El río Yabebiry

domingo 06 de agosto de 2023 | 3:50hs.
El río Yabebiry
El río Yabebiry

El señor Fernández tuvo la bondad de ofrecernos su canoa para trasladarnos desde Santa Ana a San Ignacio; en ella nos embarcamos junto con nuestros pertrechos y ocupando cada cual su puesto nos despedimos de los amigos, mientras los remos se hundían en el agua, y tomando arranque empezamos a subir, lentamente por la costa, las correntosas aguas del Paraná.

No tardamos en llegar a la boca del Yabebiry, frente a la isla de Toro hú (Toro negro), un peñasco que se eleva en medio del Paraná, cubierto de escasa vegetación y que no es más que el resto que hoy queda de la formidable barrera que los cerros del Teyú-Cuaré (que se hallan enfrente) oponían en un tiempo al impetuoso Paraná, una parte de cuyas aguas se desplomaba de lo alto en espantosa catarata, cual otro Guayrá, corriendo otra a causa de esta represa, por el valle del Tavay).

Este notable descubrimiento geológico lo debemos al distinguido doctor Moisés Bertoni, quien lo publicó en La Prensa en 1893; habiendo el que subscribe transcripto esas observaciones importantes en su segundo viaje a Misiones y en el Folklore Misionero al hablar de estos cerros tan interesantes.

El doctor Bertoni, tan conocedor de los territorios de Misiones y del Paraguay, cree con mucha razón que los cerros del Teyú-Cuaré no son sino la continuación de la sierra de Amambay que divide las aguas (en el Paraguay) en las dos grandes vertientes del Tebicuary y del Alto Paraná; de modo que esta sierra formaba “pendant” con su congénere de Maracayú, que aún hoy, atravesando el Alto Paraná, forma el salto del Guayrá.

La razón de que desapareciera el salto del Teyú- Cuaré se halla en la composición de la roca del mismo, un gres rico en potasa y de fácil disgregación.

La altura del nivel del Alto Paraná, entonces, debió haber sido por lo menos de 60 metros, y esto nos ha sido sugerido también, cuando más tarde contemplábamos sobre las altas barrancas de la colonia brasilera de la boca del Iguazú, 50 leguas al norte más o menos, las rocas rodadas y de gran tamaño, que ya semienterradas por el humus del que fue bosque, hoy rozado, aparecían a flor de tierra mostrando su masa negra de cantos redondeados por el agua.

Esto no es extraño; cualquier levantamiento de nivel en el Paraná debió haber cubierto esa parte, puesto que allí en donde el río es angosto, hoy mismo las grandes crecientes se cuentan por 20, 30, 40 y aún más metros de altura sobre el nivel bajo.

El trabajo incesante del agua contra las rocas es por demás conocido para explicarse el fenómeno de aquella gigantesca erosión, que efectuándose simultáneamente debió ir preparando el todo, para poder un día estallar con formidable estrépito, destruyendo la tremenda valla de rocas que, arrastradas por la masa inmensa de aquella agua furiosa, debieron rodar despeñándose de un modo horrible.

En cuánto tiempo se produjo este fenómeno es difícil calcular; pero de cualquier modo la lentitud de la obra destructora del agua puede dar una idea de los siglos que se necesitaron para que el Alto Paraná concluyese de desmenuzar la roca del Teyú-Cuaré y tomase el nivel que hoy presenta.

Ya dentro del Yabebiry, seguimos por la margen derecha aguas arriba; no tardando en llegar a un paredón del mismo Teyú-Cuaré que da su frente a este río.

El paredón se halla excavado y forma una especie de gruta de poca profundidad o más bien, una inmensa concha matizada de rojo claro, blanco, canela y negro, con sus variantes correspondientes, debidos unos al color propio del gres que los forma y otros a diversas infiltraciones ferruginosas, que han dejado como huella de su paso, el rojo que les es característico.

Atracamos la canoa y largo rato estuvimos allí dentro bajo la sombra de las rocas, admirando y coleccionando variadas y caprichosas especies de arácnidos, lycosidos y epeiroideos, estos últimos interesantísimos por sus formas raras y los colores aún más raros, con que estaban adornados.

Sobre nuestras cabezas, y también a la sombra, en la cornisa de la excavación, las avispas (Polistes) cartoneras habían fabricado sus nidos cónicos como de “papier maché”, los que, junto a las bromeliáceas y cactus diversos, decoraban con sus variados aspectos el techo y los recovecos de la gruta, mientras largas raíces de plantas que se hallaban sobre ella, siguiendo en su descenso el paredón, se metían allí dentro agarrándose de las paredes como inmensas arañas o quedaban suspendidas columpiándose en el aire, como manojos de serpientes enojadas.

Todo esto era de tanto interés para nosotros, coleccionistas entusiastas más o menos, que tratamos de no abandonar pronto aquel refugio, que reunía a sus encantos el de resguardarnos del molesto sol de las doce, en aquella ancha parte del río, cuyas aguas de poca corriente entonces, reverberaban sus rayos de fuego, produciendo un calor insoportable.

