El Mayor

domingo 16 de julio de 2023 | 3:56hs.
El Mayor
El Mayor

La montonera marchaba con lentitud por el estrecho camino. Sólo ahora, después de jornadas de constante zozobra, aquellos hombres podían darse un respiro. Un pique abierto durante la noche en la maraña de la selva, a golpes de machete, les había salvado de la persecución de las fuerzas gubernistas. Era ésta una de las dos o tres montoneras que, al fracasar la revolución comenzada un año atrás, erraban por los montes, asaltando las estancias y los pueblos. Su jefe, el mayor Rómulo Elizalde, ni bien sonaba el primer tiro en Asunción, reunía a sus partidarios y se lanzaba a la lucha. Había pertenecido al ejército regular, donde llegó a capitán. Sin embargo, se le conocía como el Mayor. En San Estanislao, donde habitaba, y varias leguas a la redonda, se le admiraba y respetaba. Su fama, esa fama que le había creado su audaz y aguerrido vivir, era a larga, y con el correr del tiempo se iba convirtiendo en leyenda. Sus crueldades y depredaciones, como asimismo sus actitudes de generosidad y desinterés, se habían hecho populares. Muchos episodios de su vida se cantaban en las polcas. Otros dos aspectos de su personalidad que le habían dado renombre, eran la gracia y agudeza con que divertía a sus amigos en las fiestas populares, y sus numerosas aventuras amorosas. Muchas de éstas eran simples violaciones. Sus hijos bastardos se contaban por decenas, pero no había reconocido a ninguno, ni siquiera los miraba como suyos.

El Mayor marchaba en ese momento detrás de su gente, montado en un alazán cuatrereado días antes. Era morocho, delgado y bajo de estatura. Llevaba sombrero muy aludo, como de tropero, un poco derribado hacia la nuca, chaquetilla militar de color caqui, desabotonada sobre el pecho velludo, pantalones de montar y polainas. Aunque el Mayor tomaba aires de estratego, realizando como él decía una campaña cientificista no lograba convencer a nadie de ello. Toda su ciencia militar se reducía a sorprender al enemigo en emboscada urdida con astucia o caer de súbito sobre él, después de haber recorrido varias leguas en medio de la noche. Para esto sí que era estratego; pero un estratego que tenía algo de ese animal montaraz que husmea el peligro a larga distancia y camina leguas y más leguas en medio de la selva guiado sólo por su instinto.

Anochecía cuando la montonera hizo alto a una orden del Mayor. Gran parte de los jinetes bajaron de sus caballos, sobre los que habían montado todo el día. Descabalgaban con ligereza y volvían a sentarse sobre el reca- do con igual agilidad. Una nueva orden fue saltando de boca en boca: que nadie desensillase.

Sentado en una piedra a un costado del camino, el Mayor les exponía a sus ayudantes prolijamente un nuevo plan para alejarse de las tropas gubernistas. Mientras hablaba, trazaba con el mango de su rebenque en la arena algunas líneas que eran algo así como el gráfico de su exposición. Pero al final, no se podía concretar nada mientras no volviese la patrulla que había ido esa mañana a San Joaquín, pueblo del que estaban a dos leguas cortas. El Mayor se mostraba impaciente, recelaba algo, barruntaba un peligro en el retraso de la patrulla. En su cara aceitunada de mestizo se pintaba la inquietud. Por momentos, tenía la sensación de que andaba a ciegas, y, entonces, se apoderaban de él esa angustia y sobresalto del hombre acorralado. Sus tres ayudantes estaban a su lado. El más joven de entre ellos, el teniente Alderete, casi barbilampiño, algo delgado, recorría de vez en cuando con la mirada los espesos y altos muros de follaje, que formaban la picada, como si quisiera saltar por encima de esa maraña es- pesa. Soñaba día y noche con escapar de esa cárcel de malezas y árboles, cuyo vaho húmedo, de vegetales en descomposición, lo ahogaba. Tendría veinte años de edad, y era cadete en la Escuela Militar cuando estalló la revolución. Los cadetes se sublevaron; pero al ser derrotada la revolución, el teniente Alderete no sabiendo adónde ir, quedó como atrapado en la montonera del Mayor.

Levantóse el Mayor a la vez que se azotaba las polainas de cuero con su rebenque de cabo de plata.

La columna comenzó a andar al principio con pesadez, levantando espesa polvareda; luego, a medida que avanzaba, fue alargándose y moviéndose con más rapidez. Se alzaban a todo su largo relinchos de caballos, voces gruesas, gritos que parecían deshacerse entre la polvareda.

