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Nazareno

domingo 25 de junio de 2023 | 3:54hs.
Nazareno

Estoy convencida de que de mi madre heredé, por ser ella profesora de letras, el amor por la literatura. Pero nunca está dicha la última palabra, el destino, tenía preparado para mí un camino totalmente ajeno a las letras. En medio de esas cavilaciones, viajaba con mi padre, en su auto, rumbo a las cataratas del Iguazú. Estaba amaneciendo en Misiones, el ir y venir del limpiaparabrisas, se semejaba a mis cavilaciones, iban de un lado para otro, pero sujetas a un punto de apoyo.

Cuando papá me propuso que hiciéramos ambos este viaje, lo acepté de inmediato, sabía que sería una ayuda terapéutica necesaria para los dos y ese paseo, vaya si lo fue. Me sorprendió su habilidad, con las redes sociales y la facilidad con que realizaba trámites por internet desde el celular, en pocos segundos, ya tenía la reserva del hotel, las excursiones y todo lo relevante a una estadía feliz.

Recuerdo la sorpresa y el revuelo que causó la decisión de Mabel, mi madre, cuando nos convocó una tarde para anunciarnos que tenía voluntad de reiniciar su vida, que estaba enamorada y se marchaba por ello. Hasta ahí todo bien, pero el estupor vino después, cuando le preguntamos al unísono, el nombre del hombre elegido, nos respondió lacónicamente.

-Es una mujer, Sara, la farmacéutica -y no dijo nada más, tenía ya preparada sus cosas y a los pocos minutos, pidió un taxi para no volver.

Reconozco que papá era un buen conductor y hablé con él en ese trayecto desde Buenos Aires a Misiones, lo que nunca había hablado en mi vida, diez horas de anécdotas, episodios de su juventud, conocí pormenores de su relación con mis abuelos y con mi madre que fueron toda una sorpresa. Manejaba con seguridad y cada tanto tomaba agua con gas, de una botellita que iba en un orificio ubicado junto a la palanca de cambios.

Estaba revisando el Facebook en mi celular y con satisfacción iba bloqueando a supuestos amigos que habían publicado comentarios adversos a mi madre, una vez que se enteraron de lo sucedido, en ese momento sentí el impacto y la frenada brusca del auto, mientras que mi padre, se bajaba de él, pronunciando una serie de improperios. Habíamos atropellado un animal de la selva.

Me disgustó la actitud de mi progenitor que se preocupó más por los daños del vehículo que por la integridad del felino que yacía, desangrándose a la vera de la ruta. Inmediatamente me di cuenta que estábamos en una zona protegida donde había carteles ilustrativos que indicaban el tope de la velocidad de circulación permitida para los vehículos en el Parque Nacional, había también un número telefónico por lo que desde mi celular, me comuniqué para informar lo sucedido. En pocos minutos un móvil del organismo provincial, estaba junto a nosotros, para llevar el animal herido a un centro de atención.

Una joven que se presentó como Guardaparque para realizar una indagatoria y darnos unas informaciones –se trata de un ocelote, un felino manchado, especie en peligro de extinción, en este caso una hembra preñada. La tenemos registrada, ahora fue llevada al refugio, para ver si podemos salvar a su cría- nos dijo- para informarnos luego que debíamos acompañarla para los trámites de rigor.

No sé cuánto tiempo pasó, mientras mi padre se subía al automóvil y lo desplazaba lentamente, vi un delgado hilo de sangre en el costado de la cinta asfáltica. Pero difícilmente, estoy segura, podría olvidar, el rostro de esa hermosa hembra y esa lágrima que nacía de sus hermosos ojos de color gris oliváceo, una lágrima que parecía retratar su dolor y nuestro irresponsable accionar.

En horas del mediodía, pudimos continuar nuestra marcha.

La joven guardaparque me había comentado que lograron salvar la vida de la cría y que fue bautizado con el nombre de Nazareno, en virtud a su milagroso nacimiento.

En la mañana del día siguiente, regresamos hacia Buenos Aires. Desde el agreste paisaje de la selva misionera, me llegaba una voz, desde su interior me inundaba ese llamado y una lágrima que nacía de unos ojos grises se sumaba a las mías. Fue entonces que comencé a googlear en mi celular, para buscar información sobre la carrera de guardaparques, sabía que por ahí, nacía mi nuevo camino, una lucha y un desafío.

Una bandada de pájaros, se posó sobre una rama seca de un gigantesco árbol, el paisaje de la selva era majestuoso, sólo por un instante permanecieron allí, inmediatamente y formando una punta de flecha, las aves continuaron su raudo vuelo, sólo una quedó allí, sólo una.

 

Mario Zajaczkowski

Inédito. Zajaczkowski es docente jubilado. Vive en Apóstoles, Misiones. Es autor de “Historias y Leyendas Urbanas de Apóstoles”.

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