La Negra Nuña

domingo 30 de julio de 2023 | 3:50hs.
La Negra Nuña
La Negra Nuña

La Negra Nuña  nunca tuvo novio y si lo tuvo, no le duró. Esa mañana, antes de emprender el camino a su trabajo en el Ministerio de Derechos Imposibles del Estado de Matelandia, donde se desempeñaba como asesora legal del ministro,  se miró al espejo por enésima vez y concluyó  que esa conquista que parecía aplazarse, aproximarse y alejarse sin decidirse a formalizar, esta vez caería en sus manos.

Girando la cabeza de un lado a otro observó que los reflejos practicados por su estilista Karen, no se veían como esperaba. Su cabellera -otrora negra- había adquirido un  color amarronado por las reiteradas decoloraciones y tinturas y en ese fondo los claritos no proporcionaban un entorno más amable al rostro ni atenuaban la mirada de sus ojos, tan negros, tan elípticos, tan duros…   Se calzó los anteojos y volvió a mirarse, eran llamativos, le sentaban bien, aportaban un toque de distinción a su figura y suavizaban la fría expresión que se colaba detrás de los cristales.

Deteniéndose en la generalidad de su aspecto comprobó que el jean ajustado acentuaba la forma de sus caderas resaltando el largo trazo de sus piernas y que las sandalias de alta plataforma y gruesos tacones combinaban con las demás piezas de su atuendo. Se concentró en las correas doradas de su cartera… amaba ese color y el metal que simbolizaba aún en tiempos en que adquisiciones como esas le estaban vedadas por una economía signada por la necesidad y las carencias. La situación había cambiado y ahora, anillos, pendientes y cadenas de oro proyectaban en su figura brillos delatores de la solidez de sus cuentas y de la cómoda posición de sus sentaderas en la cima del mundo.    

Recordó brevemente las vicisitudes de su pasado evocando la realidad de su crianza en el seno de una familia irregular compuesta por un padre ausente y una madre diligente. Su progenitora había hecho de la militancia partidaria una fuente de abastecimiento de los insumos que necesitaba para asegurarle el crecimiento y una carrera universitaria que le significara un destino distinto al suyo. Con tal propósito se inscribía en todas las campañas electorales a favor de cualquier candidato con probabilidades de arribar al poder, más allá de la divisa que alentara.

Retornando a su presente, la mirada de sus ojos tan negros… tan elípticos… tan duros… atribuía el mérito de su cargo de asesora ministerial a su particular habilidad de desentrañar los misterios de la ley, y conectada   a un destino de luminaria que –suponía- se proyectaba por encima de los demás seres de este mundo concreto, construyó una imagen de sí misma escindida del horizonte gris de su pasado. Ese dogma la llevó a perderse para siempre en los meandros de la sobreestimación personal y la subestimación ajena.

-Estoy bien - murmuró  manoteando el celular y cerrando la puerta tras de sí  emprendió el camino al ministerio  repasando mentalmente los expedientes que examinaría y los últimos episodios registrados en el ámbito político. “Este destino es bastante más cómodo y relajado que el anterior” -se dijo- comparando  la función actual de su jefe recientemente removido del cargo de Ministro de los Derechos de Consumidores de Sueños Precarios y Usuarios de Bienes Fútiles, para pasar a desempeñarse en la cartera de los Derechos Imposibles. 

No había mucho que hacer ahí salvo apuntalar el entramado legal del quehacer del funcionario, no adscripto a la defensa de los derechos imposibles sino al desvío y aprovechamiento de las partidas presupuestarias en fines ajenos a la institución. Se trataba de hacer lo que hacen todos los ministerios del mundo: Reducir… recibir en blanco e invertir en negro… cacarear en el patio y esconder los huevos en el fondo del gallinero.

Aceitados como estaban los mecanismos de la democracia en Matelandia, componer sábanas y paraguas protectores del funcionariado era una tarea relativamente sencilla y le sobraba tiempo para procurarse las mieles del amor… No obstante no se descuidaría.  En las propias filas y en las del enemigo abundaban los buchones dispuestos a aventar las llamas del mismo infierno con tal de que consuman los edificios de sus opositores. Lo sabía por experiencia materna. 

Volvió el pensamiento a su amado. Necesitaba hacerle sentir su poder,  demostrarle lo cerca que  estaba de convertirse en una pieza clave del gobierno (por el momento digitaba hechos, nombres, reuniones y eventos y  de allí a regentear el universo matelandés sería solo cuestión de tiempo) Necesitaba afianzar algunos lazos, invertir en sí misma, agudizar los sentidos y sonreír, sonreír permanentemente, lo demás vendría por añadidura.

Repasó mentalmente los detalles del último encuentro. Habían pasado juntos una jornada  íntima el último día de la estada de su amado en la ciudad al término de su licencia anual. – Te  llamaré  apenas llegue, no te preocupes- le dijo él al despedirse y adelantándose a la pregunta en ciernes… “Claro que te voy a extrañar… quizá puedas escaparte unos días para estar conmigo…” y dejó la frase inconclusa. No había mucha convicción en esa sugerencia ni tanta emotividad en el “Hasta pronto. Cuídate”.  Resolvió en el momento. Iría.

