La decisión (1638)

domingo 23 de julio de 2023 | 3:56hs.
La decisión (1638)
La decisión (1638)

Desde hace días Pi`í (·) no hace más que pensar en aquello, y la angustia lo tiene tan mortificado que se ha adentrado en el monte solo, varias veces, para probar si es capaz de hacerlo por sí mismo de una vez, pero llega a la conclusión de que no puede. Y menos sin un cuchillo afilado, que no posee. Los cuchillos escasean en la misión, fuera de los de mesa que utilizan los Padres en el refectorio, y las cuchillas y hachas para despostar que utilizan los que trabajan en el matadero, con las que degüellan y faenan las reses. Sólo ellos las utilizan y no hay nadie más que tenga acceso a los cuchillos. Es más, ni siquiera abundan otros elementos de metal en ese mundo vegetal. Las cerraduras, las llaves, alguna pequeña hoja de arado o los crucifijos que cuelgan del cuello de los Padres, así como anzuelos, agujas y alfileres llegan desde otro mundo, y es por eso que, acabado el trabajo del día en el matadero, los que allí trabajan deben entregar todas las herramientas, incluyendo las cuchillas, las hachas y alguna sierra al Padre Cristóbal, siempre limpias y bien afiladas, para que él las guarde celosamente, bajo llave, hasta que vuelvan a ser utilizadas.

Pi´í cree que su padecimiento acabará si consigue un cuchillo. Ese mismo  padecimiento que comenzó cuando el Padre Juan Pedro acabó, hace no mucho de pronunciar su sermón, y comprendiera él, claramente, por donde pasaba el camino de la Salvación. 

Porque sólo él sabe lo que es sufrir aquello, y comprende ahora que es el propio diablo el que tiene metido en su cuerpo. El que le ordena hacer esas cosas sobre las que intenta rebelarse, pero sin conseguir más que estar cada día peor, y sabe que de seguir tentado por ese impulso, no solo no accederá a la vida eterna, que tanto desea, sino expuesto a lo que más teme, como son los suplicios del infierno. Lo siente en su estómago y en la entrepierna. Pero además se sabe débil. O con menos recursos que el diablo contra el que sabe no puede oponerse, porque es suficiente con que vea a la pequeña Cachí (··) saliendo del agua del arroyo en la mañana, o a la joven Petó (···), que ya ha sido madre, hilando bajo la galería mientras lo sigue con la mirada, para que aquellos reclamos que le impone el maligno lo trastornen. Con solo verlas las quiere hacer suyas, y ahora que ha escuchado las explicaciones del Padre Juan Pedro comprende que no es él, sino el diablo instalado en su cuerpo para robarle el alma el que lo incita a caer en el pecado. Él ha logrado resistir hasta ahora, pero no sabe cuánto más podrá aguantar ese padecimiento.

En su agonía ha logrado por fin confesarle al padre lo que sufre y cuál cree que es la solución, pero el Padre Juan Pedro le ha contestado que no se le ocurra semejante cosa. La castidad se impone por la voluntad, y no por esos métodos como los que él propone. “Piensa sólo en Dios, que Él habrá de ayudarte - le ha dicho Padre- reza y pídele socorro”. Pero los días pasan y ahora junto con los lapachos florecidos y los días más cálidos, su ansiedad se torna irrefrenable. Quiere ser casto mientras todo a su alrededor se multiplica. Los pájaros despliegan sus plumas de colores para deslumbrar a las hembras, el monte florecido se puebla de reclamos, los insectos pululan reproduciéndose en enjambres que cuelgan de las ramas o entre los pastizales, y por la noche no pasan desapercibidos los gemidos que salen de las viviendas de los que son casados.

Pi`í pasa la noche en vela, asombrado de comprobar la ignorancia de todos los hombres ante los sufrimientos que les aguardan más allá de esta vida por hacer lo que hacen.

El diablo en tanto consigue su gran cosecha en primavera, robando almas y almas sin parar, y llega entonces un momento en que él mismo está ya a punto de claudicar, de aceptar que ya nada le interesa cuando… Dios viene en su auxilio y le pone a su alcance el recuerdo de Chichilo (····), que trabaja en el matadero desde jovencito. No tiene mucho trato con él, pero es el único que puede ayudarlo porque sabe bien de qué se trata y sabe cómo hacerlo. Chichilo ha castrado decenas de toros y él lo ha visto algunas veces comer asadas las criadillas. A él le consta cómo esos animales irascibles, llegados de las estancias de Candelaria, capaces de embestir los corrales de palos de urunday, pasado algún tiempo, luego de la intervención hecha por Chichilo, se han tornado más mansos que un cordero, uncidos al yugo de las carretas que atraviesan el monte. Esa parece ser la salvación, porque los bueyes no se acuerdan ya de vaca alguna y sólo babean resignados al final de los viajes con sus costillares inflamados de uras.

Así quiere permanecer él, casto y sin pecado hasta llegado el día en que Dios lo lleve.

A media tarde ha terminado la faena del matadero y el Padre Cristóbal, que ha ido a supervisar las tareas, ve adentrarse por un trillo a Pi`í acompañado de Chichilo e intuye el motivo de esa escapada al monte.

Sabe que ya nada puede hacer y sólo espera que Chichilo haya limpiado la cuchilla como corresponde, y que la guarde luego, porque esa tarde no ha tenido tiempo de hacer el recuento de los elementos usados en el matadero.

Luego vuelve a mirar hacia el trillo y ve que ambos han desaparecido. Entonces le parece el momento propicio para elevar una oración.

             

  (·) Felipe

  (··) Casimira

  (···) Petrona

  (····) Cecilio

  (Onomástica guaraní.   A. Jover Peralta y T. Osuna)                                     

  

Rodolfo Nicolás Capaccio                     

Inédito: Corresponde a “Piedras en Verde Silencio”.   Capaccio es licenciado en Comunicación social y fue docente de la Unam. Ha publicado varios libros, recopilaciones, novelas y cuentos.                                

                                   

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