Aquí y allí entre los claros del bosque, raudales de luz penetraban, encendiendo los colores y aquel contraste con las medias tintas del resto y las oscuridades de los meandros, tenía un encanto fascinador que aumentaba con el variado e infinito volar de las muchas mariposas, que ya en el sol, ya en la sombra, cruzaban el aire en todas direcciones.

El gran morpho de alas azules, la bella con los números 80 u 88 en sus alas, las pierides amarillas o pálidas, las saturnias diversas y todo ese enjambre animado, verdaderas joyas de aquella especie de palacio feérico, nos subyugaban la atención y proporcionaban numerosas víctimas a nuestra codicia insaciable de coleccionistas.

La marcha continuaba sin sentirse en medio de todo aquel esplendor. Pronto salimos, un torrente de sol volvió a invadirnos, y momentos después llegábamos a la mansión de don Marcelino Bouix, el cual al saber quiénes éramos nos recibió con los brazos abiertos.

Inmediatamente se mandaron mulas al puerto a recoger nuestros pertrechos y mientras volvían con ellos para instalarnos, nos sentamos a la sombra de unos árboles delante de las casas a conversar con don Marcelino, empezando al mismo tiempo a circular el mate bienhechor.

La hospitalidad misionera volvía a manifestarse; la cocina empezó a ser teatro de mil idas y venidas por parte de la señora de la casa y del personal del servicio; sentimos el cacareo agonizante de algunas gallinas y poco después, un peón a caballo con el lazo a los tientos, se dirigió hacia el campo. Más tarde, hacia el lado del corral, percibimos un tropel y luego un mugido de dolor demasiado conocido, nos hizo comprender que otra víctima más se sacrificaba en holocausto nuestro.

Don Marcelino ante toda esta masacre permanecía impasible y continuaba en alegre plática con nosotros, que ni siquiera podíamos protestar ante tanta finura y galantería.

Cuando el sol empezó a declinar, resolvimos bañarnos en un precioso arroyo próximo, a una cuadra más o menos, y en sus frescas aguas dejamos parte del calor absorbido durante la larga exposición al sol, de todo el día. Saldada nuestra cuenta con la higiene, tornamos a las casas: las mulas habían vuelto, don Marcelino nos señaló una pieza espaciosa recién construida e independiente, donde sentamos nuestros reales.

En breve quedó transformada: nuestros catres de campaña se armaron, las armas y demás pertrechos se colgaron de las paredes, otros se acomodaron sobre cajones, y la instalación se terminó en medio de nuestra común satisfacción.

Incansable nuestro huésped, nos brindó con cerveza, y después salimos juntos a dar un corto paseo a pie esperando la hora de cenar.

La casa de don Marcelino no es una, propiamente es un conjunto de casas, separadas unas de otras por cortos espacios de terreno a manera de patios abiertos.

El edificio principal es amplio, provisto de grandes corredores que lo hacen muy confortable por el fresco que siempre se encuentra debajo de ellos.

Detrás de la casa hay un gran galpón, y luego corre el arroyo a pocos metros, que suministra el agua necesaria para el servicio de la casa, haciendo además funcionar un monyolo para moler yerba o cualquier otra cosa.

La casa de don Marcelino es una romería de gente, siempre se hallan algunos vecinos que vienen a consultarlo para esto o lo otro, y a él venden muchos sus productos que acopia en grande escala, principalmente yerba, tabaco, etc., pero su ocupación más importante es la cría de mulas.

Avecindado en los campos de San Ignacio desde hace tantos años, don Marcelino ha podido formarse con trabajo y constancia un plantel muy bueno de yeguas criollas seleccionadas y de burros garañones que le han resultado excelentes, de manera que sus mulas son bien acreditadas y buscadas.

Además de vender mulas sueltas, etc., hace amansar tropas bien amadrinadas, lo que aumenta su valor.

Este trabajo como todos requiere conocimiento, y de la mayor o menor habilidad de los troperos depende que una tropa salga buena, pareja y pueda prestar sus servicios de una manera regular.

