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Ganadería argentina, ¿quo vadis?

miércoles 23 de agosto de 2023 | 6:00hs.
Ganadería argentina, ¿quo vadis?

El 12 de abril de 2023, la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación Argentina publicó que el Stock bovino argentino, a diciembre del 2022, registró la cantidad de 53.570.000 cabezas.

Debo aclarar que provengo de la camada de profesionales veterinarios de los noventa, quienes luchamos y vencimos a la fiebre aftosa, por lo cual el país logró el estatus internacional de libre de esa enfermedad, condición que únicamente Uruguay, entre los países signatarios de Cuenca del Plata, ostentaba.

Por esa enfermedad se gastaron ríos de tinta en Argentina para describirla desde su aparición en 1863 y cientos de millones de pesos en combatirla. Representó por décadas la frustración técnica de los sanitaristas, el quebranto del bolsillo del productor ganadero, grandes pérdidas en la recaudación fiscal y la baja estima del país en la consideración sanitaria internacional. Referenciada como el símbolo de las enfermedades a exterminar del rodeo nacional, su existencia impedía entrar al exclusivo circuito no aftósico de los países más exigentes y ricos del mundo; EE.UU., Japón, CEE, Israel, por ejemplo. Su maldita presencia en los potreros discriminaba el precio de la carne argentina considerada la mejor del mundo, cuyo valor en los mercados internacionales, abstrayendo la cuota Hilton, promediaba los mil quinientos dólares la tonelada, comparativamente la mitad del valor que percibía Canadá por su carne de inferior calidad, resultado de haberla eliminado. Fue entonces que en 1989 se tomó la drástica decisión de combatirla. Ese año se alcanzó a vacunar con esfuerzo alrededor de 34 millones de cabezas. Fue considerada el mojón del último fracaso de una serie de cruzadas iniciada por la Comisión Nacional Erradicación de la Fiebre Aftosa. ¿Por qué el mojón del último fracaso? Porque al lanzarse el Plan Nacional 90/92, que concluyera en tiempo y forma la vacunación bovina del plantel nacional, no se produjeron focos de aftosa. Para ello se contaba con una muy buena vacuna de solución oleosa, cuyo creador fue el doctor en veterinaria Scholein Rivenson. De impecable ejecución, conmovió la impresionante movilización de vacunadores desparramados por el país. Como marabunta allá iban por llanuras, montes, bañados, quebradas, cerros, espinillares, en zonas desérticas y de areniscas. Con sol abrasador, frío, viento, barro y por caminos imposibles de transitar, pero siempre llegando, a caballo, mula, a pie y hasta en motocicletas por los senderos selváticos de Salta, Misiones, Tucumán, Chaco… Ese período de tres años es histórico, porque en él se conjugaron el último fracaso de 1989 con el primer éxito 90/92. Hubo pues, un antes y un después.

A su ritmo se meneaban tiempos de revanchas y el final de una epopeya sanitaria sin igual en la Argentina. En solo tres años se logró revertir más de cuarenta años de fracasos, dolores de cabeza y sufrimientos. “Se cambió la añeja mentalidad del no podemos por él sí se puede y del individualismo avaro por el trabajo en equipo”. Se alcanzó a vacunar 60 millones de cabezas de bovinos del rodeo nacional, cifra jamás superada. Sin embargo, este notable logro comenzó a erosionarse cuando en el concierto nacional comenzó, para mí, la maldita grieta.  En efecto, la cantidad de ganado venía disminuyendo hasta que estalló el conflicto por las retenciones móviles en el 2008 que enfrentó al sector agropecuario con el Gobierno argentino, dividiendo el escenario político entre quienes se identificaron con “el campo” y quienes lo hicieron con “el Gobierno”, dando lugar al hasta el día de hoy al enfrentamiento de las identidades políticas y de las no políticas en lo que pasó a denominarse la grieta, contexto que desune a los argentinos. Luego, como reflejo de esa crisis, la ganadería empezó a disminuir en cantidad de animales bovinos en forma progresiva pues, de aquella cantidad de cabezas en existencia, cayó en fase de liquidación a 48 millones en 2012, siendo el menor volumen registrado en decenas de años. A partir de allí comienza a revertirse la recomposición hasta alcanzar las 53.570. 000 de cabezas actuales.

No obstante, la secuela de aquel conflicto con el campo dejó retrasada su recuperación, pues, nuestro país, históricamente de los mayores abastecedores de carne vacuna del mundo, fue de los cuatro socios originales del Mercosur quien menos exportó.

Las estadísticas del año 2013 muestran con toda crudeza que Argentina quedó cuarto en el ranking de Sudamérica. El primer puesto fue para Brasil, con 1,3 millones de toneladas de res con hueso; en segundo lugar, Uruguay (350.000 toneladas); tercero, Paraguay (210.000), y la Argentina aparece relegada al cuarto puesto con 183.000 toneladas vendidas. Y la situación continúa actualmente debido a que todas las medidas adoptadas para bajar el precio de la carne, desde la retención, pasando por la prohibición de exportar sin un plan maestro de orientación, son artilugios que no conducen a nada bueno, no estimulan la reactivación, ni la inversión y como son disposiciones regulatorias alguien saldrá beneficiado y, en el remolino, serán los frigoríficos y abastecedores acostumbrados a subfacturar y faenar en negro en desmedro del país y de los que trabajan por derecha.

Argentina fue el tercer exportador mundial de carne, hoy somos el 14°. Se recuerda con nostalgia que los mejores años de exportación fueron en 2004 y 2005, ocupando el tercer puesto en el ranking que se mide por toneladas, y sus exportaciones representaron un 10% del total mundial. El desplome, repito, es porque desde el año 2010 nuestro país tuvo una clara caída reflejada en sus exportaciones que representan sólo el 2% del mercado internacional.

Esta exposición refleja la situación del país ganadero. Por todo ello, el gobierno que surja de las elecciones del próximo octubre debe realizar un plan integral de recuperación de la ganadería nacional, para que vuelva a ocupar el sitial mundial que en tiempo ido supo exhibir.

Doctor Scholein Rivenson, fallecido:  Su logro permitió erradicar el mal en los 90. Hijo de inmigrantes rusos, Rivenson nació en Pastor Britos, Entre Ríos. Obtuvo su primer trabajo en la cooperativa de judíos alemanes de Bovril, en la misma provincia. Se recibió de veterinario en la UBA. Con el surgimiento del Inta, en 1956, el científico propició la creación del Centro de Investigaciones de Ciencias Veterinarias desde donde desarrolló y probó con un grupo de colaboradores la vacuna antiaftosa que hoy lleva su nombre.

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