Después de recorrida una legua más o menos, la columna volvió a hacer alto. En la vaga claridad de la noche se veía un arremolinarse y un ir y venir de sombras. Se encendió un fósforo iluminando la cara barbada y fiera de un montonero. Más atrás se vislumbró otra, una sombría bajo el ala el sombrero pirí". Un poco más lejos, apenas se dibujaban las formas de otro revolucionario, descansando a mujeriegas sobre el recado.

La columna se dividió en dos grupos: uno tomó por un pique que salía por atrás de San Joaquín; y el otro, siguió por el camino principal. Si había soldados gubernistas en el pueblo los tomarían entre dos fuegos. Iba a repetir una vez más el Mayor uno de esos ataques sorpresivos y audaces, que le habían hecho famoso.

A poco de andar, los que iban más adelantados llegaron a las afueras del pueblo. Andaban con recelosa cautela. Nadie les salió al paso. Las puertas y ventanas permanecían cerradas, mudas. Algunos gallos lanzaron su sobresaltado cacareo y rompieron la paz de la noche ladridos lejanos, que se multiplicaban hasta el infinito. Se dirigieron a la comisaría, en la que entraron sin llamar. Era una casucha pequeña, de paredes despintadas, con el negro techo partido por una gran viga y el piso de ladrillos, gastados por el uso. Reinaba en ella un profundo silencio. El Mayor llamó descargando fuertes golpes sobre una mesa. La casa al parecer se componía de dos piezas: aquella en que estaban ellos y la contigua, cuya puerta estaba entornada. Todo el moblaje lo formaban tres sillas de asiento y respaldo de cuero, una lámpara de querosén y un largo banco de madera adosado a la pared. El Mayor se sentó en una de las sillas, y, apoyando los pies en la meza, comenzó a balancearse. La lámpara, colgada del techo por un alambre negro de humo, proyectaba su sombra movediza en el muro.

Un ruido en la pieza vecina hizo que el Mayor se pusiese de pie rápido. Se abrió la puerta y apareció un hombre corpulento. Tenía el cabello en desorden y los ojos todavía soñolientos por su repentino despertar. Quedóse quieto y con mucho sosiego mirando al Mayor, el que escondía la mirada en el antifaz de sombra que le ponía el ala del sombrero. Y desde allí, sus ojos agazapados, seguían atentos todos los movimientos del hombre que tenía enfrente. Se alzó la voz del Mayor preguntando en guaraní por el comisario. El desconocido movió los labios para hablar, pero quedó callado. Siguió un largo silencio. El Mayor volvió a insistir.

-Che ndaicuaái -replicó el otro seco y duro. El Mayor sintió unos deseos furiosos de cruzarle la cara de un rebencazo. Le hacía perder los estribos la serena decisión del hombre aquel. Gritó, señalándole:

-Detenélo a ese...

Al pronunciar estas palabras vio que el otro llevaba la mano a la cintura. Pero el Mayor ya estaba con su revólver en la suya. Una detonación retumbó en la pieza. Oyéndosele exclamar acto seguido:

 -Aipoganá ichupé.

El desconocido cayó al suelo apretándose el vientre con ambas manos. El Mayor y sus acompañantes se apresuraron a socorrerle. Mientras dos de éstos se quedaran con el herido, el Mayor salió a la calle en el mismo momento que una descarga cerrada de fusilería sonaba en la quietud del pueblo. El grueso de la montonera lo acababa de ocupar. Se iluminaron algunas puertas y ventanas, y la luz de alguno que otro farol campesino asomóse cautelosa a escudriñar la noche. Ya sabían de qué se trataba. El tumulto y la confusión eran grandes. Se oía por todas partes movimientos de hombres y caballos, voces, gritos y ruido de puertas y ventanas cerradas de golpe. Sonaba uno que otro tiro aislado, cada vez más lejano, como si la brisa de la noche se fuera llevando a los tiradores.

—Epytá.