Cuando las mulas tienen dos años y medio o tres, ya pueden venderse, y su precio en Misiones es variable, pero nunca baja de 40 pesos nacionales, como mínimum, siendo chúcara.

Las mulas se amadrinan pronto con una yegua, y si esta tiene cría, mucho más; es increíble el cariño que las mulas le toman a los potrillitos, y unas a otras se los disputan sacándoselos a la madre, pero como no tienen como darles de mamar, lo que resulta es que a lo mejor si se descuidan los troperos, el potrillo muere de hambre.

Las mulas siguen siempre a la madrina y en las tropas hechas, difícil- mente se desparramarán o quedarán rezagadas; por el contrario, acompañan al ruido del cencerro de la yegua, de cualquier modo; por esto es muy grotesco en marcha, el detenerse en el camino: a lo mejor la mula dispara y lo deja a uno de a pie, por seguir con las demás; si no puede hacer esto demuestra su impaciencia golpeando el suelo con las patas, dando rebuznos cortos y repetidos, y porfiando por continuar el viaje. Esto si bien es un inconveniente para las paradas, no deja de ser una ventaja para las marchas en las que no se necesita usar de rebenque.

Término medio, las mulas en Misiones cargan hasta 140 kilos cada una, pero generalmente cuando tienen muchos viajes que hacer, la carga es de 100 a 120 kilos.

Las mulas se emplean para la conducción de la yerba mate de los yerbales a los puertos de embarque; hasta ahora es el único medio de transporte y por mucho tiempo no habrá otros hasta que se hagan algunas picadas carreteras bien estudiadas que desvíen los cerros y fuertes desniveles del suelo que interceptan hoy las picadas mulateras.

Estas son muy mal hechas por lo general, cortadas a rumbo dentro del monte y atravesando retazos buenos y malos, con poco estudio del terreno y apenas limpias, lo suficiente para permitir el paso de la mula cargada, la que muchas veces va tropezando sus bruacas llenas de yerba con los troncos de los árboles de uno y otro lado. En estas marchas, siguiendo una tropa, se puede apreciar el valor de la mula como animal de carga; ni los grandes barriales, ni los elevados cerros de poca inclinación que hay que subir o bajar la arredran. Con su duro y pequeño casco, aprovecha todas las hendiduras, piedras salientes, agujeros, etc., para trepar o bajar, siendo muy raro que suceda una caída o rodada.

La marcha diaria de una tropa cargada se calcula en cuatro leguas, para que los animales resistan a los viajes largos, y por eso es que en las picadas, a esas distancias y aún a trechos menores, siempre se encuentran lugares para posar o pasar la noche, en los que con el continuo andar de las tropas se halla siempre algún pasto, pero las mulas si no lo encuentran, no por eso dejan de comer: el monte les proporciona muchas hojas de plantas variadas que ellas apetecen como el tacuarembó, el fumo bravo, etc.

Las mulas que trabajan en los yerbales, si son bien tratadas, siempre están gordas o por lo menos en buenas carnes, y resisten de una manera asombrosa a las más duras fatigas, después de las cuales, consiguiendo revolcarse un poco y dar algunas dentelladas, puede estarse seguro de que las pueden continuar.

Como se ve, la mula es un animal impagable, y su cría una de las más provechosas. Es de desear que en Misiones se dediquen más a ellas, porque no sólo servirán para el territorio, sino que también pueden llegar a ser una fuente grande de recursos como artículo de exportación al Brasil, pasándolas a las provincias de Río Grande y Paraná, a fin de ser conducidas a San Pablo. No se crea que esto es una exageración: yo he tenido ocasión de conocer y tratar en la provincia de Entre Ríos y aún en el Estado Oriental del Uruguay, troperos de la provincia de San Pablo que habían llegado hasta allí en busca de mulas para aquella provincia.

Al lado de las casas, y en uno de sus galpones, don Marcelino tiene instalado un taller para la fabricación de cangallas.

Llámase cangallas al aparato que se aplica sobre las mulas para ser cargadas. Es palabra portuguesa que se usa en Misiones a causa de la cantidad de brasileros que allí viven y que dan el mayor número de troperos.