Frente al paredón, las costas del Yabebiry son bajas y con poco monte, y vistas así a la distancia de una costa a otra, nos presentaban algunos golpes de vista magníficos.

A lo lejos, en medio de campos rutilantes de luz y de verdor, se elevaban aquí y allí cerros más o menos altos, unos cubiertos de monte y otros pelados, sin él, que arrojaban a su pie grandes manchas de sombras oscuras, que cortaban la monotonía de aquel color verde tan bello y tan lleno de vida, haciéndolo más bello aún.

Por doquier desparramadas, las haciendas pacían, destacándose sus figuras y cuando se movían con su paso lento, su sombra alargada las seguía rozando el suelo.

En primer plano, grandes pajonales con sus matas enhiestas, reflejándose en las aguas bordaban los contornos de aquel cuadro de amplio horizonte, tan grato a los ojos de los que hemos nacido en las regiones en que, montados en noble bruto, hemos extendido nuestra vista hasta el infinito, bebiendo los aires por leguas y leguas en incesante galope.

El Yabebiry, al mostrarnos ese cuadro, nos indicaba el límite de las bajas Misiones. Ya en adelante, después del Teyú-Cuaré, el terreno seguiría elevándose cada vez más hasta quebrarse en infinitos cerros, que subirían para concluir su movimiento ascensional de olas petrificadas en el espinazo de Misiones: su cordillera central.

Y el bosque, el inmenso bosque misionero, conquistando los pocos campos que se hallan del otro lado de ese río, los llenaría de isletas, siempre más grandes, hasta que estas, uniéndose como atraídas por una simpatía misteriosa, enredarían más arriba las inmensas copas de sus árboles en un estrecho abrazo, mientras las lianas y trepadoras, para poetizar más este acercamiento, envolverían el todo con su tupido velo de verde filigrana.

Después de contemplar extasiados ese bello espectáculo tan soberbio y tan lleno de luz, abandonamos nuestro refugio pétreo y seguimos la marcha lentamente aguas arriba, pero siempre cerca de la costa.

La canoa presentaba un conjunto pintoresco. En medio de un desorden aparente de catres de campaña, valijas pequeñas, cajoncitos de provisiones, útiles culinarios, atados de arreos de montar, armas y otros tantos objetos indispensables a los que viajen, íbamos sentados como podíamos, todos con alguna ocupación; uno, aferrado al timón dirigía la marcha de la canoa; otros manejaban los remos compasadamente; otro, el botador, y los desocupados se entretenían en achicar con jarros y cacerolas el agua, que penetraba sin interrupción en nuestro esquife por las varias hendiduras, que en sus costados presentaba.

Y de ese modo poco a poco avanzábamos camino, metro a metro, en medio de las conversaciones y jarana general que mitigaban el fastidio consiguiente y el sol, insoportable a pesar de los pañuelos que, asegurados debajo del sombrero, nos cubrían el rostro.

Sobre la costa del Yabebiry, a unas cuadras de la desembocadura, ya empiezan a verse con intervalos más o menos largos, ranchos y rozados del vecindario esparcido de San Ignacio, cada cual con su canoa pequeña o grande, que se mece frente a ellos.

Estas canoas baratas son en general hechas de un solo tronco de árbol, que excavan más o menos bien y más o menos profundamente a golpes de azuela o hacha.

En su mayor parte son de factura tosca, verdaderas embarcaciones prehistóricas que un mal movimiento hace tumbar, y con las cuales, la gente misionera, armada de una sencilla pala, afronta impasible las iras del Alto Paraná, que cruza y recruza cuantas veces quiere, entre remolinos, correderas y correntadas de toda especie, ya vacías o cargadas a más no poder.

El río Yabebiry que en guaraní quiere decir río de las rayas, es uno de los más largos que posee Misiones, y sirve de divisoria a los antiguos pueblos jesuíticos de San Ignacio, Loreto y Santa Ana.

El doctor Bertoni, que lo ha explorado como diez leguas desde su boca, asegura que en todo tiempo es navegable para pequeñas canoas; pero no así para las embarcaciones mayores, que no pasarían en tiempo de bajante las primeras correderas, situadas a legua y media de su boca, más o menos.

En cambio, y esto es muy importante, el mismo doctor Bertoni asegura que es perfectamente apto para la flotación de las balsas sobre unas veinte leguas, lo que facilitará inmensamente la extracción y conducción de las hermosas maderas que ofrecen las faldas de la sierra.

Sobre este punto que afecta la explotación de la riqueza forestal de Misiones, me permito hacer una observación que espero será tomada en cuenta por el Gobierno.

Hoy para exportar la madera de los obrajes se requiere la presencia de un guarda aduanero, para que verifique en la planchada la cantidad de vigas que allí se hallen depositadas, y hecho esto, presencie luego el embalse de las mismas, a fin de dar el certificado y guía correspondientes.

Este sistema de control, que es muy bueno, si se quiere, sobre todo teóricamente, presenta en la práctica serios inconvenientes y perjuicios, que paso a explicar.

