Marineros

domingo 25 de junio de 2023 | 3:56hs.
Marineros
Marineros

La noche está negra; no hay estrellas y no se ven ni las manos. Al cruzar el río para ir a lo de Bade, de repente toco tierra firme con uno de los remos; es la pequeña playa del islote donde se levantan mis sauces. A este islote le he tomado cariño, lo considero mío. Y casi siempre que atravieso el río en noche oscura, doy contra él. A veces, en estos casos, oigo zambullidas; ya ha de estar habitado por los carpinchos. Kalevala quiere plantar mburucuyá para que se enrede en los sauces.

Voy a jugar al ajedrez y a discutir sobre cualquier cosa; para esto, nadie mejor que los Bade. Sigo remando, ahora lentamente, porque estoy en el remanso. No hay viento, ni siquiera una leve brisa. Se oye el vuelo de las aves nocturnas y los murciélagos, el zumbido de los insectos y el salto de las ranas; y las tinieblas sirven de pizarra a los arabescos que describen los cocuyos con su verdosa luz continua.

En eso suena un tiro de fusil, triplicado por los cerros. Me parece que ha sido en la costa paraguaya, cerca de mi boliche, o allí mismo. Levanto los remos para no hacer ruido y escucho, mientras el remanso me arrastra hacia arriba. Conozco mi posición en el río sólo por las luces que puedo ver desde ese lugar: la de la ventana de Bade, la del puerto de San Ignacio y, más lejana aun pero más blanca porque es a gas de kerosene, la de Horacio Quiroga; y en la costa paraguaya están encendidas la de don Pancho Pardo y la del boliche de alemán Kóffer.

Retumba otro tiro, y tras él un grito de triunfo que parece venir del medio del río, allá abajo. Remo entonces con fuerza hasta salir del remanso, y ayudado por la fuerte corriente del canal me dirijo hacia donde ha partido el grito. De vez en cuando levanto los remos para escuchar. Me parece oír ruido de remos agitados cerca de la costa argentina, frente a mi casa. Tuerzo y voy a la costa. Al fin doy con la canoa, cuyos movimientos todavía parecen un poco nerviosos. Antes de que el hombre, asustado, pueda apuntarme, le hablo:

-¡Epa, amigo! ¿Qué ha sucedido enfrente?

-¡Hola, don César! -me contesta una voz conocida, un poco temblorosa-. Me tiraron los marineros paraguayos... y me escapé raspando.

Es mi cliente López. Su canoa está pesada; lleva diez damajuanas de caña.

-Yo ya había cargado, por suerte me cuenta López-, ¡cuando se aparecieron esos añá membuí! Y ahí no más quisieron llevarme a Cantera con todo. Después de mucho alegar, como vi que no había caso, les dije: "¡Y vamos, últimamente, qué embromar!" Pero su secretaria..., ¡es letrada esa rubia!, se tomó una caña ella y me convidó; se hizo la media mareada y los convidó a los dos marineros; ellos agarraron confianza y volvieron a tomar, y tomaron otra vez, porque ella convidaba. Hasta que por ahí se olvidaron de mí un momento, y yo aproveché para escabullirme cuando su secretaria me hizo la seña; ¡en la noche oscura no me veían, pues! Pero apenas remé unos veinte metros cuando ya oí la gritería que se venía para el puerto, y cuando llegaron me tiraron; pero me tiraron al ruido no más, y tanto podían pegarme como no pegarme. Al segundo tiro yo ya estaba lejos, ¡y les grité a éstos añá membuí!

Pienso en que los burlados marineros han de haber quedado furiosos con unas copas encima, y que Kalevala está sola en el boliche. Pongo proa al Paraguay y remo con todas mis fuerzas. Arribo al puerto. Silencio. Amarro sin hacer ruido. Subo la barranca y no veo luz alguna. Sólo oigo el ladrido de mi perro, lejos, selva adentro, corriendo un venado, seguro. Pero al acercarme al boliche, de repente me encandila una luz, y el caño de la Browning me apunta a la cabeza.

—¡Epa, amiga! -le digo a Kalevala- cuidado que esa pistola es celosa y podés matarme.

-¡Oh, tengo buena vista!, y... no tiro sin mirar bien... ¡Pero casi los mato a los marineros! Un poquito más y los mato. Lo hice escapar a López, y ellos, después de errarle unos tiros, quisieron asaltar el boliche, y yo los amenacé con matarlos a balazos. Primero no creyeron, pero cuando se dieron cuenta de que yo no retrocedía y de que alguno de ellos iba a resultar muerto, se asustaron y se fueron, y de lejos me insultaron y amenazaron. Han de haberse quedado escondidos por ahí; estoy esperando que vuelvan. Pero si vuelven..., ¡entonces sí que los mato!

Mientras me dice esto "mi secretaria", como la llama López, enciende el farol, y tengo la sensación de que lo que de pronto ha iluminado la estancia no es ese farol, sino la fulgurante cabeza rubia de Kalevala. En el fondo siento admiración por esta mujer animosa, valiente, de inteligencia tranquila y segura. Y su físico me gusta; se mueve con elegancia, y sabe caminar. Suelo imaginarla bien vestida, en una ciudad, y la veo brillante, con sus formas de proporciones justas, tez muy blanca, ojos azules bien abiertos, pestañas oscuras y largas, y el pelo lacio y colgante como seda de oro. Pero su educación es demasiado campesina y montaraz, y esto me clavaría en los montes del Alto Paraná si me casara con ella. Lo haré cuando todos mis grandes proyectos hayan fracasado, o cuando la vida de ciudad me canse definitivamente.

Kalevala saca al patio dos banquitos, trae la pava de agua caliente, y tomamos mate hasta muy tarde, acompañados por los mil ruidos raros de la noche altoparanaense.

Germán Dras

El relato es parte del libro Aguas Turbias. Dras publicó Alto Paraná y Apuntes del Alto Paraná (1939); Tras la loca fortuna (1940). Germán Laferrere, su nombre verdadero, residió en la zona San Ignacio varios años.

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