El velorio del angelito

domingo 13 de agosto de 2023 | 3:50hs.
El velorio del angelito
El velorio del angelito

Ya hacía dos horas que había caído el sol cuando acompañado por el portero y su esposa iniciamos la marcha a pie, rumbo al velorio.

Noche clara misionera, con el cielo cubierto de estrellas sin que una nube empañara la magnificencia de su esplendor. La Vía Láctea se destacaba como una cinta de plata ornada de pedrería. El camino rojo hasta unas horas antes, negro ahora, se perfilaba entre la sombra de los altos espartillos, culebreando entre ellos.

Chicharras, grillos, sapos y ranas en su canto, ponían música campesina al paisaje nocturno y el deslizar del arroyo cercano, murmullos peregrinos y gratos al retozar entre las piedras.

El aire diáfano transportaba la distancia. Sonidos de leguas, indefinibles llegaban a nuestros oídos en la caricia de un aire tibio perfumado por mil flores escondidas entre la selva.

Y en ese cantar de campo, sierra y selva, las notas graves y alegres de un acordeón, repiqueteaban en la noche en un chamamé correntino.

¡Ha muerto un niño recién nacido! Un ángel ha volado al cielo y los padres festejan la que para nosotros, los puebleros, es tristeza y angustia.

 

En el horizonte la luna trepó los cielos. Cada vez se escuchaban más claras la música y algunas risas que escapaban del rancho que divisamos por ésta iluminado, recostada en el cielo como una gran estrella.

¡Llegamos! Unos perros nos reciben ladrando. El grito de ¡fuera perro! y el aullido de dolor de éste, señalaron un puntapié dado sin lastima.

Caras alegres, sin penas, se vuelven sonrientes, respondiendo al “¡buenas noches!...

El ¡llegó el director!"... corre de silla en silla alrededor de la habitación donde se encuentra la concurrencia. A un costado, sobre una mesa, yace la infeliz criatura, con sus diminutos brazos cruzados en cruz sobre el pecho y sus ojitos que no llegaron a gozar la luz, apenas cerrados.

Un cajón de madera hecho “ad-hoc", forrado de papel blanco y celeste, le sirve de última morada. Alguien, confeccionó unas alas con papel plegado blanco que, adosadas a sus costados, se asoman sobre el borde del improvisado féretro.

Me detengo unos minutos mirando el pequeño cadáver, que pudo ser uno de mis alumnos si la traicionera muerte no hubiera tronchado su vida incipiente. El rostro morado, habla de un mal parto. Seguramente el cordón umbilical, arrollado en la garganta, pensé.

Las risas me abruman, no las comprendo y menos el sonar de la acordeón que inicia un valseado, acompañado por una guitarra y que interrumpe mis pensamientos con el sonido de una música alegre que inunda la sala.

Se hacen las parejas y comienza el baile. Las caras se juntan, la alegría retozona del acordeón pone brillo en sus ojos y deseo en los cuerpos que se aprietan como queriendo penetrarse.

El angelito, duerme el sueño eterno. Algo como una sonrisa dibujada en el rostro, pareciera aceptar la fiesta como un homenaje. Abro mi paquete de velas y enciendo una.

Después busco a la madre. Ha sido una de mis primeras alumnas. La veo en un rincón con la tristeza y la desesperación en los ojos. Cuando me acerco a ella, me abraza y llora suave y desconsoladamente.

-¡No lo comprendo, señor!... ¡No lo comprendo! -me dijo entre sollozos.

-¡Yo lo sentí latir dentro de mí! ¡Lo esperaba con ansias y mírelo, señor, ahí está el pobrecito muerto! ¿Por qué señor? ¿Por qué?...

-¡Y hacen una fiesta, sobre mi dolor, sobre mi angustia!... ¡Son unos bestias!

¡Mi marido, mis padres, mis suegros! ¡Todos! ¡Todos!.. -Dicen que es la costumbre. Que ya es un ángel. Pero yo he quedado con los brazos vacíos y con la muerte en el alma, odiando a todos!

-Lo único que pude conseguir fue que lo entierren mañana. ¡Querían seguir la fiesta! ¡Querían seguir de rancho en rancho, festejando su muerte. ¡Festejando mi desgracia!... ¡Es horrible señor! ¡No lo comprendo! ¡No lo comprendo!... ¡No lo comprendo!... ¡Miren cómo se ríen ¡Miren cómo bailan alegres! ¡No lo comprendo señor! —repetía llorando suavemente sobre mis hombros.

