El mayor deseo (1642)

domingo 06 de agosto de 2023 | 3:54hs.
El mayor deseo (1642)
El mayor deseo (1642)

El pequeño Mbatú ha vuelto del cementerio sin poder dejar de pensar en lo que ha visto. Sus padres lo llevaron esa mañana al entierro de su amiguito Taní, que muriera de fiebre, y durante todo el día la imagen del muerto no se ha borrado de su pensamiento.

Él se crió con Taní, correteando juntos por esa galería de la reducción de Santa María la Mayor, jugando a la mbopa, pero algo le pasó a Taní que dejó de salir en los últimos días y por la noche su madre le dijo que su amigo había muerto. ¿Qué sería eso de estar muerto? Por la mañana cuando partieron para el entierro lo supo. Adelante iba el Padre Tomás. Un poco más atrás el padre de Taní con una pala, luego la madre llevando alzado a su amigo muerto y más atrás él con sus padres. Esa era toda la comitiva que entró al cementerio para ir directamente al lugar donde descansan los angelitos sin pecado.

Allí, en un lugar sin demasiada maleza el cura Tomás le indicó al padre de Taní que empezara a cavar, y mientras éste paleaba el Padre iniciaba un rezo mientras se arrodillaban todos. La madre de Taní con el muertito en brazos.

No tardó mucho la ceremonia, ni aquel hoyo alargado que cavara el padre de su amigo fue demasiado profundo. Luego el Padre Tomás le indicó a la madre que acostara al pequeño en ese hueco de tierra roja removida y allí ocurrió lo que ahora a Mbatú no se le puede quitar de la cabeza. No bien acostado su amigo, como si durmiera, la madre comenzó a adornarlo con flores y guirnaldas en la cabeza. Algunas de ellas sacadas del monte, que le alcanzaran a la madre sus amigas, y unas clavelinas que el Padre Tomás le permitió cortar a ella misma del jardín para que ahora Taní luciera hermoso, como jamás lo había estado en vida.

Luego de los rezos, aquellas paladas de tierra que le prodigó su propio padre comenzaron a caer sobre el cuerpo dormido, pero la cabeza y las flores aún resplandecían cuando ya su madre, tironeándolo de la mano, emprendió el regreso a la casa impidiéndole ver el final de la ceremonia.

Desde ese momento Mbatú solo piensa en la cabeza engalanada de su amigo y su deseo se va transformando en obsesión. Él quiere morir también para verse adornado de ese modo. Vio hermoso a Taní en ese sueño del que parecía poder despertar en cualquier momento y quiere lucir igual que él. Entonces se pone de espaldas en ese rincón donde duerme, cruza los brazos sobre el pecho y se imagina muerto, pero a poco de permanecer en esa posición palpa su cabeza y no hay nada en ella más que su pelo tieso. Él quiere venga alguien a ponerle flores y, tal vez, una cintilla como esa que vaya a saber de dónde sacó la madre de Taní con la que le rodeó la frente.

Es en esa posición como de muerto que su madre lo ha encontrado ya varias veces, conteniendo la respiración todo lo que puede y permaneciendo en la inmovilidad más absoluta. Hasta ha llegado a asustarla algunas veces. Tanto que ella le ha contado lo que sucede al Padre Tomás y éste lo ha reprendido diciéndole que uno no muere cuando lo desea, sino cuando Dios quiere.

Pero él sólo pretende, aunque sea una vez, lucir engalanado como lo viera a Taní el día de su entierro, y persiste en ensayar su propia muerte, tanto que hasta el Padre Tomás, un día fastidiado, y ya cansado de las quejas de la madre, le ha dicho como para asustarlo: “-Hijo, si Dios quiere que te mueras, hágase su voluntad santísima”, entonces él le ha respondido con convicción: “-Padre, entonces me voy a morir”. Y esa misma noche decidió quedarse tan quieto que lo creyeron muerto.

 -No escucho su latir -dice el Padre Blas, que oficia de médico en la reducción- Y está ya frío y duro.

-Habremos entonces de enterrarlo -dice el padre Tomás- y tú puedes tomar  algunas flores del jardín para ofrendarlo, le indica a la madre.

Esto es lo que esperaba oír Mbatú, rígido como ha logrado estar después de ensayar la muerte tantas veces, y tratando de que la alegría no llegue a acelerar su corazón.

En brazos de su madre parte en la mañana para el cementerio y el cortejo es igual al de Taní, sólo que esta vez es su padre el que porta la pala.

El Padre Tomás señala otro sitio, no muy apartado de donde enterraran a Taní, y una vez cavada la tumba lo acuestan sobre la tierra removida.

Entonces comienza para él el disfrute mayor que es saberse coronado por aquellas flores del jardín de la reducción que le pone su madre sobre el pelo y, en la frente, unos pequeños caracoles del río Uruguay que guardara en un canasto. Mbatú no puede verse, pero se imagina cómo debe lucir y se siente radiante. Seguramente más hermoso que Taní, hasta que un puñado de tierra desgranada le da sobre la cara. Espera no obstante que aquella tierra no le afee lo adornos, pero una palada más pesada cae sobre su pecho y otra sobre su vientre. Quiere entonces gritar que no le arruinen sus guirnaldas, pero una palada más pesada cae sobre su boca y otra le impide respirar. Quiere entonces moverse para decir que todo lo que él quería era estar adornado en el momento de su muerte, pero más tierra purpúrea cae sobre su cuerpo y le es imposible explicar que no está muerto.

Pronto acaban los rezos. El Padre Tomás traza con su mano una cruz sobre la sepultura, satisfecho de que esa flor de la infancia, hermoseada por el bautismo, como lo estaba, haya volado al cielo mientras su madre, sobre la tierra suelta, deja caer algunos pétalos antes de regresar del cementerio.

                                                 

                                   

Rodolfo Nicolás Capaccio

El cuento es parte del libro inédito Piedras en verde silencio. Capaccio es licenciado en Comunicación social y docente de la Unam.    

¿Que opinión tenés sobre esta nota?