Los guardas hasta ahora son pocos para atender de un modo conveniente a todos los obrajes, que, como es sabido, dejan de trabajar casi siempre en una misma época, y en la misma necesitan para llevar a los mercados, embalsar sus maderas; y para esto, entre otras cosas, tienen en cuenta principalmente las condiciones de creciente mayor o menor que presenta el río, a fin de poder llevar sus balsas sin peligro hasta Corrientes.

Como estas crecientes se producen periódicamente y en ciertas circunstancias, si no se aprovechan, es fácil perder la oportunidad y con ella mucho tiempo, hasta que se presente otra en las mismas condiciones.

Si esto sucede en el Alto Paraná, ¿qué no sucederá en los obrajes situados en el interior de ríos como el Yabebiiry, por ejemplo, donde hay que aprovechar sin pérdida de tiempo los momentos oportunos?

Los guardas, siendo pocos para atender a tanto obraje, pierden muchísimo tiempo en presenciar el embalse de maderas, y de esto resulta que no pueden dar cumplimiento satisfactorio a todos los pedidos, pues cada operación de estas no se hace en un día.

Para evitar todos estos inconvenientes que perjudican de un modo serio el crédito y los intereses de los obrajeros, se debería modificar el sistema, a mi modo de ver, de la siguiente manera: Los guardas requeridos por los obrajeros deberían ir a los obrajes y con un martillo marcador a presión o a fuego podrían marcar de un modo visible e indeleble las piezas de madera una por una en la planchada; terminado lo cual, extenderían el certificado correspondiente para la guía, pasando inmediatamente a otro obraje para hacer la misma operación, que sería rápida, haría ahorrar tiempo a los guardas, no perjudicaría al obrajero, dejándole libertad de acción para embalsar cuando quisiera y despachar su balsa cuando pudiera.

Con este medio sencillo y rápido no creo que pudiera defraudarse al fisco, porque así, no sé cómo podría contrabandearse madera y mucho menos en los obrajes situados en los ríos que se internan en el territorio.

El control se haría del siguiente modo, que no admite fraudes:

Las guías se despacharían por un número dado de piezas o vigas, igual al que el guarda marcase, y de ese modo, fuera de la cantidad indicada, no podrían conducir más las balsas.

Llevando bien en las aduanas las anotaciones de las partidas correspondientes, el fraude es imposible, porque una viga de más que las balsas llevaran, tendría que conocerse inmediatamente y no podría ser vendida ni despachada en Corrientes por falta de justificación; y como el tamaño de las vigas impide su ocultación, es natural que la falta de marca en una de estas denuncie su mala procedencia.

Este procedimiento sencillo y sin tantas dificultades para todos es también aplicable a las maderas que se despachen por el Alto Uruguay, teniendo más razón de ser su aplicación allí, por cuanto los catres y balsas de madera tienen que bajar en las crecientes rápidas y repentinas que se producen, y que muchas veces no dan tiempo para nada.

El deber de los gobiernos, salvaguardando sus derechos, es facilitar en lo posible la explotación de las riquezas naturales del suelo, debiendo tener siempre en cuenta que para ello es necesario simplificar nuestros procedimientos, harto recargados de trámites, en los que se borronea y gasta demasiado papel, y se pierde precioso tiempo.

Todas estas dificultades, todos esos temores continuos y ridículos que hace ver a los oficinistas, empleados y legisladores un contrabandista en cada hombre trabajador y honrado, que por el sólo hecho de dedicarse a una explotación cualquiera es sospechado de tal, deben desecharse; no es con leyes prohibitivas ni coercitivas que se mata el contrabando; muy al contrario, con ellas se fomenta y sólo se le hace desaparecer cuando se presta a la explotación de los artículos similares del país, toda la protección y todas las facilidades para que el mayor número de número de personas de mucho o poco capital, puedan dedicarse a ella.

Si se quiere ver pronto desarrollada la explotación de los bosques misioneros y otros, téngase en cuenta estas observaciones tomadas in situ y dictadas con la mejor buena intención y voluntad.

Según los datos del doctor Bertoni, el río Yabebuiry en su parte inferior cerca del Paraná mantiene su anchura entre 80 y 250 metros, con bastante profundidad, y arrastra una cantidad de agua muy superior, a la que se podría suponer, calculando que su curso total no pasará de 30 leguas y probablemente menos.

Esto se explica fácilmente por sus muchos afluentes y, sobre todo, por la enorme cantidad de lluvia que anualmente se descarga sobre la sierra de Misiones, y que según sus cálculos llega a dos y medio metros o sea dos mil quinientos litros por metro cuadrado. Esta abundancia relativa de agua es el carácter general de todos los ríos y arroyos del Alto Paraná, los que, por poco que llueva, guardan siempre un caudal respetable, no siendo raro verlos crecer durante las lluvias cinco y hasta diez metros verticales, a pesar de lo rápido de su corriente. Continuando nuestra marcha, llegamos como a las cuatro de la tarde, al puerto de San Ignacio.

 

Juan Bautista Ambrosetti

El relato es parte del libro Tercer viaje a Misiones. Ambrosetti fue uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar. Autor de innumerables trabajos, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná.

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