Traté de consolarla, pero no sabía con qué palabras.

Se acercó su padre y severamente le dijo: ¡Vocé está arruinando el velorio! ¡No comprende que su filio se foi al cielo y e un ángel!, ¡Qué vergüenza! ¡Discúlpela, director ¡Vení con meu! -y se la llevó.

La presencia de la madre, ya no perturbaría la fiesta. Las luces de las velas al parpadear sobre la cara del angelito, hacían volutas movedizas, poniendo raras muecas en sus facciones. Ya no lo miré más. Con el rostro serio, y la congoja del drama de mi ex-alumna en el espíritu, me senté observando el espectáculo sin conversar con nadie, tan apesadumbrado estaba,

Era casi media noche cuando llegó Doña Clemencia. La exclamación de alegría de muchos de sus ahijados y la risa en la cara, me dieron fastidio y rabia.

La vi repartir sonrisas, palmadas y apretones de manos, antes de llegar a mi lado donde se sentó mirándome socarronamente y de inmediato me hizo un chiste malo.

-¡Qué le pasa, compadre! ¡Ni que estuviera en un velorio! -me dijo riéndose de sus propias palabras.

No le contesté, la miré solamente. La mirada de sus ojos grandes se clavó en los míos hurgando hasta lo más profundo de mi alma. Quedó repentinamente seria, después me habló suave y afectuosamente.

-Usted no entiende esto, compadre. Le pido me perdone pero para todos nosotros, la muerte de un recién nacido no significa nada. Es decir, creemos que al morir al nacer va directamente al cielo y un alma que va al cielo a gozar la presencia del Señor, es motivo de alegría. ¿No le parece?

-¿Y el dolor de la madre? ¿Y sus sentimientos? ¿Para ustedes no significa nada? Es una costumbre bárbara, resabio de la ignorancia que hay que terminar y yo lo voy a hacer desde la escuela. Créame, comadre, que me voy a dedicar a terminar con estas brutalidades le dije indignado.

-Calmese, compadre. No se enoje y escúcheme. ¿Usted no ha comprobado, o mejor dicho, no ha visto que la vida y la muerte para esta gente es algo natural y comprensible? ¿No ve que estos pobres serranos viven una vida corta, sin más diversiones que su trabajo, la bebida y estas tradiciones que le hacen más llevadera la existencia? Aquí las mujeres paren uno cada año y por lo general la mayoría se les muere. ¿No cree usted que esto que ve, se ha inventado para conformarlos, aunque a usted le parezca bárbara su creencia?

Mire a su alrededor, compadre. No solamente hay atraso en esta creencia. Lo hay en los niños mal alimentados en la falta de medios para curarse, en el olvido en que se los tiene, en la vida corta, en la miseria de esa vida que es sólo trabajo, en la explotación de los hombres por otros. hombres. Ése es el lugar. Para ellos, la muerte es cielo y las creencias religiosas están más arraigada en las almas de los serranos que en los puebleros. Aquí no hay civilización. Aquí hay naturaleza. Se mata para vengar una ofensa. Se recibe la muerte como algo inevitable e imposible de superar. La gente se afirma en supersticiones, para asegurarse una prolongación de esta pobre vida. El amor aquí, compadre, es más puro, más limpio, más decente que en sus ciudades.

Aquí dos seres que se quieren se juntan naturalmente y se entregan mutuamente al placer del sexo, no como vicio, sino como algo sublime que hizo Dios en bien de la vida. No se casan, pero en sus hogares reina la más absoluta decencia. Hijos que siendo naturales según la ley, al levantarse, piden humildemente la bendición a sus padres a quienes solamente Dios santificó su unión.

Y esto es bárbaro, para usted, compadre, como lo es esta costumbre que usted resiste y yo comprendo porque sé cómo usted piensa, porque usted es producto de una civilización y una cultura que aquí no existe.

Aquí se reciben los hijos unos tras otros, con alegría, como un hecho natural, lógico. Y se los despide en caso de muerte, también con alegría. La vida y la muerte están perfectamente unidas, una es prolongación de otra. En la civilización a veces se lo recibe como un peso, como un castigo. Allí impera el aborto, contrariando la Naturaleza y la Ley de Dios. Se sacrifica criminalmente un hijo en gestación, en aras de esa civilización y usted que vive dentro de ella considera eso normal.

