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Tras las rejas

domingo 09 de julio de 2023 | 3:52hs.
Tras las rejas

Una vez más vio pasar al anciano. El mismo que, removiendo la basura, trataba de encontrar los cartones que después cargaba en su cansada espalda o ponía prolijamente en un carrito que usualmente llevaba con él.

También observó a las señoras que se dirigían hacia la  feria para tratar de estirar un poco el magro sueldo que llegaba a la casa producto del trabajo familiar.

Tras las rejas también miró pasar una y mil veces a los jóvenes que entre risas y coqueteos salían de la escuela rumbo a sus hogares. Claro, se dijo a sí mismo, demoraban la llegada adrede. Esa furtiva caricia de las manos solo visibles para quienes, como él, tenían todo el tiempo para mirar detenidamente lo que ocurría más allá de los barrotes que lo separaban de un mundo que conocía apenas.

Cuando sentía el ulular de una sirena ya distinguía si eran los bomberos, la policía o una ambulancia, que pasaban a dar soluciones a algún problema.  Se ponía en alerta porque el paso de los vehículos era muy rápido y solo le alcanzaban esos segundos para tratar de visualizar algún rostro.

Su imaginación entonces volaba. De pronto era un bombero que se introducía en una casa en llamas. O quizás era un médico que iba preparando los elementos para salvar una vida. También podía ser un policía que cargado de valor iba tras algún delincuente, o a asistir a alguna persona que amenazaba arrojarse desde un elevado tanque de agua.

Eran sus héroes y él, desde su inocencia, sentía una desazón pasajera. Tan pasajera como el paso del carro de bomberos, el patrullero o la ambulancia.

Luego volvía a su pequeño mundo. Tras las rejas solía ver alguno que otro pajarito bañándose en los charquitos que había dejado la pasada lluvia.

Las plantas en sus macetas eran una selva a la que no podía acceder. 

Pero llegó un día en que las rejas se abrieron. Salió a mirar más de cerca. Tenía tiempo y espacio. Bajo la atenta mirada de la abuela se acercó a las plantas y las tocó suavemente con sus dedos. Las olió y las disfrutó. Más allá de los barrotes el mundo se abrió, ni frío ni tenebroso, simplemente maravilloso.

Entusiasmado, dio unos pasos y llegó a las otras rejas. Las que lo separaban de la vereda y la calle. Pero que le permitían mirar hacia uno y otro costado de la casa. Poco a poco fue entendiendo en su niñez controlada que su encierro no  era tal. Era simplemente el cuidado de saber que, barrotes adentro, estaba seguro, feliz.

Ya llegaría el momento de atravesar la segunda reja. Y, de allí en adelante los muros, encierros y libertades dependerían solo de él, de sus elecciones y del libre albedrío que se insinuaba ya a su corta edad.

Tras las rejas aprendió que todo es posible y que nunca estuvo encerrado, solo estaba siendo cuidado.

Guillermo Reyna Allan

 

Inédito. Reyna Allan reside en Posadas. Blog del autor: Poedismo

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