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Yerba mate, pequeñas historias

miércoles 03 de agosto de 2022 | 6:00hs.
Yerba mate, pequeñas historias

Andrés, cura de 26 años, fue uno de los doce sacerdotes que acompañaron al padre Ruiz de Montoya a catequizar la región del Guayrá en 1612. De rica familia, todo lo abandonó para meterse de cura y adentrarse a la selva movido por su fe. En ese medio se hizo amigo de Aguaraí, considerado Marangatú, santo caminante por tener dones especiales. No hablaba, se hacía entender por señas y preparaba medicamentos extraídos de plantas y raíces que curaban males.

Andrés murió en los brazos de Aguaraí al recibir una flecha mortal de un indio tupí, en aquel ataque bandeirante que obligó al éxodo de 1630. Tuvo la virtud de escribir los acontecimientos que ocurrían en la nación misionera. Su escrito sobre la yerba es increíble y decía: “Una vez por semana visitaba la choza de Aguaraí. Se alegraba al verme sin emitir gesto alguno, pues bastaba una leve sonrisa para aprobar mi presencia. Poderosamente llamaron mi atención las anotaciones de sus preparaciones en perfecto castellano cuando nunca había asistido a las aulas. Supuse que habría encontrado la forma de aprender debido a su capacidad, dejando a un lado las murmuraciones que daban a entender que sus conocimientos se debían por ser Marangatú. En una de las visitas me mostró unos dibujos. Se trataba de tucanes comiendo semillas, tucanes defecando y plantitas dentro de calabacitas. Miré sin entender e interpretando mi ignorancia me llevó hasta el patio donde exhibía sobre una mesa varias calabazas con plantines. Acto seguido señaló a los tucanes y al árbol de las semillas: ¡Se trataba del Caá!, ¡la planta de la yerba!
El joven había logrado germinarla milagrosamente en forma empírica lo que siempre resultó imposible, pues el árbol crece desparramado sin orden establecido haciendo difícil su cosecha y sin que la semilla sembrada se reproduzca. El milagro consistía en que germinaba previo pasaje por el tubo digestivo del tucán. ¡Aguaraí lo descubrió!
Después, logramos implantarlas en tierras previamente preparadas que, obligadamente destruimos ante la llegada del invasor bandeirante, forzándonos al éxodo. No obstante, sé que esta forma de cultivo se extenderá en el futuro a los pueblos de las Misiones. Por eso, no olvidéis que siguen rindiéndole culto con devoción, porque siguen creyendo que en el Caá reside el alma de Dios. Y nuestro deber es respetar esa creencia”.

En 1767 expulsaron a los jesuitas de la América Española y todos estos estudios se perdieron, no obstante, merced a las investigaciones posteriores se recuperaron.

El científico y ambientalista Carlos Thays llegó a la Argentina en 1899 por un proyecto de dos años y se quedó para siempre en el país. Mediante un concurso internacional fue elegido para convertir Buenos Aires en un gran espacio verde mediante nuevas especies de árboles y flores durante todo el año. Con su familia fue a vivir a una casa que construyeron en el Jardín Botánico que hasta hoy día se conserva. En ese lugar se dedicó al estudio de la flora de la ciudad y de la Argentina y, para hurgar más en la botánica, construyó un vivero obteniendo plantines que luego planificaba cómo y dónde plantarlos en ciudad y en el interior del país. Conocedor de lo sucedido con la yerba mate, se propuso lograr su germinación, secreto vegetal que se perdió en el tiempo, pues sabía que solo germinaban las semillas previo pasaje por el tubo digestivo del tucán.

En su empresa de investigación tuvo la ayuda de su esposa Cora Venturino. Con ella observó cómo maduraban las semillas en el aparato digestivo, no de un tucán sino en gallinas, para luego sembrar en almácigos. Tiempo después tuvieron la idea de introducirlas en agua de elevada temperatura, encontrando el modo de hacerlas germinar en los canteros del Jardín Botánico. Por eso se dice que la yerba mate nació en el barrio de Palermo. Luego de la exitosa experiencia, el Ministerio de Agricultura se encargó de distribuir en la Mesopotamia el método de germinación del Ilex Paraguariensis.

En un relato al diario La Nación, Pau Navajas, oriundo de Virasoro, ese pueblito que crecía y crecía y hoy es toda una ciudad, expresaba que el prestigioso científico Aimé Bompland fue invitado en 1817 por Bernardino Rivadavia a fundar el primer jardín botánico de Sudamérica. Al llegar a Buenos Aires se encontró con que Rivadavia estaba en el exilio. No se amilanó, trabajó como médico y cultivó las plantas que había traído vendiendo los frutos obtenidos y así se mantuvo. Se interesó por el cultivo de la yerba mate en momento que Buenos Aires estaba enfrentada con el Litoral bajo el mando del general Artigas. Por ello no podía viajar a las zonas de producción y buscó plantas en Buenos Aires durante mucho tiempo hasta que dio con ejemplares en la Isla Martín García. Observó que aves comiendo frutas podían dar la explicación, y de allí obtuvo un método para reproducir semillas, logrando así la planta de yerba. Lamentablemente todos estos estudios se perdieron cuando cayó prisionero del dictador paraguayo Rodríguez de Francia, quien lo mantuvo cautivo por 11 años en Paraguay.

Antonio de Llamas Madrigal fue precursor de la yerba mate germinada en Santa Ana, Misiones. Desde los jesuitas que consiguieron la germinación de la semilla, se perdió el secreto hasta que Amado Bompland lo consiguió también en Santa Ana. Y de nuevo el secreto se perdió al caer prisionero por esbirros mandados por Rodríguez de Francia. Fue cuando el español Antonio de Llamas consiguió en 1896 germinar la semilla obteniendo las primeras plantas en Misiones.

EL CAÁ SILVESTRE. Monta el avá, al caá como los monos. Blandiendo el machete con ágiles manos. Cortando de un tajo el ramaje espeso. Que presto derrumba al follaje denso. No hiere de muerte puesto que venera. A la verde especie hecha santuario. Pues del sacrificio que de tiempo en tiempo. Obtendrá la esencia del jugo sagrado. Es la yerba mate bendición del cielo. Que Tupá les brinda como su regalo. Para que la tribu del guarán recoja. La bendita hoja que ofrece la fronda. El avá bien cree en su condición humilde. Que Tupá transita en la savia nueva. Por eso en la impronta de su alma simple. Afirma que Dios habita en la selva.

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