Allí el embarazo de una soltera es una maldición que por lo general termina en crimen, en el asesinato de ese ser que Dios enviaba a la vida.

Aquí dos muchachos que se conocieron sexualmente, acuden a sus padres y piden la bendición para formar un hogar, que siempre se les concede, sin maldiciones y sin bochornos.

En este medio agreste y salvaje, la vida ha hecho una costumbre que usted reprueba: festejar con una fiesta la llegada de una nueva alma al cielo.

-¿No cree usted, compadre, que ese acto, ayuda a esta gente a sobrellevar su desgracia con un menor peso?

Sorprendido escuchaba las palabras extraordinarias en labios de una mujer analfabeta. ¿Cómo podía hablar así, con una lógica y un conocimiento tremendo de la vida y un razonamiento perfecto digno de una filósofa? ¿De dónde sacaba esas expresiones que en un momento dado pusieon confusión en mi mente y admiración por esta mujer extraordinaria?

Quedé callado momentáneamente analizando sus tremendos conceptos; después le dije:

-Comadre, cada vez la admiro más y le voy a decir sinceramente que no puedo comprender cómo Ud., que no sabe leer, ni escribir, tenga un conocimiento tan profundo de la vida.

-¿Y usted cree que es necesario saber leer y escribir para saber explicar la vida que yo misma estoy viviendo? ¿Cómo no voy a conocer a su mundo, si hasta mi casa han llegado mujeres puebleras en autos lujosos para pedir que asesinara al hijo que tenía en las entrañas, o les diera un payé para terminar con una amante de su esposo o un enemigo personal? -me contestó.

-Está bien, comadre. Pero usted ha tomado para justificar esto -le dije, girando mi brazo y mostrando la fiesta-, lo malo de la civilización, lo podrido, lo que las personas de bien repudiamos tanto como usted. La civilización tiene sus lacras y la llegada de ella, a estos lugares, también viene acompañado de éstas. Pero hay una forma de combatir lo malo de esta civilización y estas supersticiones y es la educación del pueblo en todos los sectores.

Si nosotros los maestros, preparáramos con todo empeño a la niñez que la sociedad nos entrega, a ser buena, decente, honesta y culta, terminarían las lacras de esa civilización que usted como yo condena, como no puedo apoyar lo que sucede en esta casa y en este momento.

Yo creo a todos mis serranos y vea que digo, comadre, mis serranos, buenos, infinitamente más buenos y más nobles que muchos hombres de las ciudades. Pero considero que debemos terminar con estas supersticiones y lo haré a través de la escuela. ¿O considera usted que puedo mirar sin disgusto, que este pobrecito ser que duerme eternamente sobre esa mesa, pueda ser llevado de rancho en rancho, para festejar la llegada al cielo de un ángel mientras su carne se pudre, en medio de un baile, sin lograr la paz?

Cuando los niños que estoy preparando, se hagan hombres, una nueva generación se dispersará en la selva y esta costumbre, como muchas otras, habrá desaparecido. La cultura que les estoy dando, los capacitará para ser felices sin la necesidad de afirmarse en estas supersticiones.

¿Le parece, comadre, que he hecho mal en despertar en esa mujer que hoy se abrazó a mí, llorando, el sentimiento sublime de la maternidad y el profundo amor de madre que repudia esto desde su más íntima fibra defendiendo la carne de su carne?

Hay un error, en su apreciación. Aquí se recibe un hijo, como la lógica consecuencia del acto sexual, pero todavía mucha gente no sabe apreciar, ni quiere en profundidad con el amor cristiano a ese ser que ha puesto en la vida.

Existe una estoica conformidad si la muerte se lo lleva. Cuando la educación y la cultura se hagan razón en su existencia, esta comunidad que hoy acepta como algo irreversible, la vida y la muerte, buscará los medios para evitar que cientos de cruces pequeñas llenen los cementerios de campo. La profilaxia, la atención prenatal de la madre grávida, la acción social de gobiernos que tendrán que poner los ojos en estos lugares abandonados a su suerte, permitirá superar la infamia de este olvido y una nueva razón de existencia creará la conciencia entre el pueblo para lograr una vida mejor.

