Koffer pierde la partida

domingo 20 de agosto de 2023 | 3:50hs.
Koffer pierde la partida
Koffer pierde la partida

Patrón, vamos al yerbal de Martín y compañía. Todos los años vamos a trabajar allí. Y ahora el administrador nos ha mandado llamar para la cosecha. Si usted nos hace pasar con su canoa… somos paraguayos, de aquí cerquita, de Cambyretá…

-Bueno -les contesto, reconociéndolos-; pero no ahora, que tengo mucha gente. Vengan más tarde.

En el boliche hay gentes de la colonia y de Samuhú. Como de costumbre, han venido a buscar un poco de cada cosa: harina, clavos, tabaco, jabón, fideos, arroz, yerba, azúcar, géneros y chucherías; y en cambio me han traído gallinas, huevos, miel, cera y quesos; cosas que vendo a los de enfrente y ellos venden, a su vez, en San Ignacio. Voy a tardar en despacharlos. Los paraguayos comprenden y no insisten.

Yo suelo hacer pasar a estos pobres hombres que van de un lado a otro a trabajar en los yerbales, y no les cobro el viaje; sólo, eso sí, hago que remen ellos. Los conozco, y sé que no son delincuentes que se fugan. Sin embargo, la policía paraguayÄ… no atiende a razones, y secuestra la embarcación que haya servido para el transporte. Conviene, pues, que los dos paraguayos esperen hasta que oscurezca un poco.

Continúo despachando. Tres metros de género, a veinte centavos el metro; un kilo de harina a éste; cuatro kilos a aquél; un pan de jabón de quince; cinco de galletitas; un litro de kerosene; veinte cartuchos de escopeta... vengan esas gallinas, esos kilos de queso, esa miel...

¡Cuánta cosa, qué barullo de números y de cuentas y de vueltos!

¿Dónde está Kalevala?.

-¡Kalevala!

No aparece.

¿Y los paraguayos? No están. ¡Ah, esta Kalevala los ha hecho pasar de día!

Momentos después llega Santiaguito. Trae el rostro largo y los ojitos inquietos. Me lleva a un rincón, y, precipitadamente, me dice:

-Vengo del otro boliche. El alemán ha visto a la rubia en la canoa de aquí llevando dos pasajeros para el otro lado, y se ha ido a Cantera para traer las autoridades. Quiere que yo salga de testigo; yo le dije que como tengo mala vista no podía distinguir qué canoa era ni quiénes iban en ella. Tenga cuidado: van a venir de Cantera y le van a llevar la canoa.

Yo sigo despachando. No puedo hacer otra cosa. Cuando llega Kalevala, la entero de lo que ocurre, y ella sale corriendo hacia el puerto.

Mientras comercio con mis clientes, miro de tiempo en tiempo al Paraná y a la costa Argentina. Observo la travesía de Kalevala. Hasta que llega al medio del río puedo distinguir el brillo dorado de su cabeza. Después ella es un punto y la canoa una raya. La he dejado obrar por su cuenta, porque no sólo es audaz, sino también muy hábil.

Una hora más tarde tengo en casa a las autoridades de Cantera; el juez de paz, el comisario, el oficial del resguardo y dos muchachos marineros. ¡Cuánta importancia adquiere a veces el paso de dos paraguayos trabajadores! Y a cuán poca se reduce el contrabando de quinientas bolsas de harina cuando median unos pesos.

-Buenas tardes, don César -saludan muy amables.

Los invito con caña y les acerco banquitos, para que me esperen sentados en el patio mientras termino con mis clientes.

Ya están por irse los últimos tres. Estoy intranquilo; el río se ve limpio de canoas, y no conozco el plan de Kalevala.

Se van mis clientes. Me acerco a las autoridades. Interrumpo su animada conversación en voz baja, y ellos inician otra, en voz alta. Hablamos un rato acerca de la sequía, de que tuve que llevar el pampa a pastar al potrero del pastor Borel, de que Santiaguito debe regar todos los días su plantación de frutillas, y otro rato sobre los paraguayos que se pasan al lado argentino porque en algunos yerbales se ha comenzado la cosecha.

Cuando, de pronto, aparece Kalevala, montada en el pampa, bajando por el camino de la colonia.

-¿Cómo les va?- saluda con un acento que trata de ser natural.

Las autoridades se ponen de pie, y le responden titubeando.

Parece que esto, un poco sorpresivo para mí mismo, les ha caído a ellos como un balde de agua helada. Por suerte, su estado de ánimo no les permite observar que la muchacha habla con dificultad desacostumbrada, tiembla un poco y tiene el pelo mojado. Estos detalles me permiten a mí adivinar instantáneamente todo lo ocurrido.

-Señorita -se decide por fin el juez-, hemos venido porque nos han llegado denuncias sobre el paso de dos hombres a la Argentina, realizado por usted en la canoa llamada “Saxi”.

-No sé nada de eso -responde ella en tono de gran asombro.

-Sí -intervengo-; yo sé de qué se trata. Hoy vinieron unos paraguayos queriendo que los pasara al otro lado, y... tal vez han pasado, pero no en mi canoa; los habrá llevado quién sabe quién…

-Y yo estuve en la colonia; no sé nada -insiste Kalevala, alejándose, con aparente disgusto.

-Mire, don César -dice el oficial del resguardo- Tenemos una seria denuncia. En ella consta que iba una mujer rubia, y que la canoa era la "Saxi". ¿Nos permite observar su canoa?

-¡Cómo no! Ahí está en el puerto. Vamos. Mientras caminamos pienso que Kalevala está en este momento encerrada, cambiándose de ropas, secándose el pelo y, con alegre sonrisa, espiándonos por las hendijas de la pared de tacuaras.

Llegamos ¡No está la canoa! ¡Qué cara pone el juez! Se llama Garín, es feo y de piel bastante oscura; ahora se ha puesto horrible.

-¡Se han robado mi canoa! -exclamo yo-. ¡Se han ido en ella los dos paraguayos! ¡Claro! ¡El denunciante ha visto mi canoa, y el muy canalla ha inventado que también iba la rubia! ¡Sólo para hacer daño!

Las autoridades se miran, se sienten ridículamente burladas. Pero burladas por Kóffer.

-Ese tipo ya nos está cansando con sus denuncias y sus mentiras -estalla el juez-. Fue ese alemán de porquería el que denunció. ¡Ya lo voy a arreglar ahora! ¡Él es el que va a ir preso!

Y la comitiva, echando chispas, toma el camino de la costa y se dirige a lo del alemán Kóffer.

Poco después, mientras tomamos unos mates, Kalevala me cuenta:

-Doña María me llevó en la canoa de Roger hasta la "corredera de Bade", y de ahí me largué a nado. Vine a salir a la chacra del viejo Pola. Después, agarré el pampa en lo de Borel, y di la vuelta por el camino de la colonia. Pero me cansé mucho. ¡Es ancho el Paraná!...

Yo no puedo impedirme de mirar con curiosidad, durante un largo rato, a esta muchacha delgada y grácil que está cebando mate tranquilamente después de haber realizado una hazaña de fuerza, audacia y habilidad. Su gran espíritu me parece desproporcionado. Y me complazco en la contemplación de su aspecto un poco salvaje; sentada en un banquito bajo; estiradas sus largas piernas; el vestido muy corto y la pistola al cinto.

 

Germán Dras

El relato es parte del libro Aguas turbias. Dras publicó Alto Paraná y Apuntes del Alto Paraná (1939); Tras la loca fortuna (1940). Germán Laferrere, su nombre verdadero, residió en la zona San Ignacio varios años.

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