Al tiempo que lanzaba este grito, el Mayor detuvo a un campesino. Le preguntó por la casa del comisario. El campesino se ofreció a guiarle. Al poco rato de andar se detuvieron ante una casa. El Mayor llamó a la puerta. Nadie salía. Impaciente, el Mayor abrió de una patada la puerta, que estaba sin llave. Se encontraron con una muchacha vestida con una tosca camisa que le llegaba a la mitad de las piernas, y tenía una vela encendida en la mano. Parecía no estar asustada. Mientras el Mayor se plantaba en medio de la pieza, la muchacha hizo gotear, con gran pachorra, la cera de la vela sobre el ángulo de una mesa, y allí la puso. Cuando le preguntaron dónde estaba el comisario, y los cuatro policías a su mando, quiso al principio fingir que nada sabía, pero apremiada y amenazada, terminó por confesar que unas horas antes habían huido.

Al salir de la casa, el Mayor le dijo risueño al teniente Alderete, indicándole a la muchacha:

-Buena carnaza.

En la oscuridad de las calles se encontraba y tropezaba a cada rato con soldados pasados de caña, que no conociéndole le insultaban y amenazaban a gritos. Los tres o cuatro almacenes del pueblo estaban llenos de hombres, que gritaban y reían. Durante toda la noche continuó aquel tumulto de gritos, detonaciones, correr de caballos y andar de gente.

Al amanecer, el Mayor con su poguazú entre los dientes, púsose a buscar una casa para aposentarse. Se decidió por la casa antigua, ancha fresca de don Miguel Zuñagazú, un español venido al país hacía muchos años. Tenía fama de ser el hombre más rico de San Joaquín. Don Miguel tuvo que ponerle buena cara al Mayor y hasta agradecerle el honor que le hacía al elegir su casa como residencia.

-¿Me conoces? —le preguntó el Mayor mientras se dejaba caer descuidadamente en uno de los sillones de añejo raso rameado, que había en la sala.

Don Miguel, muy respetuosamente, de pie, con las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre, contestó que le conocía de oídas. El Mayor lo escuchaba repantigado en el sofá, con las piernas estiradas. De repente dijo: —Escuche, don Miguel. —Éste temblaba de cólera. Pero el miedo lo do- minaba. -Estaremos bien aquí —continuó sin notar el enojo de don Miguel; y dándose una sonoras palmadas de satisfacción en los muslos, se levantó a la vez que añadía: -Hay que traer una mesa. Aquí estará el estado mayor.

Repetía a menudo estas dos últimas palabras. Sentía un raro placer al pronunciarlas. Un recuerdo tal vez de su época de oficial, o posiblemente no se resignaba a estar al frente de una desorganizada montonera.

Comenzó a pasearse por la habitación, ensuciando con el polvo de sus zapatos la descolorida alfombra.

-Y ¿la mesa? —preguntó con irritación mirando a don Miguel.

Éste salió apresuradamente con intención de buscarla. Volvió al poco rato diciendo que enseguida la traerían; y buscando congraciarse con el Mayor le preguntó si quería tomar algo.

—Tereré —dijo el Mayor.

Fueron interrumpidos por la llegada de dos muchachas trayendo una mesa, que colocaron en el centro de la sala. Una de ellas era de aspecto y facciones finas; la otra, se veía que era una campesina. Iban ya a marcharse, cuando el Mayor retuvo a la primera tomándola del brazo.

-¿Jha avá pico nde?-preguntó con amable superioridad.

-Yo... yo... —respondió temblando la muchacha-. Soy Carmen, la hija de don Miguel.

La mirada del Mayor recorrió de arriba abajo, desvergonzadamente, el hermoso cuerpo de la muchacha.

-¿Por qué bajás los ojos? No seas avergonzada.

Y poniéndole la mano bajo la barbilla, le hizo levantar la cabeza.

-Parece que te doy miedo.

Y rió enseñando los dientes grandes y cubiertos de sarro. Carmen repuso temerosa.

-Si... te tengo miedo.

El Mayor se echó a reír a carcajadas. En ese momento entró don Miguel, que al ver a su hija asustada y oír esas risotadas, se enfureció. Se le trababa la lengua y enrojecía el rostro grande y carnoso.

-Mayor, le he recibido en casa... Pero..., pero respete a los míos o le cerraré la puerta.

El Mayor le escuchaba sin decir palabra, y lo único que indicaba que iba perdiendo la paciencia eran los golpes que se daba en las polainas con el rebenque. Pero no bien terminó el otro de hablar, su voz se alzó violenta:

-Yo mando en el pueblo, gallego de mierda... Voy a hacerte pegar cuatro tiros por la espalda, y con los ojos vendados..., con los ojos vendados. ¿Me oye?