-¡Está bien, compadre! ¡Está bien!... Creo que tiene razón -me dijo, mirándome fijamente y escrutándome el alma a través de mis ojos. Ojalá haya muchos hombres como usted-. Su mano suave, apretó afectuosamente la mía que descansaba sobre la mesa. Después agregó: -¿Me permite que le dé un consejo?

-¡Cómo no, comadre!... ¡Diga usted!...

-Esta noche compórtese como aceptando lo que usted repudia. Esta gente lo quiere y lo sabe un hombre bueno. ¡Pero vaya despacio, no se apresure! Yo los conozco más que usted y si lo que me dijo a mí, lo hubiera dicho a alguno de estos serranos, todo lo que ha estado haciendo hasta ahora se vendría abajo como un castillo de naipes.

Dentro de pocos instantes, lo van a invitar a comer y no sería raro que lo eligieran de bastonero para los juegos de prenda que van a empezar. No se niegue, compadre. Guarde esos sentimientos que hoy comprendo y siga luchando por sus ideas que son hermosas. Pero hoy, sea un serrano más, ello lo ayudará en la obra que ya ha empezado y que va a dar frutos. Lo prueba la madre de la criatura a quien usted la cambió completamente, Mañana van a ser así, todas las madres que fueron sus alumnas y todos sus padres… ¿Hará lo que le digo?

-         Me parece que no voy a poder, por lo que buscaré un pretexto y me retiraré -le contesté.

-¡No lo haga, compadre! ¡No lo haga! Lo tomarán como un desprecio. Hágame caso, por su bien, por la escuela y por el bien de todos los niños. Estos serranos que usted llama suyos, pueden hacerle la vida imposible si se lo proponen. Aunque sea por esta única vez y si usted como dice, me aprecia un poco, quédese y sígales la corriente. Algún día agradecerá este consejo y comprenderá que "la curandera" tenía razón...

Me quedé. El baile seguía en su apogeo. Cuando terminó una pieza, unas palmadas dadas por el dueño de casa y su invitación nos llevaron a una mesa bien provista. Comí y conversé con todos, bebiendo vino moderadamente.

Finalizó esta parte del velorio y comenzó el juego de prendas. Como dijo Doña Clemencia, me eligieron bastonero, honor que se concede a la persona más importante del lugar o a la que ellos consideraban más caracterizada, que es más o menos lo mismo.

La función del bastonero en el juego de prendas, es imponer el castigo a los perdedores.

En los bailes, cuando existen más varones que mujeres, o viceversa, el bastonero oficia de componedor de parejas a fin de que todos se diviertan. Toma a cada una de las mozas y la lleva hasta el lugar donde se encuentran los hombres esperando y con un bastón, que suele ser uno de escoba a falta de otro, toca en el hombro del elegido, el que inmediatamente se prepara a bailar con la compañera que se le ha escogido. Hace lo propio con todas las parejas y ordena a la música que inicie la pieza. La para cuando lo considera conveniente. Elige las nuevas parejas y reinicia el baile.

Cuando en un baile hay mujeres "planchando' por lo general piden al dueño de casa que se elija bastonero, con lo que aseguran que éstas compartan como todas la alegría de la danza,

El bastonero se constituye en el jefe de la fiesta y cuando alguna pareja se aprieta demasiado, éste con su bastón toca el hombro del varón y le dice: ¡Haya luz! ¡Haya luz!

En el juego de prendas el bastonero impone el castigo y el que debe pagar prenda, debe cumplir inexorablemente con el que éste le señala. No hacerlo es una falta de respeto y consideración. Todos cumplen, festejando con carcajadas los castigos que se imponen a varones y mujeres por igual.

Cumplí eficazmente con mi función, aceptando el consejo de mi comadre.

Mi actuar significó, como ella me lo dijo, el afecto de los serranos y su aprecio.

El velorio del angelito fue una verdadera fiesta alegre, tremendamente alegre.

Creo que mis enseñanzas en la escuela, terminaron con esta costumbre. Mis ex alumnos no creo que festejen en el presente con una fiesta, la muerte de uno de sus hijos recién nacido. ¡Dios quiera que así sea!...

 

José Ramallo

El relato es parte del libro La curandera y el maestro. Ramallo era oriundo de Buenos Aires y trabajó como docente en la zona sur de Misiones.

 

Ilustración. Óleo, El velatorio del angelito de Ernest Charton (Francia, Sens, 1816 - Argentina, Buenos Aires, 1877)

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