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La industria azucarera del bosque

domingo 06 de agosto de 2023 | 3:56hs.
La industria azucarera del bosque

En el bosque, y en la vida de obraje, el peón procura su azúcar de un modo tan elemental como rudo. Después de seis días de incesante trabajo de hacha, desde que el día aclara hasta que se pone el sol, cualquiera creería que el obrajero descansa el domingo. Hay quienes lo hacen así, y su descanso consiste en lavarse profundamente la cabeza, una y mil veces; peinarse, despeinarse, volverse a peinar, mas aquella tarea poco habitual es complicadísima para él. Se afeita a veces, y en este quehacer que realza su propia hermosura, el peón ve llegar el mediodía.

Pero el mensú realmente trabajador, y que por razones del mismo esfuerzo gastado no se conforma con el lavado ni con el peine, se lanza al monte al amanecer, husmea aquí y allá, avanza con la vista fija en la cima de los árboles, hasta que descubre lo que quiere: una colmena de "uropa", como llaman ellos a la abeja europea. No siempre está seguro de su colmena; golpea entonces con su hacha el tronco del árbol suspecto, y aplica el oído a él: si el zumbido transmitido desde arriba le llega claro, echa entonces abajo el árbol, y con todas las precauciones del caso, se apodera de la miel, que llega a veces a decenas de kilos. Del total de kilos, 4 ó 5 desaparecen inmediatamente en el estómago del mensú; el resto, en los días subsiguientes.

No es así extraño ver estupendas indigestiones, que el mensú cura sistemáticamente con 60 gramos de sal inglesa, ni uno más ni uno menos.

Algunos tal vez se mueren; pero los peones de obraje son diabólicamente fuertes.

Más abajo, donde el monte ralea y los recursos de un pueblo o algún boliche tornan más haragán al peón, comienza el imperio de la rapadura.

Nadie ignora que este producto, primordial en todo país productor de caña de azúcar, es el resultado de la concentración al aire libre del jugo de caña. A un mediano grado de espesura, se obtiene la miel de caña; subiendo un punto más la concentración se llega a la rapadura. Es ésta, pues, simple azúcar bruta.

Pero para los habitantes del extremo nordeste de la república, esta azúcar negra, pegajosa y oliente, tiene en sí todo el refinamiento de su paladar indígena. Tan es así, que casi siempre resulta al comprador más cara la rapadura que el azúcar de segunda. No dejan de darse cuenta de ello, pero el nativo sabor a caña y la pastosidad del producto, calman el escozor de su bolsillo.

Su preparación, por lo demás, requiere bien poca complicación: un trapiche, una gran cacerola y varias decenas de moldes. El trapiche es el punto escollante de la fábrica. Confeccionar dos o tres cilindros de madera, de 50 o 60 centímetros de diámetro, no es tarea fácil para cualquier peón, sobre todo si no cuenta más que con su hacha y su machete. Supóngase el tiempo que se lleva con esos elementos en transformar un tronco en un perfecto cilindro.

Los hay más hábiles; éstos, con dos fuertes palos hundidos en tierra, improvisan un torno. Hacen pivotar entre ellos el grueso y torcido tronco, y mientras un compañero hace girar la mole a fuerza de puños y sudor, el propietario, que ha conseguido un formón, va centrando poco a poco el tronco. ¿Qué tiempo desde la operación? No se sabe; pero es lo cierto que al cabo de un inacabable período de cansancio, el plantador ha concluido sus cilindros, ha embutido en cada uno de ellos sendos dientes de engranaje, y después de montarlos verticalmente, comienza su verdadera tarea.

La caña es transportada hasta el trapiche en un carrito elemental de ruedas macizas. El mismo caballo, y otro más, si el plantador es suficientemente rico, hacen girar el trapiche, y el jugo exprimido va cayendo en latas de kerosene, hasta que, una vez llenas éstas, se vierten en la paila, de cabida de 100 o más litros. Todo ello: trapiche, latas y paila, muy poco limpio. Pero el fabricante estima que doce o catorce horas de fuego alcanzan a desinfectar el jugo, y no se molesta más.

En efecto, dado el horno por demás salvaje en que se concentra el guarapo, dicha concentración dura las horas antedichas. Sería menester espumar bien y mucho el guarapo; pero tampoco esto vale la pena. Poco a poco el jugo se va espesando, hasta que de los 100 litros iniciales, sólo quedan 15 o 20. Este es, pues, el momento de verterlo en los moldes, de fabricación también casera, en los cuales se solidifica. Envuélvense luego en chalas de maíz, y dos rapaduras en un sólo atado, constituyen un "mazo", que es la forma habitual de venta.

¿Es muy difícil convertir este producto en algo menos pastoso, menos higrométrico y menos oliente, sobre todo?

Seguramente sí, si la pretensión llegara a querer obtener un azúcar de primera. Pero entendemos que con un poco más de conocimientos científicos -no muchos por cierto- y una enorme dosis de limpieza, se podría obtener un azúcar bastante pasable. En las colonias rusas de Misiones corre un producto muy semejante al azúcar de La Habana. La pre- paran ellos mismos, y es casi seguro que con los mismos elementos con que nuestros criollos fabrican su rapadura sucia, oliente y la más de las veces quemada.

Pensando en estas cosas puede ocurrírsenos el pensamiento de que uno mismo sea un mensú, con la desventaja sobre éste, de estar acostumbrado a vivir en los centros de civilización, donde el azúcar se compra hecha. Los que hacen propaganda para que la capital se descongestione en beneficio de los territorios, tienen aquí un argumento. Mensú por mensú, parece que fuera mucho mejor serlo en su medio natural de los bosques misioneros. Pero a quien lo diga, le contestarán que hasta que se vaya en pullman no irán a Misiones.

 

Horacio Quiroga

 

Del libro La vida en Misiones. Quiroga vivió varios años en San Ignacio. Algunos de los libros publicados: Historia de un amor turbio; Cuentos de amor locura y muerte; Cuentos de la selva y El desierto.

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