Repitió dos veces que lo haría fusilar con los ojos vendados, porque a su juicio no había humillación más grande que se pudiera aplicar a un condenado a muerte. Carmen se había cobijado entre los brazos de su padre, llorando. El Mayor la arrancó de allí a la fuerza y la empujó a un rincón. Entonces, don Miguel, ciego de rabia, sin saber lo que hacía, se abalanzó sobre el Mayor aplicándole un fuerte puñetazo en la cara. Tomado de sorpresa, el Mayor cayó hacia atrás, pero enseguida reaccionó, y pegó en la cabeza, con el cabo del rebenque, a don Miguel, cuya cara se cubrió enseguida de sangre.

-Pé apresá pecuimbaé pe, jha la cuñataí me pemboty peteí coty pe. Up riré ya jhechá-ne ayapóva ichugui (1)- ordenó al mismo tiempo que levantaba la mano con ademán nervioso.

Se llevaron a don Miguel desesperado, asustado, cubriéndose la herida de la cabeza con un pañuelo, enrojecido ya por la sangre. Detrás de él salía su hija. Al quedar solo, el Mayor se aproximó a una ventana de rejas, que daba sobre la plaza del pueblo. Era una mañana llena de azules y verde: Pasaban algunas campesinas, y de tanto en tanto montoneros, que sólo se distinguían de los campesinos por el fusil y la bolsa de lona henchida de balas, colgándoles al costado. Desde la ventana, el Mayor llamó a uno sus soldados que en la plaza conversaba con otros. Cuando aquél estuvo cerca de la ventana, le dijo.

-Belisario, quemaremos un judas...

Reicuaáma. Co pyjharé pe las ocho ipú yavé. Emombá porá la ñande judas, jha eporomomarandú la ocai-ta jha (2).

A pesar de la forma imprecisa en que se expresó, Belisario pareció entenderlo muy bien, porque lo escuchó sonriendo y haciendo signos afirmativos con la cabeza.

-Váyase nomás -dijo el Mayor, y siguió a Belisario con la vista mientras cruzaba la plaza.

Al anochecer vino el teniente Alderete a comunicarle que en cualquier momento que ordenara podían partir. El Mayor le escuchaba sin levantar la cabeza de la mesa, en que aparecían desparramados unos papeles y dos grandes mapas escolares, que había hecho traer de la escuela. Luego de un breve silencio, el teniente Alderete le preguntó con voz insegura, moviendo la cabeza del lado de la plaza.

-¿Están haciendo los preparativos para quemar un judas?

-Sí.

Se volvió a hacer un largo silencio entre ambos. Por la ventana entraban confusos rumores. Atardecía sobre San Joaquín. En la línea del horizonte, el cielo se teñía de un rojo purpureo, como si reflejase lejanas fogaradas. Oyóse un grito largo, sostenido. El teniente Alderete se estremeció.

-¿Se hará lo de Paraguay otra vez? —preguntó.

Impaciente y nervioso, el Mayor se removió en su silla, y, después, respondió con sequedad:

—Sí.

Dejó caer la afirmación con acritud y dureza. El teniente volvió a pre- guntar. —¿Será don Miguel? El Mayor pegó con el puño cerrado en la mesa, y dijo con voz desafiante:

-Sí... Y ¿qué hay? Acabá de preguntar de una vez...

-Eso es cruel. Una broma estúpida.

El Mayor lo miró con rabia:

-Una broma... una broma.

Luego quedóse mirando fijamente un punto del mapa que tenía delante Después tomó un lápiz, jugueteó un rato con él, y se puso a golpear en la mesa, como los maestros en clase cuando ordenan silencio. Carraspeó sin necesidad, como para aclarar la voz, y agregó: -Yo mando... No lo olvide.

Era tal la vocinglería y tantos los campesinos que transitaban por la plaza, que parecía un día de fiesta patronal. Pronto había corrido la voz de que se iba a quemar un judas. En los almacenes se despachaba caña con sólo presentar unos vales o papeles firmados por el Mayor. Si la revolución triunfaba esos vales se podrían cambiar por dinero, pero los almaceneros servían su caña de mala gana sabiendo que de nada servían esos sucios papeluchos.

