Aquel 20 de junio

domingo 25 de junio de 2023 | 3:50hs.
Aquel 20 de junio
Aquel 20 de junio

“Lo que los niños hacen no es jurar lealtad a un paño, sino a todos los argentinos: esa promesa implica reverencia a la historia, tradiciones y sacrificios hacia quienes combatieron por la libertad de Argentina”.

                                               Carrillo Bascary,  historiador rosarino

 

En el cuaderno fino la maestra nos hizo escribir la notita dirigida a mamá y papá, debíamos estar a las ocho horas y cuarenta y cinco minutos el día 20 en la Plaza de la ciudad, finalizando la misma con la leyenda “sean puntuales”. 

Quienes integrábamos el 4to grado de la Escuela- éramos veintisiete-,  durante toda la semana previa habíamos dedicado todos los días un tiempo para el ensayo de cómo debería ser nuestra actuación en el acto donde prestaríamos la tan noble y tradicional lealtad a la Bandera.

En casa también hubo preparativos previos, recuerdo que mi madre – era una excelente modista – me había confeccionado un pantaloncito nuevo y con sus ahorritos me compró un par de zapatos que los iba a estrenar en el acto. También durante los atardeceres nos habíamos pegado unas vueltitas por el pueblo para invitar a los abuelos y tíos para la ceremonia, así el acontecimiento cobraría un valor familiar muy importante; sin olvidarnos de pasar por el fotógrafo para dejarle el encargo de sacarnos algunas fotos para el recordatorio.

Y llegó el día nomas, recuerdo que mi mamá me ayudó a alistarme, el pelo bien engominado, una caricia del perfume que lo tenía guardado – fue un regalo del abuelo-, el guardapolvo bien almidonado lo que le hacía más blanco y mejor planchado, la escarapela en el pecho y el resto de la ropa junto con los zapatos me hacía creer más que El Principito de Antonio Exupéry.

La verdad que al llegar a la Plaza me sentí algo extraño al igual que todos mis compañeros del grado, en nuestro comportar demostrábamos la alegría y emotividad que nos invadía por la ocasión; la verdad era la primera vez que asistíamos a un acto en la plaza y junto a chicos de otras escuelas y público que desbordaba el lugar.

Para el ingreso al centro de la plaza la maestra había dispuesto que debíamos ingresar bien formaditos, de a dos, tomados de la mano y con la prudente distancia; quien estaba a mi lado era Juan Carlos que en todo momento se mostró inquieto y conversaba más de la cuenta –eso le valió dos tirones de orejas -.

Cuando las autoridades comenzaron a izar la bandera la banda hacía sonar las estrofas de la Canción Aurora, ahí parece que los chicos de nuestro grado se destacaban con la entonación a todo pulmón - así nos había dicho que cantáramos la maestra de música – La bandera era enorme y cuando empezó a elevarse todos la veíamos como la reina de la plaza, la más hermosa y sublime; mientras subía a lo más alto del mástil su flameo desplegaba algo mágico que te hacía erizar la piel.

Así llegó el momento más esperado del acto, cuando lo anunciaron lanzaron al aire una salva de bombas que nos hizo estremecer, de tal forma que algunas niñas gritaron del susto.  La que se paró frente a nosotros para tomarnos la lealtad fue la Supervisora del Consejo Escolar, era una señora que podría ser mi abuela, usaba unos anteojos grandes y tenía una voz fuerte y arrogante, comenzó a leer  “…Alumnos, la Bandera blanca y celeste—Dios sea loado—no ha sido atada jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra.(…) ¿prometéis lo que esté en las medidas de vuestras fuerzas que la Bandera Argentina flamee por siempre sobre nuestras murallas y fortalezas, en lo alto de los mástiles de nuestras naves y a la cabeza de nuestras legiones y para que el honor sea su aliento, la gloria su aureola, la justicia su empresa?...”

A lo que al unísono, en voz alta y levantando nuestras manos hacia adelante respondimos: -  ¡Sí Prometo!

A esto el público presente aplaudió con algarabía, y nosotros sentíamos una alegría inmensa.

La recompensa vino después, al finalizar el acto- para nosotros fue una gran sorpresa- hubo repartos de bollos y una taza de chocolates para todos los niños. Fue algo hermoso lo que vivimos ese día, no lo olvidaremos jamás.

Samuel Giménez

Fragmento del libro “El Grito de los Héroes: Memorial de Malvinas”. Giménez es profesor de Historia y reside en Leandro N. Alem

 

 

 

 

 

 

 

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