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Tres minutos manejando el viento

lunes 24 de enero de 2022 | 6:00hs.
Tres minutos manejando el viento

Por Ramón Claudio Chávez Ex juez federal

Un sábado más en la esquina de siempre, en lo de Allasia, frente al Juvenilia, la plazoleta, los vagos se habían reunido esperanzados hacia dónde los llevaría la noche. Estaban los que iban al boliche haciendo tiempo, el colectivo al Patio del Litoral de Las Tunas había partido, eran pequeños grupos.

Los de siempre y otros más, vino Santos Ramírez con su frase de cabecera:

–Ahí e’ bravo.

Los que preguntaban donde “estaba el ruido esa noche”, “los perdedores de siempre”, que iban a los bailes y se alegraban escuchando música, aunque no bailaran. Esperaban un transporte para llegar a la fiesta. La empresa Vialco y el padre de las hermanas Vázquez ya habían entregado la carretera asfaltada que unía a la Capital Nacional de la Yerba Mate con la capital de la provincia.

–Ahora se pueden tomar las curvas a 120 kilómetros por hora.

Algo impensado en el viejo trazado. Vino un camión de empresa que se iba con destino al Patio del Litoral, se subieron varios enfrentando los restos de brea que permanecían en la caja volcadora, lo importante era llegar. De pronto apareció el Negro Bogado con su Falcon Sprint anaranjado.

–Muchachos, hay un baile en el Club Social de San José, si quieren ir, vamos.

Nos abalanzamos como diez.

-No, sólo seis, es amplio el auto, pero no podemos ir todos.

Víctor González y yo ingresamos adelante y cuatro amigos en el asiento de atrás. El Negro trabajaba en Vialidad y hacía inspecciones en la empresa constructora del asfalto. Tendría unos 30 años, usaba cabello largo y una gorra, incluso en las noches. Era audaz y le encantaba la velocidad. Cuando llegamos a la ruta, nos dice:

–Falta un minuto para las diez de la noche. ¡La noche es nuestra!

El auto parecía nuevo, impecable, limpio. De entrada, empezó a pisarlo haciendo alarde de manejo, el vehículo adquirió una velocidad infernal. Cruzando el lugar donde están actualmente las esculturas de acceso, ya iba a 170 kilómetros por hora.

–¡Con el asfalto nuevo llegamos en un ratito!

Descendió la curva a toda velocidad y clavo el velocímetro en 200 kilómetros por hora. Nosotros frenábamos con los pies y guardamos silencio. El Negro quiso tranquilizarnos con:

-No se asusten, siempre ando fuerte, y si el camino es bueno, más.

Parecía que el Falcon daba para más, pero quedó clavado en el tope de 200. A las 22.02 llegamos a San José recorriendo los 17 kilómetros que se separaban un pueblo al otro. Tres minutos manejando el viento.

–¿Todo bien, muchachos? -espetó sonriente el Negro.

Con una “blanca palidez” dijimos “sí” con cierto temor.

-Depende cómo esté el baile, me quedo. Les aviso cuando regreso.

Bogado ingresó al toque al baile y nosotros quedamos un rato afuera, para reponernos del “julepe” y comentar la experiencia. Víctor González decía como que sentía que el filamento de metal del velocímetro del auto le venía golpeando la rodilla. Yo recordaba eso de que se podían tomar a las curvas a 120 kilómetros, no a 200, y frenaba con los pies como si estuviera conduciendo.

Los chicos de atrás venían tan asustados porque jamás habían viajado en auto a esa velocidad, creían que el velocímetro marcaba 200, pero era imposible llegar a esa marca. Los delirios de siempre en esos casos:

–¡Si se cruza un perro, si derrapa, si sigue de largo en la curva, somos todos picadillo!

Algo quedó en claro, el Negro muy buen tipo, pero nadie quería regresar con él.

El baile era con orquesta, Los Halcones, y una que tocaba música regional. No sabemos por qué la de música regional actuaba el doble que el grupo de Mazur. Nos acomodamos los seis en una mesa y pedimos algo para beber; el Negro se encontró con un amigo y haciendo gala de su carisma empezó a entrarle a la cerveza.

–¡Menos me vuelvo con él!- agregó uno de la barra.

–El vago está acostumbrado a ese ritmo, no le va tingar, va manejar igual como cuando vinimos.

Con suerte dispar tratamos de recorrer la pista bailando, nos mataba la música regional, porque no habíamos aprobado la última materia del baile. Por suerte la fiesta estaba tranquila, mucha familia, más chicos que chicas, los chamamés para los mayores y la música beat para nosotros.

En ese entonces no se bailaba como ahora, dos chicas solas, un chico solo, una chica sola: se bailaba en pareja y había que acercarse a la mesa para la invitación correspondiente. “Los perdedores de la noche” rebotábamos de lo lindo, a veces la joven antes de contestar miraba a su madre, si ella asentía, salía, y sino, “fuiste”. Las chicas observaban mucho si el que le vino a invitar a bailar sabía hacerlo, los de madera eran rechazados por incompetentes.

La cooperadora de la parroquia, organizadora de la reunión danzante, preparó empanadas para acompañar con la bebida y ayudar en la recaudación de la cantina. Siguió la fiesta con normalidad; a las 2.30 de la mañana nuestro conductor se acerca a la mesa y nos comenta:

–Para mí ya está, no vino la chica que esperaba, me voy yendo. ¿Ustedes qué van a hacer?

–Nos quedamos un rato más, Negro, gracias por traernos.

Nos saludó y se fue solo.

Luego de una hora la gente se fue retirando y a las 4.30 había muy pocas personas. Nuestros amigos que venían en el asiento trasero del Falcon se engancharon con una familia que vino al baile en una camioneta Chevrolet pajera, y regresaron con ellos. Con Víctor decidimos esperar el primer colectivo que venía de Posadas para retornar. Las plazoletas no estaban arregladas aún, no había bancos para sentarse, así que vimos el amanecer en la vieja parada de colectivos, con la compañía de dos borrachos que discutían entre ellos. Cada tanto venía un policía de la comisaría que estaba a escasos metros del lugar, y les decía:

–Si siguen haciendo bochinche, van a ir a dormir al calabozo de la policía.

Ellos no tenían la más remota idea del grado del uniformado, pero le respondían al unísono:

-No pasa nada, comisario, nos pasamos un poquito en el trago, pero todo bien.

Cuando llegó el cole, el sol del domingo ya estaba alto, subimos y abrimos las ventanillas. El viento nos daba en el rostro, el tiempo del viaje era distinto al del Falcón anaranjado del Negro Bogado; volvimos contentos por la noche vivida, cantando la canción de Donald:

-Las olas y el viento, sucundún, sucundún.

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