Que ría el río

domingo 06 de agosto de 2023 | 3:52hs.
Que ría el río
Que ría el río

Hoy el río ha amanecido cubierto de una borrasca. No veo al pescador errabundo que suele recostar su barca frente a la barranca. Las araucarias y las palmeras, ayer pobladas de boyeros escandalosos, ya no están. ¿Sucede algo? El iviraretá está escondido a la luz que emerge despaciosamente, de a destellos, entre la niebla. Son rayos mortecinos de un sol que despierta. Parece una mañana de ficción.

 Recuerdo en este río que aún no veo, el otro el de mi tío abuelo, el alemán que ancló sus redes, como su vida, en las cercanías del gran león del Plata. Junto a mi padre y siendo apenas una chiquilina de poca edad, aprendí en aquellas travesías de líquido vivo, a entender los silencios para escuchar la voz del río. Aprendí a ver colores en la pintura que la luz de a segundos pincelaba en las hortensias lilas de la costa. Aún en la lobreguez de los arroyos cerrados, el tornasol y el misterio de los sauces agazapados sobre la corriente me producían un encanto solo comparable con la magia de los primeros libros de cuentos. Nunca supe si aquellos paseos nos dejaban algún rédito. La excusa era ir a pescar. Pero mi tío abuelo, mi padre y yo sólo pescábamos sueños.

 Dicen que el río sirvió para delimitar fronteras. Éste, que aún no vislumbro es parte de tres países, pero a él no le importa. Él fluye con la misma cadencia de hace siglos. Le han querido cambiar el rumbo, lo han querido envenenar, y aún siguen intentándolo. Le han armado represas, lo han querido desviar por la senda natural que el destino y el Supremo le han asignado. Él, incorruptible, no sabe de estas viejas tretas humanas, no las comprende. Blande junto a la selva sufriente la fuerza tremebunda que ha heredado y le pone el pecho a tantas balas. Tarde o temprano sabe volver a sus andadas, como puede, arañando el fondo, pidiendo auxilio a los que nos condolemos. Tarde o temprano cumple la eterna y sagrada voluntad de ser libre.

¿Quién puede no enamorarse del río?

El río que no sabe de fronteras. Los inmigrantes no supieron de fronteras. La tierra es una. Hay un hilo invisible que lo conecta todo. Los hombres hacemos la diferencia. El hilo se vuelve alas cuando sabemos reconocerlo.  El río es un hilo, elástico, armonioso, casi una cuerda de guitarra al viento, brilla cuando el sol le da de frente. Es un velo de novia cuando se esconde.

Vuelve mi mirada a la pléyade de agua que ya no está. ¿Dónde se ha ido el río? ¿Qué haremos sin el río? ¿Ha buscado el cielo para ser sólo una esponja? ¿Se lo ha chupado finalmente el sumidero de la fábrica contaminante que nunca lo ha respetado y lo envidia? La fábrica debiera terminar donde el río comienza, pero la naturaleza no reconoce los límites humanos…Ingenua hace llegar hasta allí sus brazos. Las piedras desnudas y la vegetación inexistente parecen afirmarlo. La tierra roja aflora no con la calidez que le conozco. Es una sangrienta herida en el surco de los rastros de raíces y pequeños arbustos quemados y desnudos. No se escucha el canto de las chicharras somnolientas…ni el chirriante repiqueteo de los picos de las ratoneras.

Donde el río solía abrir una boca en la ensenada paraguaya hay sólo un charco fangoso, como si el último vómito hubiese sido arrojado, descompuesto en el postrer hálito de vida.

La Garganta del Diablo se hace eco y es más garganta, y es más grito haciendo resonar tortuosamente su dolor primitivo. ¡Estamos llamando al río!

Hay un chamamé perdido que lo busca y rebusca entre los camalotes que desfallecen en la costa. ¡Estamos llamándote río! ¡A dónde te has ido!

De pronto todas las voces confluyen y se expanden. Los hombres y las mujeres, algunas con sus gurises a cuestas, se posan en el mismo cauce. Y las bordonas, las guitarras, los violines del gringo, los pandeiros, las caixas y las arpas comienzan a elevar al cielo una misma canción.

El sol lánguido parece brillar más. Es una orquesta de colores, de hombres, de poetas, de amantes. Por el despeñadero, aún con la marca indeleble del que no está, baja un puñado de hombres vestidos con taparrabos sencillos. Cantan y bailan, como si esta fuera una ceremonia de bautismo o un encuentro entre vecinos. Ellos saben.   Cantan por el agua. Se unen a los que están al compás de sus maracas, takuapus y nimbys. Cantan y bailan todos. Y el sol brilla más.

Entonces alguien grita: “Ahí viene”. Y cada uno en sana algarabía sube la barranca más próxima.  Los pájaros retornan de a poco. Los peces, que se habían ido con el río, brincan alborozados El bosque vuelve a sus acuarelas verdes. Todo sucede en un segundo incontado. Y sobre cada una de las fronteras inventadas, se ve volver al río. Más hermoso que nunca, con el brío de la canilla recién abierta, con una energía recién estrenada.

─ El río fue a curarse de nosotros ─ dice un argentino.

─ El río quiso asustarnos un poco ─ dice un paraguayo.

─ El río hace lo que quiere – dice un brasilero.

─ El río es sabio – agrega el guaraní.

Sobre cada uno de los puntos más altos de las barrancas, de uno y otro lado, flamean banderas que el río refleja… Nadie sabe quiénes las han izado. Son banderas blancas.

El último envión de espuma las moja. Los hombres comprenden. El río ríe, ríe, ríe…   Una risa interminable de verano y vida.

 

 

Carmen Vera Salinas

El cuento es parte de su último y homónimo libro: “Que ría el río – Cuentos con poesía- Edición 2.023

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