Al llegar a su oficina consultó la agenda y el calendario. Dentro de dos semanas habría un fin de semana largo y los eventos importantes con fecha de realización en el tramo de tiempo restante no plantearían inconvenientes a la escapada. Decidió comunicarle al ministro que se ausentaría por cinco días y así lo hizo “Ni lo sueñes… - replicó el funcionario- ese fin de semana tenemos las jornadas de asistencia a la comunidad de los auto-percibidos gestantes… Imposible.”

Rápida y determinada -insistió: –  Le  prepararé el encuadre legal y el plan de actividades con todas las opciones posibles para que los participantes se sientan contenidos en su realidad y alentados en sus procesos… el jueves tendrá en su escritorio las carpetas y los instructivos para el trabajo de los grupos.  

Ante tal despliegue de efectividad al ministro no le quedó más remedio que consentir el recreo solicitado por la asesora, más aún cuando el día establecido encontró sobre su escritorio las carpetas de propuestas de trabajo para las comisiones, rotuladas y etiquetadas prolijamente: Nº1) “La gestación como un proceso inverso a la seguridad ambiental”; Nº 2)  “Gestar o no gestar: la irrelevancia del ser”; Nº 3) “Gestar para disromper”; Nº 4) “Gesta tú, gesta él, un derecho al alcance de todOs”.

 Y el fin de semana largo llegó. Al término de su último día en la oficina voló a su casa, empacó y como no  había vuelos hacia el destino donde se dirigía, abordó el micro y se dio a la fuga en busca del amor incierto que no se decidía a pesar de haber puesto en sus manos todos sus encantos y haberle dado pruebas de un poder casi ilimitado… lo empujaría sencillamente instalándose en su vida.

El micro devoraba kilómetros en un ritmo uniformemente adormecedor al tiempo que  la Negra Nuña se atragantaba de ansiedad en simultáneo a la ingesta vial del automotor. Sus pensamientos giraban como las manecillas del reloj en torno a la llegada, la comunicación a su amado de su presencia en la ciudad, el encuentro, la cena a la luz de las velas y el amor sin límites. Luego le haría el pedido acompañado del ofrecimiento de un cargo importante en el aparato estatal de Matelandia, ya negociado con su jefe. Todo el horizonte se presentaba color de rosa y esta vez no se pintaría de otro color.

Cuando el micro se detuvo en la terminal se metió en el primer taxi de la fila y ordenó: “General Paz 1828, casi Lavalle” mientras marcaba infructuosamente un número en su celular.  Historiador en sus tiempos libres, el chofer trató de probar los conocimientos y las preferencias ideológicas de su pasajera dirigiéndole un comentario anecdótico: “Buena dupla de nuestra historia… lástima que no se pusieron de acuerdo para pelear contra el tirano…”  

La Negra Nuña - que en esos momentos realizaba el cuarto análisis de las posibilidades del encuentro con el causante de sus desvelos - retuvo la última afirmación por lo que preguntó:

– ¿Pelear? ¿Quiénes…?  – Mis vecinos… contestó el conductor viendo que la charla no

tenía caso. Lo siguiente fue apretar el acelerador a fondo. 

El coche se detuvo en el lugar indicado “Acá es…” dijo el taxista y la viajera le pidió que aguardara un momento, que verificaría una presencia en el domicilio y de no haberla, tendría que trasladarla al hotel que ya había contactado por las dudas y hecho reserva de habitación. El trabajador accedió haciendo la salvedad de que tendría que abonar el tiempo de espera. – Desde luego-  respondió la mujer marcando por tercera vez en su celular el número de su amado.

En ese preciso instante se abrió la puerta de la casa emergiendo de ella el inspirador de los suspiros de la asesora ministerial. No estaba solo. Una bella joven y un niño de corta edad lo acompañaban. La Negra Nuña permaneció en suspenso contemplando la escena y el chofer - cuya intuición iba más allá de los sucesos históricos que constituían su pasión -  sintió acelerársele el corazón al igual que el andar de su máquina unos instantes antes. Para entonces, como a la viajera, la desolación empezaba a ganarlo.

Sin percatarse del taxi estacionado unos metros más atrás, la pareja intercambiaba gestos de cariño. De improviso el hombre sacó el celular de la funda abrochada al cinto, lo  observó, deslizó el pulgar sobre la pantalla y volvió a guardarlo esta vez en el bolsillo de la campera; seguidamente estampó un beso en la boca a su compañera, levantó y abrazó al niño despidiéndose de ambos y, dirigiéndose a un vehículo detenido frente a la casa se introdujo en él dando órdenes de partir al conductor.  

En el taxi el chofer miró a su pasajera que aún estaba con el celular en la mano sin saber qué hacer – “Dígame” le dijo suavemente, se queda o quiere que la lleve a algún otro sitio…

–  Lléveme a Chacabuco y San Lorenzo –fue la respuesta- Hotel Libertador. El taxista obedeció esta vez  en silencio mientras los ojos de la Negra Nuña, tan negros… tan elípticos… tan duros… se llenaban de lágrimas.

 

 

Norma Nielsen

Nielsen es cuentista, poetisa y compositora de música. Tiene varias publicaciones y participó en antologías.

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