Las cangallas necesitan ser bien hechas para que no lastimen a las mulas. La forma usada en Misiones será muy buena, pero a mi modo de ver, tiene muchos inconvenientes: se compone de dos horquetas de madera, dos V que se unen entre sí por medio de unas pequeñas tablas, a uno y otro lado, perpendiculares a las ramas de la V, y en el vértice se les deja una especie de perilla.

Este aparato se coloca sobre las mulas forrando los lados internos de las ramas de la V con un colchado de paja que ocupa todo el largo de la cangalla.

Tanto a la horqueta o V anterior como a la posterior, se le excava de cierta manera el lado interno para que se adapten mejor al cuerpo de las mulas.

La cangalla se sujeta con dos cinchas y a veces con una sola, colocándole además un pretal ancho para evitar que se vaya para adelante cuando bajan por los empinados cerros.

De las perillas anterior y posterior, por medio de unas argollas de cuero llamadas alzas, cuelgan las bruacas, una a cada lado, para equilibrar el peso. Estas son unos grandes sacos de cuero en los que se coloca la yerba o lo que se quiera cargar; además se sujetan reatándolas por sobre la cangalla.

Esta cangalla tiene como inconveniente principal el ser de madera de sarandí, la que es muy pesada y rígida, y por mejor hecha que esté, nunca puede adaptarse bien al cuerpo de las mulas y concluye siempre por lastimarlas, además de hacerles cargar un peso inútil.

La objeción principal que a todo esto hacen es que la cangalla es muy fuerte y difícilmente se rompe, lo que no deja de ser una barbaridad o economía mal entendida, porque a la larga las mulas se estropean lastimosamente. Muchas veces les he indicado que adoptasen el sistema de cangallas de nuestras provincias andinas, que a mi modo de ver es el mejor por lo cuidadosos de sus animales que son los troperos de por allá; pero los de Misiones difícilmente entran por las innovaciones y no se advienen a ensayar nuevos procedimientos.

Por eso es que los dueños de tropas deben tener en cuenta estos datos y pedir unas muestras de aquellas a fin de mejorar el servicio, haciendo también algo a favor de las pobres mulas, que tanto lo merecen por su trabajo continuo y penoso.

En San Ignacio casi no se habla más que el portugués, la mayor parte de los pobladores son brasileros y por eso en casa de don Marcelino no se oía sino ese idioma, a pesar de ser él francés, su señora paraguaya y los hijos argentinos.

El portugués se impone por la masa de población brasilera que lo habla, y como los argentinos que allí viven pertenecen en su mayor parte a la provincia de Corrientes, y por lo tanto son poco versados en el español, a causa del guaraní, prefieren aprender mal el portugués que es el único idioma con el que pueden hacerse entender con quienes tienen que estar en contacto.

Para entenderse con los paraguayos tampoco lo necesitan porque con ellos instintiva y voluntariamente hablan guaraní, idioma que se presta de un modo admirable a la chacota grosera y obscena que representa para la gente inculta el súmmum de la gracia y esprit.

Así está explicado el por qué en Misiones se habla muy poco el español y si a esto se agrega la falta absoluta de escuelas en muchos de los centros poblados, como San Ignacio por ejemplo, en donde los niños puedan aprenderlo, se explicará mejor.

Traslado este dato al Consejo Nacional de Educación para que no desmintiendo su celo proverbial, tome la participación que le corresponde en este caso de suma importancia.

Al referirme a los correntinos que habitan en Misiones, no generalizo, pues el hecho que cito se refiere a la gente de campo e inculta que en su provincia no habla generalmente otra cosa sino el pintoresco guaraní.

La gente de las ciudades es muy culta. Hago esta salvedad para que no se me tome por parcial, ni se crea que pretendo con esto demostrar mal querencia hacia una provincia argentina que ha tenido sus merecidas glorias y por la cual tengo alto aprecio.

Cuando llegaron las 8 de la noche nos sentamos a la mesa, que pronto se ocupó con muchos convidados que querían festejar nuestra llegada.

 

Juan Bautista Ambrosetti

Del libro Tercer viaje a Misiones en 1896. Ambrosetti fue uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar. Autor de innumerables trabajos, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná.

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