Por la noche, los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar el espectáculo que les ofrecía el Mayor Elizalde antes de marcharse. En la plaza todo estaba dispuesto para quemar el judas. En el centro de ella se levantaba un arco de madera revestido de hojas y ramas de árboles. Varias lámparas de carburo iluminaban la escena. No se esperaba más que la llegada del Mayor para comenzar la fiesta. En el mismo instante en que éste llegaba la gente reunida en la plaza sintióse conmovida por un fuerte tiroteo. El Mayor no pareció preocuparse. Se limitó a ordenar a uno de sus ayudantes que averiguara la causa de "ese batifondo". Fueron disminuyendo mientras tanto las detonaciones, hasta terminar en dos o tres estampidos lejanos Pronto supo el Mayor que en un almacén de los alrededores se habían baleado soldados de su montonera con campesinos, de los que quedaron tres muertos y cinco heridos. Este suceso le trajo al Mayor el recuerdo de una aventura parecida en la que había tomado parte. Le puso punto final a su relato con un consejo. Cuando uno se encontraba en una situación así lo primero que había que hacer era apagar la luz de un manotazo. Esta era la moraleja del cuento del Mayor. Todos sus relatos terminaban con un consejo, o con una salida inesperada y aguda.

Apareció don Miguel caminando entre cuatro soldados que llevaban fusil bajo el brazo. Iba más muerto que vivo. Delante marchaba Belisario con la frente levantada, serio, muy compenetrado de su papel de jefe de ceremonia. Al pasar frente al Mayor se detuvo a una señal del mismo el cual avanzó hacia don Miguel fingiendo una gravedad que le costaba mucho simular.

Ahora verás lo que es bueno, gallego... Adelante —agregó.

Ya bajo el arco, Belisario vendó los ojos a don Miguel, que preguntó con una voz que se le anudaba en la garganta:

-¿Qué van a hacer de mí?

Los concurrentes comenzaron a revolverse y arremolinarse con inquietud, sospechando que el judas era don Miguel. Los soldados después atarle las manos y los pies con alambre, le derramaron encima el contenido de una lata de querosén. Entre el espanto que tenía, el alambre que le ataba los pies y el olor de querosén, don Miguel cayó al suelo.

-Van a quemarlo -exclamó con acento desgarrador una mujer.

-¡Judas! ¡Judas! -gritó mientras palmoteaba un chico.

-Repotí-ma añá memby -exclamó Belisario en voz alta al mismo tiem que le pegaba un puntapié con todas sus fuerzas en las redondas y carno nalgas de don Miguel.

En medio de un silencio ansioso de los concurrentes, alzaron a don Miguel y le suspendieron del arco por medio de gruesos alambres, que le pasaron por los sobacos. Bajo el reflejo parpadeante de las luces de carburo, el rostro de don Miguel pálido, de una palidez de muerto, se enrojecía y muequeaba. El cuerpo colgaba laxo, como si estuviese deshuesado. Mas de pronto empezó a sacudirse desesperadamente de pies a cabeza. Se agitaba en un furioso pataleo, como si quisiera salir trotando por los aires. Y en esto, cuando más hondo y angustiado era el silencio de la gente y más desesperado el pataleo de don Miguel, el Mayor y los que estaban con él empezaron a reírse. Y pronto corrió la voz entre los concurrentes que todo no pasaba de una broma. La gente lanzó un suspiro de alivio, rienda suelta a su alegría con gritos y palmadas. Pero a don Miguel nada ni nadie le sacaba el susto. Presentaba un triste y lamentable aspecto. Jamás olvidaría esos terribles instantes en que se creyó condenado a servir de antorcha humana. Lo descolgaron, y entre Belisario y otro soldado lo llevaron, poco menos que arrastrándolo ante el Mayor, porque las piernas no lo sostenían. El Mayor le dijo retorciéndose de risa:

-Tuichá o ñe mondyi la gallego. Anga reícuáne mava pa la Mayor Elizalde.

Esclarecía. Era un amanecer fresco de rocío. La campiña florecía de cantos de gallos cuando la montonera del mayor Rómulo Elizalde dejaba atrás los últimos ranchos de San Joaquín.

 

1)    Detengan a ese hombre y encierren a la muchacha en un cuarto. Después veré qué hago con ella.

2) Ya sabés esta noche a las 8. Prepará bien al Judas y avisá a la gente que será quemada.

3) Se asustó grande el gallego. Ahora ya sabe quién es el mayor Elizalde.

 

 

Gabriel Casaccia

Del libro El pozo y otros cuentos. Casaccia (Asunción 1907/Buenos Aires 1980) es considerado el padre de la literatura paraguaya. De adolescente estudió en el Colegio Nacional de Posadas y residió en esta ciudad desde 1935 y hasta 1951. Su novela Los Exiliados está ambientada en la capital misionera y se cree que La Babosa, su obra cumbre, fue escrita en Misiones.

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