Los sonidos del amanecer

domingo 16 de julio de 2023 | 3:52hs.
Los sonidos del amanecer
Los sonidos del amanecer

Es la madrugada de cualquier día. Las campanadas del antiguo reloj de pared marcan las cuatro. Su sonido, grave, metálico y penetrante, parece provenir de cualquier parte del universo. Se asemeja más a la campana de la catedral de la ciudad que a un viejo y vulgar reloj de pared que costó trescientos pesos en la "tienda de chinches" de donde fue rescatado tan sólo pocos días atrás, por lo que, por su condición de "nuevo en la casa", no sirve de nada a Pedro Paniagua para orientarse y saber dónde está.

Pedro acaba de despertar y, soñoliento aún, no logra comprender "su realidad". Todo es difuso para él.

La oscuridad que le rodea es casi total. El hombre está acostado. Abre los ojos todo lo que puede y, sin ver nada, trata de orientarse. Un pequeño punto rojo, lumínico, como una estrella de alguna lejana galaxia, le da una pista. Aparte de esa pequeña luz, la oscuridad es absoluta.

Fija la vista en el punto luminoso que parece agigantarse en la medida en que sus pupilas se adaptan al ambiente. Se trata simplemente de la luz pequeña del televisor puesto en modo de espera, ofreciéndose como blanco para la mira de un potencial control remoto que quiera herir su sensibilidad para que se inicie la función dentro de la caja boba.

De pronto, antes de que Pedro pueda asumir por completo su realidad en cuanto a los factores espacio-tiempo, desde su derecha se escucha un terrible rugido, grave, prolongado, penetrante y amenazador, seguido de un silbido largo y agudo, conformando una secuencia que se repite una y otra vez atronando el aire.

Como primera, simple e instintiva medida (por eso de la conservación de la especie), intenta huir, poniéndose de pie al lado de la cama y encendiendo la luz, cuyo interruptor está al alcance de su mano.

Cuando la claridad pone las cosas en su lugar y todo se hace visible, termina de despertar y, entonces, puede asumir la cruel realidad que le toca vivir, y se da cuenta de que ya es "demasiado tarde para escapar". De nada sirve la desbandada. Ya no existe solución. Que si hubo una posibilidad de evitar esta triste experiencia que somete su existencia día a día, una sola y concreta posibilidad de huir, escapar y liberarse aunque fuese a costa de ser tildado de cobarde, esa oportunidad fue desaprovechada hace más de treinta años, cuando, ante la Ley, esperanzado (pobre de él), dijo que sí.

A su lado, inmensa, despatarrada, desparramada, desbordando la cama, con su barba rala y sus bigotes incipientes, la cabellera erizada y el rostro contraído por su constante enojo con la vida, duerme (ronca) la Aurelia Villanueva, su esposa, a quien mira y observa en sus detalles.

- ¡Igualita a su madre!, piensa.

Y, sin hacer más ruidos que los necesarios, se vuelve a acostar. Las sábanas aún están tibias. Su cuerpo, tembloroso.

Mientras el sueño pelea por volver y el concierto continúa, Pedro junta algunas ovejas de su rebaño virtual para realizar un inventario, y mientras las cuenta, una a una, se dice, como para darse coraje no más:

- ¡Y bueno... mañana será otro día...!

 

Luis Ángel Larraburu

El relato es parte de libro “Dieciséis palabras”. Larraburu ha publicado además “A mis amigos… Los duendes”, “El Monje Negro”, “En los pagos del Oro verde”, “Sobre duendes, mitos y leyendas”, entre otros.

¿Que opinión tenés sobre esta nota?