Mandarinas a la siesta

domingo 30 de julio de 2023 | 3:52hs.

Desde atrás de un gran tronco de eucalipto la miraba expectante. Muchas veces había estado en ese lugar pero era la primera vez que se encontraba con ella y estaba sorprendido. Justo a la hora en que los duendes salen a recorrer la siesta en busca de desprevenidos para engañarlos con algún encantamiento. La veía de espaldas, esbelta, de vestido blanco y un sombrerito de tela que apretaba su negra cabellera que le caía sobre el rostro. Había aparecido desde atrás de las plantas de mandarinas, cruzó por el costado del potrero y enfiló hacia el arroyito, al fondo de la chacra. A su paso, la siesta misionera ensordecida de chicharras, se volvía misteriosamente silenciosa. Un escalofrío recorría la espalda de Julio que apenas la perdió de vista, regresó a la casa de su abuela. No podía sacar a la mujer de sus pensamientos,  “¿Quién era esa mujer?  ¿A dónde se dirigía a esa hora cuando el calor era insoportable?”

Después de haber almorzado había ido a saborear unas mandarinas que para él era un placer arrancarlas de las plantas y consumirlas como un preciado manjar. La chacra era bastante grande, vivían allí la abuela junto a una hermana. Gran parte era monte tupido y el resto se repartía con plantaciones de frutales, donde sobresalían las exquisitas mandarinas. Hacia el fondo, constituyendo el límite con la chacra vecina, corría un arroyito donde los animales saciaban su sed.

Julio, con sus veinte años recién cumplidos vivía junto a sus padres en un poblado vecino. Periódicamente venía en tren para traer mercaderías para la subsistencia de las dos mujeres.  A partir de este hecho comenzó a venir más seguido, quería desentrañar el misterio de la mujer que se paseaba por la chacra de la abuela.  

A la semana siguiente regresó. Luego de almorzar le avisó a la abuela que iría por unas mandarinas y se encaminó hacia el lugar. En realidad no le interesaban las frutas, quería volver a verla y la esperaría escondido en el mismo lugar. Minutos después de las tres de la tarde divisó su figura inconfundible, con un andar lento y la misma vestimenta pero con la imposibilidad de divisar su rostro por los mechones de cabello que lo cubrían casi por completo.

Cuando estaba a unos metros de su escondite, rompió una ramita e inmediatamente se irguió para que notara su presencia.

Se detuvo un instante ante el ruido, lo miró y emitió un sonido inentendible e inmediatamente corrió hacia el arroyo. Él la siguió y cuando estaba a punto de alcanzarla, ella se detiene abruptamente, gira y levanta una mano para que él haga lo mismo. Luego continuó haciendo señas para que se alejara. Julio le ofreció unos caramelos que sacó de su bolsillo. Se acercó lenta y desconfiadamente y le quitó de las manos las golosinas y nuevamente salió corriendo, cruzando el precario puente de madera que atravesaba el angosto arroyo. No la siguió y regresó hacia la casa. No podía sacar de su mente a esa mujer que estuvo tan cerca y a la que no pudo observar nítidamente la cara.

Al comentarle a la abuela sobre su encuentro, ésta le contó algunas historias de la mujer a quien todos llamaban la “Loca de la Siesta”.

- Es hija de uno de nuestros vecinos que de un día para otro enloqueció y desde allí deambula por las chacras y caminos vecinales, justo después del mediodía. No hace mal a nadie, pero la gente le tiene miedo. Es muy huraña, apenas ve a una persona, huye y se esconde. Cuentan que quedó así desde que su familia se negó a aceptar a su pretendiente. También dicen que sus hermanos lo hicieron desaparecer cuando se enteraron que estaban por huir para vivir juntos en otro lugar. De esto hace bastante tiempo, pero ellos lo niegan. Lo cierto es que al muchacho nadie lo volvió a ver. Un día, ella comenzó con conductas extrañas, dejó de hablar y desde allí, deambula en las siestas, dicen que buscando a su amor, al que dejó de ver justamente a esa hora.

Julián quedó impactado por la historia y decidió volver pronto, quería encontrarla e intentar hablar con ella.

La semana pasó rápidamente. El sábado nuevamente regresó a la chacra  y a la hora de la siesta enfiló hacia el fondo de la chacra. Al verlo, la abuela le recomendó que se cuidara. No tanto de ella pero si de sus hermanos que muchas veces salían a  buscarla para regresarla a la casa

No se escondió, quedó apoyado contra el tronco. Si ella venía, lo vería con seguridad. Minutos después, la imagen blanquecina de la mujer comenzó aparecer desde el lugar de siempre y se le fue acercando. Estaba a muy pocos pasos cuando la saludó:

- “Hola” - y le extendió la mano.

Ella se detuvo un instante y luego caminó hacia él. Le acarició la mejilla y con una voz muy suave, apenas perceptible, le dijo:

- ¡Regresaste!… te he esperado tanto, te he buscado cada día y hoy vuelves a mí. Estás igual, no has cambiado nada. ¿Por qué tardaste tanto?

El corrió sus cabellos con ambas manos y observó admirado el rostro de la que alguna vez fue una bellísima mujer, con un notorio dejo de tristeza en sus ojos. Se quedó en silencio mientras la escuchaba.

- Todos creen que estoy loca… actúo así para que me dejen en paz y no me molesten. Por favor llévame contigo, como lo planeamos…

Julián no sabía qué hacer, sin decir una palabra acariciaba sus cabellos bastante descuidados. Fue en ese preciso instante cuando escuchó el grito de dos hombres “Te dijimos que no regreses” e inmediatamente el estampido. Ella se abrazó a él y recibió el letal disparo. Una mancha roja comenzó a teñir su vestido blanco mientras iba perdiendo la estabilidad.

-  Abrázame fuerte - dijo con un hilo de voz mientras se desvanecía entre sus brazos.

Cuando los hombres se dieron cuenta de la tragedia provocada huyeron hacia el monte. Momentos después llegaba una comisión policial alertada por los vecinos. Aún la tenía entre sus brazos.

-  Te advertí que eran personas muy peligrosas – le reprochó la abuela que también se había acercado al sitio.

Abrazado a ella regresó a la casa con lágrimas en sus ojos. Mientras pasaban cerca de una planta arrancó una mandarina y la comió con rabia. Quería quitar el gusto amargo que tenía en la boca. Estaba seguro que podría haber ayudado a esa mujer para volver a ser la que un día fue.

Paradójicamente, a pesar de su muerte, comentan que la “Loca de la Siesta” siguió recorriendo las chacras y muchos lo atestiguan. Cuentan que los sábados después del almuerzo, se la ha visto recorrer los caminos de la zona, quizás buscando a ese amor que nunca olvidó. Lo cierto es que quienes la vieron coinciden en que a pesar de no ser temporada, un fuerte olor a mandarinas recién arrancadas inunda la siesta del lugar.

                                                                

    José Pereyra

Inédito. Pereyra es docente jubilado y reside en Virasoro, Corrientes. Tiene publicado los libros “Ramos Generales: Mboyeré” y  “Cuentos y relatos que dejan huellas”.               

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